© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Finalizando Grado en Filosofía (UNED)

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jueves, 2 de mayo de 2019

LOS TRANSTERRADOS: EL EXILIO ESPAÑOL


Pilar Alberdi

Hay algo que se llama exilio, y que quienes no lo han vivido no saben lo que duele; es vivir con el corazón en la tierra que fue suya, pero con los pies en otra.
El exilio español republicano se llevó al pueblo, y cuando decimos esto, no sabemos realmente a quien se llevó por delante, porque cada ser era único y portaba una historia de vida. Muchos de los exiliados que fueron hacia Francia, en la época del gobierno de Vichy, acabaron en los campos de concentración nazis. Mas de 7000 fueron enviados a Mathausen. De ellos, 4676 encontraron allí la muerte. Es conocida la foto de la liberación de este campo en que una pancarta. dice: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras».
Cuando decimos el exilio intelectual, entonces sí, aparecen los nombres y la lista de los más conocidos, entre ellos: María Zambrano, Rafael Alberti, Teresa León, Ramón Gaya, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Victoria Kent, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, Francisco Ayala, Concha Méndez, Max Aub, Juan Ramón Sender, Pedro Garfias, María Lejárraga, Antonio Machado, Tomas Segovia, Blas Cabrera, Severo Ochoa, Rosa Chacel, Américo Castro, Fernando de los Ríos, Manuel Altolaguirre, Luis Buñuel, Pablo Picasso, y muchos más. El libro Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939, publicado por la editorial Renacimiento en 2017 reúne las vidas de 1191 artistas, escritores, científicos, que fueron al exilio.
Sabemos lo que es esto, históricamente uno de los peores castigos que podían aplicarse en el pasado; encontramos referencias en las tragedias griegas; conocemos la actitud de Sócrates ante la posibilidad de un destierro o una huida salvadora, prefiriendo aceptar una muerte cuyo valor estaba en la enseñanza de lo que no debería haber sucedido.
Muchos niños y niñas españoles fueron enviados a otros países con la intención de salvarlos, algunos nunca volvieron. Frente a la muerte, la vida. Frente al «valor cero» que es el de la nada (Broch), la esperanza, porque en esta cabe entera la vida.
Dice María Zambrano en el artículo «El saber de la esperanza (Notas inconexas)»: «Tuvimos que pasar la frontera de Francia uno a uno, para enseñar los más la ausencia de pasaporte, yo sí tenía» […] «Y el hombre que me precedía llevaba a la espalda un cordero del que me llegaba su aliento y que por un instante, de esos indelebles, de esos que valen para siempre, por toda una eternidad, me miró. Y yo lo miré. Nos miramos el cordero y yo. El hombre siguió, y se perdió por aquella muchedumbre, por aquella inmensidad que nos esperaba del lado de la libertad». Zambrano hizo suyo el exilio, lo aceptó, supongo, como se acepta lo que no tiene solución. Cuando por fin regresó para quedarse, le sorprendió que el cordero no estuviese esperándola al pie del avión. Solo cuando al día siguiente vio «las imágenes que sacaron los fotógrafos que me aguardaban, tan conmovedoras, tan blancas, tan puras, entonces vi que el cordero era yo». Ella era como exiliada, como representante de otros muchos, el cordero. Un tema que volverá a tratar en otras obras, el de los inocentes destinados al sacrificio para salvación de los culpables.
He tenido estos días la oportunidad de leer un trabajo en prosa poética de Juan Ramón Jiménez, «Espacio», que no conocía. Lo escribió (1941-1954) en su exilio en USA, uno de los varios sitios en los que estuvo, lo mismo que le había sucedido a María Zambrano, dispersos por el mundo, los exiliados acabaron yendo de un país a otro, hasta encontrar aquel en el que poder quedarse. Lo que está explicando Juan Ramón de manera informal, espontánea, siempre poética, es que allí donde va está su tierra, su Moguer natal, las ciudades en las que vivió (Madrid, Sevilla), que la patria, aquello que él sintió como patria, no se separa de él, lo desborda. Dice: «Y por debajo de Washington Bridge (el puente con más de esta Nueva York) pasa el campo amarillo de mi infancia» […] «Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo más grande». Y unos renglones después, dice: «En el jardín de St. John the divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español; y los niños del coro, lengua eterna, igual del Paraíso y de la luna, cantaban con campanas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armonía violeta y oro».
Todo exilio es doloroso. La semilla de los que se fueron dio como fruto en toda América, ese puñado de casas vivas españolas como son los Centros navarros, gallegos, vascos, asturianos…, donde la emigración se reunía y continúa reuniéndose. Allí están los hijos, los nietos y bisnietos del exilio español.
Cuando la palabra «patria» ocupa cada una de las esferas de la vida pública, cuando se eleva como una bandera que pertenece a unos y no a otros, acaba devorando a sus hijos. Es la palabra de los dictadores, de los «salvadores», de los monistas, aquellos que creen que para cualquier problema solo hay una única solución.
Por eso, la palabra «patria», cuando de verdad espanta, es precisamente cuando niega el diálogo, cuando no acepta escuchar ni mirar al otro y camina por una estrecha callejuela dirigiéndose hacia la oscuridad.

Referencias.:
Zambrano, María. «El saber de la esperanza (Notas inconexas)» recogido en el libro Las palabras del regreso (Ed. Cátedra, 2009).
Jiménez, Juan Ramón. Espacio. Edición de Aurora de Albornoz. Editora Nacional. Madrid, 1984.


Artículo publicado en El cuaderno, abril 2019.

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