© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

sábado, 18 de octubre de 2014

«PAMPLONA» DE VÍCTOR HUGO



Por: Pilar Alberdi

Probablemente, muchas personas ignoren que Víctor Hugo(1802-1885), el genial autor de la novela El jorabado de Notre Dame, Los miserables, y tantas obras más, entre ellas, ese tipo de novela analítica, hoy le llamaríamos periodística, como fue El último día de un condenado a muerte, residió parte de su niñez, en España. Su padre, un general, era también el gobernador de las «provincias centrales» (Ávila, Segovia,Guadalajara...) y respondía de su tarea ante José Bonaparte, hermano de Napoleón. Aquella experiencia familiar en la Península, le permitió saborear la sonoridad del idioma, la arquitectura, la literatura, no dejará de citar luego a autores españoles, y en sus recuerdos quedará para siempre, no sólo lo mejor, sino la visión de las crueldades de la guerra y la extrema pobreza de la población. Poco importaba que le llamaran: “el chiquito francés”, él se sintió por momentos, tan español como cualquiera.
Treinta años después regresará a España y lo hará por el camino del norte que llevaba a Pamplona. Lo que observamos en estas palabras que nos acerca la editorial Casimiro es un redescubrimiento de aquella España. Vuelven los recuerdos de la pobreza y de la violencia, pero también los de la valentía. No pasa indiferente por villas como las de San Sebastián, Hernani, Tolosa. A su paso, recuerda los nombres de ilustres marineros o guerreros. Su mirada, aún quedándose atrapada en los blasones, los balcones, lo pórticos de las iglesias, va más allá, y el viaje, la dureza del mismo, le hacer reflexionar sobre la vida de las personas y de los animales. Como va en diligencia, como el trayecto es difícil, como los caminos de las montañas vascongadas señorean al pie de los precipicios, no solo observa la sacrificada que es la vida de los pobladores y de los hombres que conducen la diligencia, sino la de los animales que lo hacen posible. Mirando el ajetreo del cochero y sus ayudantes, y el de las pobres mulas que en alguna parte más díficil del ascenso por las montañas, tienen que ser ayudadas por una yunta de bueyes y algún campesino, dice: «viven [las mulas], vagamente iluminadas por los vacilantes resplandores del instinto, ensordecidas por cien cascabeles en sus oídos, casi cegadas por las anteojeras, aprisionadas por las guarniciones, asustadas por el ruido de las cadenas, las ruedas y el empedrado», y esto cuando tienen la suerte de llegar a ciudades principales, que en las demás, sólo barrizal encuentran.
Cree, Víctor Hugo, que hay ahí, en la reflexión posible de la relación entre las personas y los animales, un verdadero abismo para el pensamiento. «La filosofía se ha ocupado poco del hombre fuera del hombre», dirá, mientras afirma que otra moral tendrá que ser entrevista.
Su mirada sobre España le hace decir que es un «país admirable, muy curioso y divertido». Y, afirma el viajero, como lo haría un turista actual: «Mientras llueve en París, yo tengo aquí el sol, y el cielo azul, y apenas las pocas nubes que se necesitan para simular magníficas humaredas en las montañas», pero cuando baja la vista hacia la población, y ve a la gente descalza, clama: «¡Oh, España decrépita. (…) ¡Grande historia, gran pasado, gran porvenir! ¡Presente feo y miserable: y en todos lados aceite y vino». Y llama la atención sobre un tema, al que la sociología de estos últimos años ha dado importancia, ese vacío sin mirada que yace entre las grandes carreteras. Dice: «Hay siete u ocho grandes carreteras; todo el mundo las sigue. Nadie conoce los lugares intermedios», y se lamenta también por esa Europa, la de los ferrocarriles, que al mismo tiempo que une unas poblaciones, separa otras.
Como gran pensador, como persona sensible, le exaspera ese «aburrirse» de la gente, por ejemplo, el de algunos de los viajeros con los que tiene que convivir, esa queja tan ajena a su modo de ser, y señala convencido, que «los detalles en la naturaleza son la vida; en el arte, el estilo».
Hay, en este ensayo, esa sinceridad que hoy, probablemente, nos falta. En la prosa de Víctor Hugo, una iglesia puede ser «horrible», el estilo de un edificio «feo y pobre», «calvas las montañas y serias las llanuras». Es un gran detallista, Víctor Hugo, dice lo que piensa. El instante que vivió, lo comparte en palabras,y, en cierto grado, lo revivimos con él. De verdad, complace saber que no pasó por la vida indiferente. Reclama siempre nuestra atención, nos despierta. Sin duda, toda su obra, y estos apuntes viajeros en particular, serán siempre, una invitación a la lectura.

2 comentarios:

  1. Estas pequeñas joyitas de Casimiro Libros me encantan.Los dedicados a ciudafes y al arte los tengo casi todos. Y digo casi porque este que nos traes me falta. Gracias por la entrada. Me haré con él sin falta.
    Un abrazo,

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    Respuestas
    1. Tienes razón, Carmen. Son verdaderas joyas.
      Un abrazo.

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