© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

sábado, 7 de noviembre de 2015

CONVERSACIONES PRIVADAS

Maurice Merleau-Ponty

Pilar Alberdi

Fue en 1947 cuando Maurice Merleau-Ponty (1908-1961) publicó Terror y humanismo. Todavía cercano el final de la Segunda Guerra Mundial, realiza un profundo análisis del mundo marxista y del liberal. Situando el acontecer del primero en un imprevisto devenir, como fue el caso de que se diera la Revolución rusa, en 1917, en una sociedad escasamente industrial. Con las Actas de los procesos estalinistas y con amplios detalles de las mismas explica cómo lo que condenó a Bujarin, no culpó a Stalin poco después, cuando firmó un tratado con los nazis, cuyo fin último, en realidad, fue darse tiempo y prepararse para la guerra con Alemania.
Este libro de Merleau-Ponty sigue a una lectura anterior, Conversaciones privadas de Hitler, que también comentaré.
Explica el filósofo ese deseo de «preservar lo humano más allá de las miserias de la política». Razona:«Asistíamos en 1939 a dos maneras de burlarse del mundo: una era en efecto, decir que se desarmaría Alemania mediante concesiones, la otra que Alemania simulaba que la firmeza evitaría una guerra». Ya sabemos lo que ocurrió después.
Sin embargo, lo que me interesa recalcar del ensayo es su necesidad de señalar que «No podemos elegir entre la pureza y la violencia, sino entre distintos tipos de violencia», «La violencia es el punto de partida común de todos los regímenes», incluido el liberal.
Del marxismo dirá que con todas sus posibles equivocaciones ha intentado mostrar que el camino de la humanidad está en reconocer al otro, algo que intuye es difícil de conseguir, y en más de una ocasión recurre a Hegel, para recordar la conocida «dialéctica del amo y el esclavo». El diálogo muestra que en la Historia siempre hay quienes se arrogan el derecho de ser «sujetos», mientras condenan a los demás a ser meros «objetos».
Presta especial atención a las actitudes que se toman ante los hechos históricos, especialmente, las más subjetivas. Ofrece un lugar especial a los resistentes, a aquellos que no están dispuestos a dar la razón a los hechos como se presentan en el momento en que son impuestos, aquellos que creen que la razón está más allá de estos. Según salgan las cosas en la Historia, así se juzgará a unos y otros. Pone el ejemplo de la Resistencia francesa y de los colaboracionistas, no juzga a nadie, pero no por eso deja de señalar que muchos colaboracionistas lo fueron para evitar males mayores. Y da cuenta, de que si la Historia hubiese acabado de forma diferente no habrían sido juzgados.
«Solo los niños imaginan que sus vidas son separables de la de los otros, que su responsabilidad se limita a lo que ellos mismos han hecho, que existe una frontera entre el bien y el mal». Pero en la vida real esto no es posible, la realidad es más compleja, y las personas dependen, no sin responsabilidad, de lo que suceda en el ámbito de la política. «¿Qué podemos contestar cuando un indochino o un árabe nos hace observar que ha visto nuestras armas pero no nuestro humanismo?» se pregunta. Sentenciará: «Ningún político puede enorgullecerse de ser inocente».
En un momento de la obra analiza las maniobras de Hitler, decidido a conquistar el Este sin antes haber conquistado el Oeste.
Como he dicho antes, he tenido ocasión de leer Las conversaciones privadas de Hitler, en la copia registrada por Hugh Trevor Roper. Hay otras dos copias, una incompleta, pero no es este sitio para explicar esa pequeña historia. Se trata de una recopilación de conversaciones, simples monólogos, resultado de las conversaciones de sobremesa que mantenía. Constan las fechas, las visitas y de qué temas se conversó con esas personas. Las conversaciones estaban destinadas a ser publicadas. Entre las muchas cosas que dice sobresale su interés por la conquista de Rusia, incluso más que los temas sobre los judíos que solo aparecen a partir de la mitad del libro. Hay frases de una sinceridad espeluznante: «No he venido al mundo para hacer a los hombres mejores, sino para aprovecharme de sus debilidades». Expresa sus planes: «Las bellezas de Crimea, que una autopista nos hará accesibles: he ahí nuestra Riviera, para nosotros los alemanes». Mientras por un lado afirma que nacionalsocialismo y religiones no pueden existir juntas, habla de que no potenciará el ateísmo, y calcula que las religiones se extinguirán por sí mismas. La realidad económica, y la gran frustración producto de los años precedentes y también de los resultados de la Primera Guerra Mundial están expresados claramente, su problema es cómo vender lo que fabrican; en qué mercados colocar las mercancías, por otra parte, piensa: «Creo que el fin de esta guerra significará el comienzo de una amistad duradera con Inglaterra, pero tendremos que dejarla primero K.O.». Comenta que en el futuro no habrá fronteras en Europa, y que las autopistas la recorrerán de una punta a la otra. El único país industrial será Alemania y se cuidarán muy mucho de facilitar tecnología y maquinaria a otros países. Sobre sus planes en otros territorios: «Rumania hará bien en renunciar en cuanto pueda, a poseer una industria propia. Dirigirá las riquezas de su suelo, particularmente de su trigo, hacia el mercado alemán. Recibirá de nuestra parte como contrapartida, los productos manufacturados que necesite». Imagina con vistas al futuro que Inglaterra y Estados Unidos acabarán enzarzados en una guerra. Dice que son muchos los que pensaban que los alemanes mirarían hacia las riquezas del Oeste, pero que él siempre tuvo claro conseguir las tierras del Este: «Lo que la India fue para Inglaterra, lo serán los territorios del Este para nosotros». Habla de que el Sha de Persia agradecerá su protección frente a la Inglaterra que teme, y que Alemania debe firmar cuanto antes un tratado con los turcos. Si le critican por los más de doscientos cincuenta mil muertos, dice que ha dado más de dos millones de nacimientos, porque todas las guerras incentivan la proliferación y sobre este particular opina que todas las familias deberían tener, por lo menos, cuatro hijos. No ha destruido París porque es una ciudad que ama y admira, dice que sólo ha ordenado bombardear la zona de los aeródromos, pero que no dudará en borrar de la faz de la tierra a Leningrado. Sobre los habitantes del Este, los considera «una masa de esclavos natos que necesitan un amo». Su idea: crear colonias con los soldados exentos del servicio militar, que deberán casarse con campesinas. Se repiten frases como: «El más fuerte se impone», «El éxito todo lo justifica». «El país que estamos conquistando será para nosotros, una fuente de materias primas y un mercado para nuestros productos pero nos guardaremos de industrializarla». Se alegra de haber puesto un solo tipo de cocina en el ejército, lo que favorecía la igualdad y la camaradería entre soldados y oficiales. En cuanto a las listas de cosas por hacer, generalmente las hace con dos temas. En una de estas, apunta: «Conservar al precio que sea nuestras posiciones del Este», «Mantener la guerra lo más lejos posible de nuestras fronteras». Sobre otros Estados, indica: «Los países a los que invitemos a participar en nuestro sistema económico deben tener derecho a su parte de las riquezas naturales de las regiones rusas», «Me he preguntado estos días si no deberíamos reunir a los dirigentes responsables de la economía de los siguientes países: Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Bélgica, Suecia y Finlandia. Les daríamos una idea de las perspectivas que se presentan hoy» lo dice refiriéndose a Rusia. «No hay más que un deber: germanizar ese país por medio de la emigración de alemanes y considerar a los indígenas como pieles rojas», «No sé por qué un alemán que come un pedazo de pan debe atormentarse por la idea de que el suelo que ha producido este pan ha sido conquistado por la espada. Cuando comemos el trigo de Canadá no pensamos en los indios expoliados».
Después de esas lecturas, evidentemente, no he podido dejar de pensar en el presente, en esa coalición de más de 65 países que actúa sobre el Próximo Oriente (los mismos territorios que antes fueron colonias de Europa), sobre el petróleo y el gas que hay allí, sobre la destrucción, los millones de desplazados y el dolor humano causados estos años. Por supuesto, no he podido dejar de reflexionar sobre las «conversaciones privadas», esas en las que se habla de cómo repartir esto o aquello, o dónde imponer una nueva frontera o levantar un muro, conversaciones que quizá nunca se publiquen, o sí, de muchos de los gobernantes occidentales, de muchos de aquellos que consiguen hábilmente que sus guerras siempre estén fuera de sus fronteras y de aquellos que han favorecido con armas a grupos rebeldes para desestabilizar regiones. Terror y humanismo, decía Maurice Merleau-Ponty, esa es la cuestión.


Maurice Merleau-Ponty.
Filósofo francés.
Autor entre otras obras de Fenomenología de la percepción, La estructura del comportamiento, Terror y humanismo, El signo, Lo visible y lo invisible.
Más datos en el siguiente enlace



4 comentarios:

  1. Gracias, Pilar. He leído con gusto tu aporte. Siempre hubo y hay personas que saben exponer con claridad los procesos del hombre sobre la tierra. Y esa es la cuestión en verdad: Terror y humanismo que viene de lejos, y siempre en presente.
    Saludos.

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    Respuestas
    1. "Y siempre en presente", sí; esa terrible lucha. Aquellos tiempos, estos. ¿Nada cambia? Esa es la cuestión.
      Un abrazo, Clarisa.

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