© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


jueves, 14 de abril de 2016

MARCEL PROUST: PINTORES



Reseña: Pilar Alberdi

«Piense en un joven de escasa fortuna, con gustos de artista, sentado en un comedor, en ese momento trivial y triste en que acaba de terminar de comer, y en que la mesa aún no se recogido del todo. La imaginación llena de la gloria de los museos, de las catedrales, del mar, de las montañas, ve con malestar y fastidio, con una sensación cercana al hastío, con un sentimiento próximo al aburrimiento, un último cuchillo abandonado sobre el mantel medio retirado que cuelga hasta el suelo, junto a las sobras de una chuleta sangrienta e insípida. Sobre el aparador, un poco de sol ―que acaricia alegremente la copa de agua que unos labios saciados dejaron medio llena― acentúa cruelmente, como una sonrisa irónica, la típica banalidad de un espectáculo carente de estética. Al fondo de la habitación el joven…».
¿Quién puede sustraerse a este estilo? ¿Quién no desea continuar leyendo? Proust nos atrapa al mismo tiempo que sabe desvelar la riqueza de la pintura de Jean Siméon Chardin. Quien narra, recoge el pensamiento de un joven irritado por la vulgaridad de la vida. «Más invitado aún por el orden de la habitación que por el desorden de la mesa, envidia a los adalides del buen gusto que solo tienen contacto con las cosas bellas, en habitaciones donde todo ―hasta las tenazas de la chimenea o los pomos de las puertas― son objetos de arte».
«Si conociera yo a este joven ―dice el narrador―, lo salvaría, al menos lo intentaría y lo haría, acompañándolo a ver arte». Pero, ¿qué arte? Precisamente ese que sinigual maestría saca a la luz aquello que el joven impaciente ante las mezquindades de la vida no quería ver.
«¿Le gusta todo esto?», le preguntaría mientras pasean frente a las imágenes que le pudieran parecer más feas: «una tapa brillante, recipientes de formas y materiales diversos (el salero, la espumadera), tantas escenas que pueden llegar a repugnarle ―pescados muertos esparcidos sobre la mesa (como en el cuadro de La Raya)― y, otras igualmente repelentes, copas medios vacías y otras muchas llenas (Frutos y animales)». Y si todo, finalmente lo encuentra bello, como no podrá ser de otra manera, será porque Chardin lo encontró bello para pintar. Así, el placer que halló el pintor es transmitido. Es más, las imágenes de la casa en la que se encontraba, aquellas que unas horas antes le habían podido parecer las más horribles del mundo, de repente se le han desvelado y ha sido transportado a otra humilde cocina, donde no faltan un gato, una cacerola que espumajea o una mancha de grasa sobre la pared. Y todo esto lo ha logrado Chardin.
¿Qué ha hecho el pintor? Pregunta el sereno y profundo texto de Proust: «En estas habitaciones en las que usted no ve más que la imagen de la banalidad y el reflejo del aburrimiento, Chardin entra como la luz, dando a cada cosa su color, convocando a todos los seres de la naturaleza muerta o inanimada que estaban sepultados en la noche eterna, con el significado de su forma tan brillante para la mirada y tan oscura para el espíritu».
Es tan sublime la belleza que hay en estos párrafos, tan inmediatas las verdades, tan cruciales las imágenes, que merecen estas páginas una y más relecturas, profundas y sosegadas. O, simplemente, lecturas para regocijarse en el talento. Pero hay más, sí, hay otros textos dedicados a otros pintores, como es el caso de Rembrandt: «Los museos son casas que únicamente acogen pensamientos. Quienes son menos capaces para ahondar en estos pensamientos saben que lo que están viendo en estos cuadros, son justamente pensamientos; saben también que estos cuadros son valiosos, y que la tela, los colores secos pegados en ella, la madera dorada que la enmarca no lo son».
Ni los colores secos, ni el marco son lo verdaderamente valioso, y así desde el comienzo de su exposición, Proust, nos revelará al Rembrandt que buscaba la luz dorada del atardecer para pintar, y nos dirá que ahí, en la captación, en el atrapamiento de esa luz, estaba concentrado el pensamiento del pintor. Luz que irá a mirar Rushkin en su vejez a un museo, historia que el narrador también nos cuenta.
Pero claro, tampoco es sólo de Rembrandt de quien se halba, reúnen estos textos a más pintores: Watteau, Moreau, entre otros. El narrador que es Proust no se detiene, indaga, mientras constata en qué puede ocuparse la mente privilegiada de un pintor, por ejemplo, en colocar aquí o allí a una cortesana, una flor que representará la muerte, unas nubes que al atardecer gotean sangre. Todo está ahí y nada está ahí, el pensamiento del pintor y el del observador, reunidos.
El escritor comprende cómo piensan los pintores porque en el fondo son poetas, igual que él, aunque para los demás sea más narrador que otra cosa. Proust admira y reconoce la excelencia, y sabe cuál es ese territorio especial en que las obras surgen.
«El terreno en el que las obras de arte surgen como apariciones fragmentarias es el alma del poeta, su alma verdadera, la más profunda de todas sus almas, su verdadera patria, pero no vive en ella más que en contados momentos».
¡Qué bien lo sabe, Proust! Qué bien conoce él, lo que pueden descubrir esos pintores en la realización de sus obras: la plenitud de sus pensamientos, su consistencia, la aparición de otros, la concreción, la síntesis.
Ambos, pintor y poeta, se saben de otra patria, un territorio desconocido para la mayoría, al que acceden cuando pueden y que es «como los puntos imaginarios del globo o como el Ecuador o los polos». Cuando no están en él son como exiliados, y por eso «el resto de su vida», esos otros momentos en que no están allí, «constituye una especie de exilio».
«Vean el entusiasmo que pone el artista para pintar su tela, y digánme si la araña pone más en tejer la suya».
Por eso sabe Proust que decir de un cuadro «es un Rembrandt» o un Chardin o un Gustave Moreau, o un Watteau, un Monet, un Sisley, un Corot, es expresar mucho más: «Un cuadro sin que nos demos cuenta nos dice una sola cosa. El placer que obtenemos mirándolo, el placer que cada parte del cuadro añade a nuestro disfrute nace de que cada parte de él dice lo mismo mediante cien voces armoniosamente conjuntadas. La clase de verdades que expresa, la manera de decirlas ―que constituye una clase de verdad en sí misma― nos llevan a decir: “Evidentemente, es un Monet”. Pero todo ese monet no hace más que repetirnos: “Dios, cuánto sol hay sobre el mar hoy. Mirad qué sombras tan negras y frescas, mirad el tono rosado de las piedras, mirad cómo mariposean los barcos a lo lejos en un mar tan volátil, y cómo el más pequeño también tiene su pequeña sombre negra (Acantilado de Étretat)». Eso es arte y es poesía. O como dice Proust: «Todas estas almas interiores de poetas son amigas y se llaman unas a otras».



Portada: Claude Monet, Primavera, 1875, Johannesburgo Art Gallery.

Palabras contraportada:
«Y nos encontramos ahí asomados sobre el cuadro, situándonos a la distancia adecuada, intentando ahuyentar cualquier otro pensamiento, buscando comprender el sentido de cada color, resucitando de nuestra memoria impresiones pasadas que se asocian en tan etérea y multicolor arquitectura como hacen los colores en la tela».

La editorial:
Casimiro Libros. Sigue este "enlace" para llegar a su web.

El libro:
Marcel Proust: Pintores. Estará disponible en librerías a partir del 18 de abril de 2016.

1 comentario:

  1. siempre es un placer poder contar entre mis círculos con comentarios llenos de buena narrativa,gracias

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu opinión.