© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

domingo, 17 de noviembre de 2013

«MI CREDO» de Herman Hesse



Reseña: Pilar Alberdi

«De acuerdo con mi experiencia, el peor enemigo y corruptor de los hombres es la pereza mental y el ansia de tranquilidad que les conduce a lo colectivo, a las comunidades de dogmática fijamente establecida, ya sean religiosas o políticas». Así comienza este libro de Hermann Hesse (1877-1962), el autor, entre obras obras, de Siddharta, Demian, El lobo estepario, Juego de abalorios.
Testimonio que ratifica en otra frase: «No debes desear una doctrina perfecta, sino el perfeccionamiento de ti mismo». Vivió las dos últimas guerras europeas con el mayor desaciego. De ahí su crítica constante para todos los que se ponen al servicio del poder. Declarado inútil cuando se presentó voluntario para luchar en la Primera Guerra Mundial, le fue dada la posibilidad de hacerse cargo de la Libreria de los prisioneros de guerra alemanes, trabajo que acepto.
Cuando todo el mundo se miraba en el ombligo de Europa, él lo hacía hacia Oriente y pronto tuvo conocimiento de obras como la de Tao Tsé, el Tao Te King, impresa por primera vez en Europa a comienzos del siglo XX. Sin duda, también leyó a Tagore.
En Mi credo nos permite conocer su valoración de las personas, a quienes divide en «racionales» y «piadosas». El racional —indica— aspira al poder. El piadoso se siente parte de la Tierra. Entre los segundos nombra a Sócrates y al «Salvador» (Jesucristo), quienes sufrieron vergonzosos juicios por parte del poder y el pueblo, y se pregunta, si cediendo ambos en su postura, si no habiendo sido tan heroicos, sus jueces les hubiesen perdonado, pero su conclusión es que: «haciendo culpable al enemigo de su muerte» triunfaban sobre él.
Hesse, igual de vulnerable que el resto de las personas, dañado en su niñez por la rigidez moralista de su familia, salió airoso, quizá, como él opinaba porque: «Creo que, pese a su aparente absurdo, la vida tiene un sentido último, reconozco que este sentido último no puede ser aceptado por la razón, pero estoy dispuesto a servirlo». Pienso que más que cualquier otro «credo» que pudiese exponer en su libro, este es el fundamental. Hesse, está para la vida.
A veces, se pregunta por qué tiene que exponer temas que él sabe personales en sus obras, hasta convencerse de que es imposible hacerlo de otro modo. Es uno el que escribe, uno el que es.
Su capacidad de análisis, ¿qué no diría si viviese hoy?, le lleva a reproducir la banal conversación que tiene oportunidad de oír mientras hace un viaje en tren. Escuchemos lo que opina: «Me siento en el vagón del tren y observo a dos jóvenes que se saludan porque la casualidad los ha reunido. Lo que hablan, si bien se observa, es de una insensatez total, es un jeroglífico helado en el mundo sin alma donde vivimos constantemente y cuyas estalactitas penden sobre nosotros».
Pienso en algunos viajes en tren de cercanías que he realizado, generalmente en Madrid; cada cual mirando la pantalla de su teléfono móvil, unos contestando mensajes, otros navegando por Internet, personas que hablan en idiomas que no comprendo, la voz que anuncia por megafonía las próximas estaciones, un rotulo con palabras en rojo, que pasan tan rápidas como el tren describen con símbolos las estaciones a las que nos acercamos; fuera, en las paredes que separan algunas fincas y polígonos de las vías del tren: graffitis que han realizado jóvenes que necesitan decir que existen, bajo unas letras cuyo sentido sólo ellos conocen, y lo consiguen, al menos para la mirada... A mí que no me emociona lo que algún político ha señalado como arte callejero, pienso, ¡lástima que todo parezca tan sucio! Porque no se trata de imágenes, de dibujos interesantes, sino de letras y más letras con formas y colores diferentes. ¿Qué pensaría Hesse? Todavía una imagen ilumina mi mirada y alegra mis pensamientos, un pueblo, en las cercanías de Madrid; en las antenas de los edificios hay cigüeñas... Y en Atocha, un mar de gente que va que viene. Una gran caverna que se divide en cuevas por las que parten los trenes hacia la oscuridad. No en vano, él escribió en este libro: «Las hormigas también libran guerras; las abejas también organizan Estados; las marmotas también acumulan riquezas».
Una sabe que está cerca del autor cuando lee estas páginas; Hesse, está ahí. Polifacético, temeroso, valiente. Por eso, al llegar al final, que acaba con un pequeño cuento de los hermanos Grimm, una no puede dejar de conmoverse, mientras piensa que ese pequeño relato, deberíamos copiarlo y tenerlo siempre a la vista:

«Una huerfanita hilaba, sentada sobre el muro de la ciudad, cuando vio salir un sapo de una hendidura. Rápidamente extendió junto a ella su pañuelito de seda azul, que los sapos aman con pasión y solo a ellos se dirigen. En cuanto el sapo la vio, dio media vuelta, volvió con una pequeña corona de oro, la colocó sobre el pañuelo y se fue de nuevo. La niña tomó la corona; centelleaba, y la formaban los más delicados hilos de oro. Al poco rato, el sapo volvió y, al no ver la corona, se deslizó por el muro y golpeó contra él su cabecita, lleno de dolor, hasta que sus fuerzas se agotaron y cayo muerto. Si la niña no hubiese tocado la corona, el sapo habría sacado más tesoros de la hendidura».


Notas:
El siguiente enlace
incluye una carta al padre del autor, y su relación con el psicoanálisis y la terapia.
Cuentos del sapo. En este enlace puede verse el cuento de los hermanos Grimm que aparece citado en el libro.
El retrato de Hermann Hesse fue pintado en 1905 por Ernst Würtenberger (1868-1934.

4 comentarios:

  1. Es una delicia leerte, querida Pilar. Muchas gracias

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  2. Buenos días, Javier. Lo mismo digo.
    Un abrazo.

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  3. Pilar, gosto das suas resenhas. Estou no meio de uma viagem. Assim que chegar em casa vou reler o lobo da estepe, de Hesse

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    1. "El lobo estepario". ¡Cuántas obras importantes y sinceras nos ha dejado, Hesse!
      Que tengas una buena lectura.
      Un abrazo.

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