© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


miércoles, 1 de junio de 2016

AUGUSTE RODIN: CHARTRES




Pilar Alberdi

Cuatro voces para explicarnos la catedral de Chartres, el gótico, y un siglo, aquel, en que se dejaba atrás la calma, en el que los paseos ya no serían los de antes y las fábricas comenzaban a tragarse el «aire bueno», a medida que las antiguas callejuelas escupían esporádicamente los primeros vehículos a motor y los escaparates se llenaban de productos en busca de compradores. Pero no todo había cambiado, todavía, al menos en Chartres, un rico podía ser llevado en andas sobre una silla, para que no se embarrase como los demás mortales.
Cuatro voces, la del pintor Auguste Rodin, gran escultor, y tres escritores como Rainer Maria Rilke, Henry James y Stefan Zweig, no son poca cosa, es como mirar la vida del siglo XIX a través de la sensibilidad más fina, del genio más poderoso.
Rodin se complace en recordar que John Ruskin, fue uno de los primeros que supo apreciar «las antiguas catedrales e iglesias de Francia»; Víctor Hugo, incluso, defendió esos tesoros de posibles nuevos trazados de carreteras, como cuando en París se exigió «echar abajo la torre de Saint-Jacques» y el encaró una protesta pública.
Para lo nuevo, lo viejo y heredado, parece tener los días contados, sin embargo, ahí estaban ellos, los artistas, los escritores, dispuestos a defender el pasado. ¿Dónde mejor que frente a la catedral de Chartres se puede aprender arte? Rodin cree que le debe mucho a sus visitas a la catedral, donde los claroscuros de las formas externas y en relieve, donde las figuras sonrientes, donde el ángel custodio del reloj de las horas humanas espejeaba ante «un sol dorado como un pan».
¿Dónde, cuando acaba el gélido invierno ―pregunta Henry James― el insoportable frío se refugia mejor de la incipiente primavera que en el interior de la catedral?
En el Ciclo de Chartres, los poemas de Rainer María Rilke dedicados generosamente a la ciudad, el poeta pinta el paisaje con palabras. Ahí, nos dice: «se acuclillaban las viejas casas como una feria», es lo que tienen los pueblos que se agrandan, que se hinchan por el paso del tiempo; «allí, en aquellas pequeñas ciudades puedes ver cómo habían crecido por encima de su entorno, las catedrales»; y ¡qué misteriosa, qué intrigante!, la catedral de Chartres, con una torre romántica y otra gótica. Luego, hasta parece lógico que Rodin nos diga que la vida ―en aquel lugar― «vacilaba al tocar las horas».
Y es Stefan Zweig, sin duda y como ya demostrase en algunas de sus obras, el que más desesperado parece ante los tiempos que se avecinan. Ha pasado por París y aquello lo ha sobresaltado. ¿Qué era aquel estrépito, aquella marea de gentes, aquel nuevo parecido a Nueva York? «La luz blanca y cegadora inunda las calles abarrotadas de gente [ha llegado la electricidad], los carteles luminosos saltan de tejado en tejado [se anuncian las películas en los cines], y el temblor de los automóviles sobre el asfalto se siente hasta en la última planta de los edificios». Todo ha sido transformado por el progreso; no hay sosiego, todo es celeridad, todo el mundo corre, corre, pero ¿a dónde? Atestigua: «En ninguna parte se puede encontrar ni media hora de calma, ni siquiera de madrugada» (…) «su nerviosismo, su rabiosa inquietud [la de la ciudad] se propaga». Entonces, de manera urgente decide tomar el tren a Chartres, que está a una hora de París; allí tiene que haber tranquilidad, piensa, o eso quiere creer mientras relata su paseo en tren, el paisaje que orilla las vías, y cuando llega al pueblo se da cuenta de que aquello de lo que él escapaba, la modernidad, también ha alcanzado sin remedio a la villa, y quizá ya nada tenga solución, todo parece indicar que «el siglo de la fe y la paciencia ha pasado, un siglo que ya no va a volver» y todavía se da cuenta de algo más: «Los hombres ya no van a construir más catedrales».
Y como si las demás voces quisieran levantar el vuelo, expresarse sin ataduras, Rodin, para no quedarse atrás, exclama desde su propia visión de la experiencia de la vida: «cuando la religión se pierde, el arte también está perdido; todas las obras maestras griegas, romanas, todas las nuestras, son religiosas».
Hace ya tiempo que esas voces no están para la vida, pero no para el tiempo que las nombra y las recuerda. Algo de razón tenía Rodin, seguro que sí, pero no toda, si viera hoy los museos, los mismos en los que se exponen sus obras, comprendería que muchos se han convertido en las nuevas catedrales.


Palabras de la contraportada:

«Los constructores de las catedrales góticas, modelando la luz y la sombra tal como lo hacían, sabían lo que pretendían y cómo realizarlo; obedecían, a la vez, a una ciencia absoluta de la armonía y a un conocimiento de la naturaleza».

Puedes visitar el catálogo de la Editorial Casimiro en el siguiente enlace.

Nota:
En el interior de la Catedral de Chartres hay dibujado un laberinto. Más información: El ciclo infinito: el laberinto de la catedral de Chartres.


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