© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


martes, 19 de febrero de 2013

«CONFESIONES DE UNA MÁSCARA» DE MISHIMA


Por: Pilar Alberdi

«Todos dicen que la vida es un escenario». Yukio Mishima

Resulta difícil aceptar que la mano que escribió con tanta serenidad esta obra, fuese la misma con la que el autor, Yukio Mishima, se quitase la vida.
Este es uno de los grandes libros de la literatura, no sólo por cómo está escrito sino por cuanto señala. Es el eco de la sociedad de su época, pero también, aún y todavía, desgraciadamente de la nuestra, al menos, de la de tantos lugares del mundo en los que la homosexualidad es censurada y castigada. Es, en definitiva, Confesiones de una máscara, el bosquejo fiel de un hombre que mintió para ser quien era, que fue dejado en su infancia en manos de una anciana enferma, y que se acercó a las mujeres porque la costumbre social así lo exigía, aunque, al mismo tiempo, le atrajesen los hombres. «El olor de los soldados, aquel olor como de la brisa marina, como del aire de la playa quemada por el sol hasta dejarla de oro».
Comienza el libro con una palabras, un fragmento extenso de la novela Los hermanos Karamazov de Dostoievski En esas líneas se habla de Sodoma («¿Hay belleza en Sodoma? Creedme, muchos hombres encuentran su belleza en Sodoma») y de lo que tiene que decir un corazón sobre ese tema. Sabemos que estamos en presencia de un hombre que recuerda y que no es ya, ni aquel niño ni el joven que fue posteriormente. Es otro, es un hombre que ha decidido encararse consigo mismo y con la hipocresía, un hombre que está de vuelta de la vida, que sabe que el «autoengaño» para ser igual a los demás, para optar a lo que la sociedad del momento entiende y acepta como normal, no le había servido de nada, aunque en ocasiones resultase algo así como una esperanza, acaso la de ser como la mayoría o como desean los demás que uno sea, lo que obliga a la hipocresía y el ocultamiento. «Mis propios deseos eran tan secretos...» dice.
El autor nos regala imágenes memorables: «En aquella casa, que gemía igual que una vieja cómoda, diez personas se levantaban por la mañana y se acostaban por la noche». En realidad, son imágenes de la casa, la familia, la sociedad, la literatura a través de los autores y obras que nombra, además de la Segunda Guerra Mundial, de ese «fingido estoicismo», así lo llama de la sociedad japonesa ante ese hecho. Había en el personaje un deseo de ser un kamikaze y, a la vez, de no serlo. Una admiración por el pasado y lo militar. Y del mismo modo le sucedía a la sociedad, el ansía de ganar la guerra, ser fiel a los dirigentes, al emperador, y al mismo tiempo, la felicidad inmensa si acabase. Este es el ambiente en el que transcurre la novela.
Asegura: «La infancia es un periodo en el que el tiempo y el espacio se mezclan». Y afirma: «Pese a que en la infancia leía cuentos de hadas estaban al alcance de mi mano, las princesas jamás me gustaron. Sólo me gustaban los príncipes». Imaginemos la tragedia, el papel a representar para los demás: la máscara que dará lugar a estas confesiones.
El personaje siente debilidad por temas como la noche, la muerte, la sangre y hay escenas fuertes que tienen que ver con sentimientos de automutilación o muerte que más tarde cumplirá en su vida.
Mishima nos deja ver sus lecturas europeas y los nombres de algunos autores y obras en los que encontró algo especial, acaso momentos, otras revelaciones. Cita a la Isla del Tesoro de Stevenson; El patito feo, El duende de la rosa y El Ruiseñor de Andersen; El pescador y su alma de Oscar Wilde; Quo Vadis de Henryk Sienkiewicz ; Sade, Stefan Zweig, Marcel Proust, Tanizaki, Huysmans, Von Platen, Andre Salomon. Cita a Juana de Arco, a «Antínoo el amado de Adriano», a esa pintura, que tanto lo impresiona, la de San Sebastián realizada por Guido Reni, a Miguel Ángel, al historiador de arte Johann J. Winckelmann y las xilografías de la época cultural japonesa conocida con el nombre Gen Roku y en las que aprecía, algo que luego ha constatado la psicología, que con el tiempo los rostros de las parejas se parecen, aunque probablemente no sea tanto un parecido físico, como de tono, de postura, de carácter. He tomado nota de estos referentes literarios, porque me parece muy importante esa base europea aunque no cite en este libro a autores japoneses que debieron ocupar gran parte de sus lecturas. ¿Tenía ya en proyecto llegar a lectores de otros países o fue una simple coincidencia?
Hace muy pocos días, el escritor chileno Mauricio Pron, dijo en una entrevista:”en este instante muchos escritores están escribiendo el mismo libro”, aquel que piensan podría gustar a una editorial, aquel parecido a ese otro que saben se ha vendido bien... De ahí tanta repetición, tanto parecido, tanto más de lo mismo. Por eso, son pocos los que se animan a escribir lo que de verdad sienten. Bien, y ¿por qué digo esto? Lo hago porque este libro y libros como este son únicos. Tienen el sello del autor, son su reflejo. Lo escribe la persona que habla de sí misma, la que se conduele, la que se ha esforzado por conocerse, la que con fino pincel realiza un bosquejo de sí misma para volver a rehacerlo cuantas veces sea necesario. No ya con la intención de comprenderlo todo, algo imposible, sino por el deseo de de saber quién se ha sido y por qué de ese modo, único, sin duda. Fue hace ya mucho tiempo... La obra se publicó por primera vez en 1949, la versión que tengo ante mí fue publicada por El País, en la colección Clásicos del siglo XX, en diciembre de 2003, y la traducción, cedida por la Editorial Planeta, es de Andrés Bosch.


Yukio Mishima. (Seudónimo de Kimitake Hiraoka 1925-197)

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