CINCO CAMINOS Y UNA CONFLUENCIA


Pilar Alberdi


«Dos extravagancias: excluir la razón; admitir solo la razón» Blaise Pascal
«Vislumbré igualmente el sentido profundo del culto a los muertos entendido como un negarse a traicionar a aquel que ha sido, tratándole como si no fuera». Gabriel Marcel



Primer camino: lo bueno, lo malo; el pasado y el presente

Hubo un tiempo en que la tradición señaló como «bueno» aquello que se conservaba del pasado. Ese convencimiento aseguraba frente a «lo nuevo», una defensa; la conservación de las viejas costumbres. Con la modernidad se impuso lo contrario, lo nuevo se revistió de una súbita majestad, de una idealidad no reflexionada. De ahí, el mito del Progreso como sustituto del deus absconditus, el Dios oculto; de ahí también la laicidad y la aparición del homo absconditus; el hombre opaco en gran medida para sí mismo.
El impulso científico y las nuevas tecnologías harían el resto. De la mano de cada opinión relativa, aparece en circulación la moneda del todo vale. Pero, evidentemente, no todo vale. Dijo Leibniz en su ensayo Sobre las penas eternas: «El mal tiene consecuencias eternas, pero el bien también». Aunque el filósofo, teólogo y matemático trataba el tema bajo el aspecto religioso, nosotros sabemos que la semilla del bien que se siembra, igual que la de mal, perduran en el tiempo.

Segundo camino: un acercamiento a la Grecia clásica

Aristóteles llamó la «ciudad sana» al pequeño grupo social regido por costumbres ancestrales y basado en el respeto a la sabiduría de los mayores. En ella, todos podían ocuparse, a través de las diversas artesanías, de su propia vida y de la de los más cercanos. A esta siguió la «ciudad justa», representada por la polis, ejemplo de ciudades-Estado como fue el caso de Atenas, donde las artesanías comenzaron a especializarse.
Dada la nueva situación, el poder político resultó afianzado a partir de la estratificación social y el reparto de las tareas: la parte más privilegiada era la de los ciudadanos (hombres); el resto, los que no podían acceder a los derechos de estos, eran las mujeres; los extranjeros (dedicados al comercio); y una enorme cantidad de esclavos para el servicio doméstico, la agricultura y un sinfín de ocupaciones.
En esta sociedad, según la propia distinción de Aristóteles, convivían aquellos que llevaban una vida (zoé) propia de animales, y aquellos pocos que tenían una mejor vida (bios), poseyendo tiempo para el estudio y la contemplación, como era propio de algunos filósofos.
(Percibimos aquí, acentuada luego con la idea de que el filósofo sería el mejor gobernante (Platón), esa percepción elitista que distingue sin más entre aquello que pueda pensar quien se diga filósofo y el resto. Si bien es verdad que un filósofo con conocimientos puede seguir la línea del pensamiento humano hasta nuestros días, eso, no necesariamente le hará mejor persona).

Tercer camino: la confluencia de Atenas y Jerusalén. Del culto a Dios al de la Razón

Resulta cuanto menos curioso, comprobar cómo, muchos siglos después, en una Europa resultado de la confluencia del influjo de la Biblia (religiones reveladas) y de la filosofía griega, la Revolución Francesa, tomó templos religiosos católicos, como fue el caso de la Iglesia de Notre Dame, y los ofreció a la nueva deidad, «La razón», mientras olvidaba, como bien les reclamó la filósofa Marie Gouze (Olympe de Gouges), otorgar a las mujeres, los mismos derechos ciudadanos que se habían establecido para los hombres. Defendiendo su reclamo con la presentación de Los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana; siendo poco tiempo después condenada a muerte. Y es que, La Razón, convertida en diosa, siempre será la razón de alguien, es decir, de un poder, una élite.

Cuarto camino: un paso adelante y otro atrás. Y entonces los hombres se encontraron con grandes máquinas a las que atacaron con palos

Afirmada la Ilustración y el industrialismo, la división ya no fue entre qué es lo «bueno» y qué lo «malo», sino entre «progresista» o «reaccionario». (Nos lo recuerda Leo Strauss en Progreso o retorno). Así, sin matices, sin rescatar lo mejor de cada opción, dando por hecho que lo nuevo, el progresismo que hasta hoy en día oímos defender a los políticos, sin saber muy bien qué están defendiendo en la actualidad, a qué se refieren, frente a lo reaccionario, lo que reacciona en sentido contrario, que bien puede ser un conservadurismo, que intenta retener lo mejor o más útil del pasado, y un ecologismo que busca preservar la vida.
Pero, volvamos a Grecia un instante. Recapitulemos: en aquellos primeros tiempos de la humanidad, con menos conocimientos y distracciones que las actuales, parece posible afirmar que el tipo de relaciones que podía establecer un hombre se circunscribía al conocimiento de los más cercanos y, por supuesto, de sí mismo. Con respecto a lo que fuera bueno o malo, y a su entendimiento, nos sirve de ejemplo la Alegoría del carro citada por Platón: «Pues bien, los caballos y los aurigas de los dioses son todos ellos buenos, y buena su casta, la de los otros es mezclada. Por lo que a nosotros se refiere, hay, en primer lugar, un conductor que guía un tronco de caballos y, después, estos caballos de los cuales uno es bueno y hermoso, y está hecho de esos mismos elementos, y el otro de todo lo contrario, como también su origen; necesariamente, pues, nos resultara difícil y duro su manejo» (Fedro). Obviamente, aparece lo político.
De este modo, la ley de la Ciudad, aquella que Aristóteles había llamado la «ciudad justa», sustituyó a la «ciudad sana», más cercana a la Naturaleza. Pero que la ciudad imponga su ley, no quiere decir que todos acepten cumplirla. El arte de la tragedia griega nos recuerda el ejemplo de Antígona. Ella se niega a obedecer la nueva ley que le impide, a causa de una cuestión política, dar sepultura a su hermano. Su desobediencia le costará la vida. La ley familiar, la ley del pequeño grupo del pasado, la de la «ciudad sana», esperaba que los deudos enterrasen a sus muertos con dignidad y respeto. «La distinción entre naturaleza y convención implica que la naturaleza es esencialmente ocultada por las decisiones de la autoridad. (…) La naturaleza es más antigua que toda la tradición, y más venerable que toda la tradición», nos recuerda Leo Strauss en La ciudad y el hombre. Por tanto, también deberíamos hablar de la Naturaleza oculta (naturae absconditus). Lo que la mayoría acepta en la ciudad en la que Antígona vive, no se hubiera aceptado en el pasado. Y ella cumple con la tradición, rebelándose contra la ley impuesta en Tebas por su tío, el rey Creonte. La ciudad con su nueva política impone también una Ética, que no todos aceptan; Antígona se mantiene fiel a la tradición recibida. Para ella, esa ley nueva, es algo así como una «verdad relativa», una opinión. Decía Strauss que las opiniones son «fragmentos sucios de la verdad» que puede venirle muy bien, como es lógico, al rey Creonte, por ejemplo, pero está vacía del origen de esa otra nobleza antigua, basada en lo que el hombre sentía, en lo que de más natural había en él: la defensa de los propios, el cuidado de la prole, algo que también conocen los animales en sus instintos básicos. Los muertos deben ser acompañados y enterrados por sus deudos. Antígona, lo sabía, y cumplió.
Pero no solo los reyes pueden ser desobedecidos, incluso los dioses que impone la ciudad. Fueron acusados de impiedad hacia los dioses: Protágoras, Sócrates, Anaxágoras, Aristóteles. En esos mismos dilemas se debatieron no pocos de los filósofos, y en la línea religiosa, teólogos y pensadores de pasados siglos, recurriendo a la «escritura exsotérica», además de a la «esotérica», así como al latín como lengua de ocultamiento, para escapar de persecuciones y dejar semiocultos numerosos mensajes entre líneas. Ya no se trataba de la fuerza de la ley sino de la religión. Pensamos, por ejemplo, en Spinoza. Esto lo vio con claridad Lessing, quien no solo lo explicó sino que lo practicó, y a quien Strauss remite. Resumiendo: la ley natural está en la base del derecho positivo y de la religión positiva.

Quinto camino: conversar se puede. Las ideas de Hans Jonas sobre el legado a las próximas generaciones, y mi conversación con unos niños

Hans Jonas, filósofo alemán de origen judío, se preguntaba en su obra Principio de responsabilidad si podíamos tener una ética al margen de lo sagrado; creo que sí, bastaría con respetar lo que la naturaleza nos ha dado, nuestro propio ser y forma de comportarnos, esa consciencia que nos señala los límites, expresados luego en códigos morales y leyes.
Al autor le preocupaba nuestra demostrada incapacidad para cuidar el mundo y preservar, además de a las otras especies, la nuestra, y muy especialmente la vida de las próximas generaciones. Él se hacía preguntas similares a las que aquí dejo: ¿Nos preocupan los seres que puedan llegar a nacer en el futuro? ¿Sentimos nuestra responsabilidad sobre ese tema? ¿De qué manera lo percibimos? O, simplemente: ¿nos alcanza con que a nosotros nos vaya bien, y punto? Y eso hasta donde nos dure el bienestar, dado el talante soberbio, autoritario y negacionista de algunos líderes políticos actuales sobre el cambio climático.
Hans Jonas era consciente de que nuestra preocupación se quedaba siempre corta, a duras penas llegaba hasta los hijos y los nietos, y ahí encontraba una carencia de solidaridad para con el futuro más lejano.
De este libro de Hans Jonas, Principio de responsabilidad, se han citado con insistencia unos imperativos categóricos, al estilo de los de Kant, propuestos por el autor, precisamente para garantizar esas vidas futuras.
Como filósofo, le pesa ese proceder, esa indiferencia, convencido como está de la preeminencia del «ser» frente al «no-ser». La cuestión es sencilla. Sinceramente: creo que los niños saben más de esto, especialmente cuando son pequeños, que los adultos. Y para comprobarlo, conversé con algunos. También debo hacer la siguiente aclaración: probablemente, se sintieron algo defraudados por una explicación, cuya respuesta, ellos como niños que eran ya intuían, simplemente, porque no tienen encima todo el peso de la cultura, y están, por tanto, más cerca de su propia esencia. A ver, es como cuando a un adulto se le pregunta ese acertijo que dice: «¿Cuántos animales caben en una ballena», y el adulto comienza a darle vueltas a la cuestión. Primero se pregunta dónde está la trampa, porque cree adivinar que la hay (un adulto tiene experiencia y conocimientos), luego se pregunta si se estará hablando de animales reales y si por casualidad el que preguntó le quiere engañar llamando «animales» al placton. Cuando el adulto no ha terminado con sus disquisiciones, el niño de 7 u 8 años contesta: «Ninguno; porque “va llena”». Y a continuación suelta una carcajada, aclarando: «Ba… llena. ¿Lo pillas?». ¿A qué han vivido alguna vez este tipo de experiencia? El niño encuentra la respuesta más sencilla, sin cuestionar si alguien pretende engañarle, ni tomar en consideración mil cosas más, mientras que el adulto entra en un laberinto de difícil salida. Como resultado, su inteligencia parece algunas veces menor que la de un niño. Pero el niño, por decirlo de algún modo, está más cerca de sí mismo, de su sentir, de su experiencia básica.
Así, el aceptar la preeminencia del ser frente al no-ser responde a la valoración positiva de lo que es frente a lo que no. Dice Jonas: «Hay que observar que la mera posibilidad de atribuir valor a lo que es, independientemente de lo mucho o lo poco que se encuentre actualmente presente, determina la superioridad del ser sobre la nada, a la que no es posible atribuir absolutamente nada, ni valor ni disvalor, y que la preponderancia ―temporal o permanente― del mal sobre el bien no puede acabar con esa superioridad, esto es, no puede empequeñecer su infinitud». Por tanto, para aceptar el ser, primero hay que aceptar ese valor de ser, que mueve y pone a su vez en pie, otros valores; por ejemplo, el de la vida, y el de la felicidad que supone el que pueda ser vivida con dignidad.
Por eso, pregunté a los niños con quienes mantuve la conversación si creían que todas las personas deseaban la felicidad, y me contestaron que sí. Les pregunté, por si no me habían entendido bien, si no sería lo contrario, y la mayoría preferiría, por ejemplo, la infelicidad, y me contestaron que no. Les pregunté si pensaban que había personas que pudieran desear la infelicidad de otros, y me dijeron que no. Entonces, afirmé: si todos quieren su felicidad como nosotros también queremos la nuestra, habrá que respetar que eso se cumpla. «Por supuesto», admitieron ellos. Y, aunque no recuerden en el futuro el nombre del autor al que me referí, creo que no olvidarán esa conversación, porque ellos eran conscientes, sin ser adultos, ni universitarios ni tan siquiera sabios, que todo aspira a ser, a cumplir con su propio fin, y esto se percibe hasta en la más pequeña planta que busca ansiosa su trozo de luz, o como diría Jonas, se advierte en la naturaleza esa «voluntad» de trascendencia de la que nosotros también somos parte, y que nos obliga moralmente a respetar ese mismo derecho en los demás seres, con todas las consecuencias. Dice Jonas: «Que el mundo tiene valores es cosa que ciertamente se sigue de modo directo del hecho de que tiene fines, y en este sentido, de acuerdo con lo anterior, no se puede continuar hablando de una naturaleza libre de valores».

Confluencia de los caminos recorridos

Estamos en el mes de abril, aquí, en el sur de España, junto al Mediterráneo. Es tiempo de COVID 19; estamos en cuarentena, la mayoría, confinados. Hace apenas unas semanas, los montes de Málaga se llenaban de almendros en flor, y junto a las carreteras amarilleaban los hermosos racimos amarillos de las mimosas. Hoy, en el jardín, tras algunos conatos de lluvia, las abejas zumban posando suavemente sobre las flores de los naranjos, mientras las delicadas violetas derraman su dulce perfume junto a una pared de la casa, donde el invierno parece haber dejado ahí su húmedo fantasma; y más allá, bajo un cielo azul donde un rebaño de nubes blancas pasta concienzudamente, las flores de los heliotropos parecen competir con algunas rosas y fresias, a ver cuál de ellas presenta la más bella fragancia, el aroma más perfecto. Así, el mundo de la vida dice sí a la vida. El deseo de bienestar, por ejemplo, de tener cubiertas nuestras necesidades básicas; de felicidad, de amar y ser amados; de dignidad, en consecuencia, de respetar y ser respetados, se percibe por doquier. Por eso, el ser importará siempre más que el no ser; que es algo que hasta los niños saben.




Lecturas recomendadas:

Jonas, Hans. El principio de responsabilidad. Herder. Barcelona, 1995.
Mounier, Emanuel. Introducción a los existencialismos. Guadarrama. Madrid.
Lessing. Textos filosóficos y teológicos. Editorial Nacional. Madrid, 1982.
Leibniz. El origen de la religión revelada. Internet en línea. Lectura: marzo 2020.
Strauss, Leo. La ciudad y el hombre. Katz. Buenos Aires, 2006.
Strauss, Leo. Progreso o retorno. Paidós. Barcelona, 2004.

Fotografía: Iglesia de San Martín en Ivry-la-Bataille, Francia. (En su fachada pueden apreciarse las inscripciones del culto a La Razón, 1793)

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