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sábado, 5 de agosto de 2017

MARCO FABIO QUINTILIANO: INSTITUCIONES ORATORIAS


Pilar Alberdi

Escribir hoy en día un título como este es, en parte, condenar al artículo a no ser leído. Sin embargo, me arriesgo; anticipando que tomaré en cuenta lo que dice Quintiliano sobre la educación de los niños en Roma, recomendaciones que bien valen para nuestro tiempo.
Quintiliano era un reconocido orador, lo que hoy llamaríamos un abogado, uno de los pasos previos para destacar y acceder a cargos políticos. Así ascendió, por méritos propios, Cicerón. Y en la política perdió su vida. Sus asesinos dejaron expuestas sus manos y su cabeza en el Senado.
La época preparaba a los niños para ser oradores a través de la retórica, que incluía, la dialéctica, la elocución, conocimientos de gramática y algo de matemática. Hablar bien, mover a las pasiones, gesticular adecuadamente, convencer.
El autor dedica la obra a Marcelo Victorio y pone en ella la teoría aprendida y su propia práctica. Un verdadero regalo para sus contemporáneos y, sin duda, para la posteridad. Así nos explicará cómo ganarse al auditorio, cómo interesar el juez. Sabía mucho de psicología.
Pero es, como anticipé previamente, de sus opiniones sobre la educación de los niños sobre lo que comentaré. En ese momento, los niños accedían a la escuela pública a partir de los siete años, pero también podían ser formados por profesores particulares (muchos romanos, los más pudientes, contrataban para la labor a filósofos griegos y en esos casos las clases se daban en la casa, en la que generalmente también vivía el o los preceptores).
Quintiliano intenta contestar a la pregunta de qué es mejor: ¿estudiar en la casa con un preceptor o en la escuela? Intentaré sintetizar. Lo primero se educa a los niños para ser futuros oradores (lo que les permitirá desenvolverse tanto en la vida pública como en los negocios, el ejército y otras tareas), lo que implica como requisito previo que adquieran buenas costumbres en sus hogares. Le parece bien que accedan a la escuela pública porque así pueden estar con sus pares.
Se inclina a que los niños comiencen a aprender la lengua griega, ya que la latina la conocerán en el trato diario. Pero para esto quiere que los padres tengan la mayor erudición posible, las ayas conozcan bien la lengua latina y sepan corregir cuando una palabra está mal pronunciada y los ayos no sean necios. Pone ejemplos: los Graco, aprendieron de su madre, una gran lectora de la que también habla Cicerón; y de la hija de Lelio se decía, que habilísima como era imitaba a su padre en la oratoria.
Imitación. Ahí ha aparecido la palabra mágica. «Porque naturalmente conservamos lo que aprendimos en los primeros años, como las vasijas nuevas el primer olor del licor que recibieron, y a la manera que no se puede desteñir el primer color de las lanas».
Está en desacuerdo que a los niños se les enseñe primero el nombre de las letras (el abecedario) y más tarde se les muestre sus formas. Prefiere la instrucción que a modo de juego, al mismo tiempo que nombra las letras enseña las figuras construidas en marfil o madera, de las cuales hallarán gusto, dice, en «manejarlas, mirarlas, señalarlas».
Para las primeras prácticas mejor que pasen el estilete por tablas de madera donde estén marcados los surcos o trazos correspondientes a cada letra; después, más tarde, podrán practicar en tablas cubiertas de cera.
Jamás castigarles, aunque reconoce que en algunos hogares los niños de dos años piden ropas de púrpura antes de saber leer, y es lo propio por cómo han sido consentidos, no porque sea lo correcto. Promueve que se les permita y se les incentive a leer aquello que «fomente el ingenio y aumente las ideas». Aprender a leer tiene sus dificultades, por un lado, hay que ir pronunciando las palabras al mismo tiempo que con la mirada se intenta retener las que siguen. Pide paciencia para conseguir lo que es propio del lenguaje: «corrección, claridad y elegancia». ¿A qué niño le hablaríamos hoy de elegancia en el escribir, cuando ni siquiera se lee en voz alta en clase, cuando tampoco se hace caligrafía, aunque cualquier estudio reciente indica que escribir a mano sirve para retener lo que se ha de estudiar?
Y, ¿por qué lecturas comenzar? Él señala las Fábulas de Esopo, porque es fácil. Una lectura amena y, además, moral. De ese modo aprenderán algo más que palabras.
Deben ser también dueños de otras lecturas porque, no basta con ser buena persona y buen orador, hay que saber «de cuánto sirve la economía en el discurso; la correspondencia de unas cosas con otras; lo que conviene a cada persona; qué se le ha de alabar en los pensamientos, y qué en las palabras; dónde cabe bien la afluencia, y dónde la concisión» y sobre todo se les debe incitar a ser sabios. Y pone como ejemplo a las abejas capaces de hacer la miel «de diversas flores y jugos, que no alcanzan todos los entendimientos humanos». «¿Y nos maravillaremos nosotros de que la oración (se refiere en esencia al discurso), obra la más grande de la naturaleza, necesite del conocimiento de muchas artes que, aunque no se descubren en ella ni manifiestan su fuerza, influyen secretamente y no deja de traslucirse su influencia?».
Por eso pide que también se enseñe frases ejemplares, que aprendidas de memoria queden para el recuerdo.
Evidentemente, él no cree que haya niños incapaces de aprender, se rebela cuando le hacen ese tipo de comentarios y salvo excepciones por problemas físicos, señala al entorno.
Miro al presente y me pregunto de qué modo educamos a los niños, con qué conciencia, en qué manos, es decir con qué cuidadores les dejamos, qué esperamos de ellos cuando sean grandes. Añadiría: ¿ante qué programa de la televisión, con qué juego en el ordenador o la tablet antes de aprender a leer, antes de saber cómo es el mundo?
De aquellos niños romanos se esperaba fueran buenos oradores, honestidad y lealtad al Imperio, pero también que fueran sabios. ¡Qué enormes parecen estas palabras hoy! Un niño desconoce ese sentido implícito.
La última vez que nos visitaron nuestros nietos de Madrid, el mayor de ellos, me preguntó por qué tenía frases escritas en papelitos debajo del cristal del escritorio; antes, también tenía la costumbre de dejar fotografías. Le contesté que las dejaba porque me habían deleitado, resultaban un buen ejemplo, algo para tener en cuenta, para recordar. Pero después de esa experiencia, la de los nietos observando y aprendiendo de sus abuelos, ahora dejo las frases para ellos, porque sé que las leen. Como ya es tiempo de vacaciones y están a punto de llegar a Málaga, en esta ocasión dejaré la siguiente frase: «El lenguaje es nuestra caparazón y nuestras antenas; nos protege de los demás y nos dice qué son; es una prolongación de nuestros sentidos» (Jean Paul Sartre). Yo creo que ellos, a los que les encantan los insectos, las mariposas, las lombrices, y que están más cerca de la tierra que nosotros, les encantará y sabrán disfrutarla.
Después, mientras los columpiamos y ellos nos cantan alguna canción, aprovecharé para hablarles de los niños romanos, aquellos que conoció Quintiliano, y les contaré de sus juegos, prácticamente los mismos a los que ellos juegan hoy: canicas, tres en raya, escondite, columpios, balancín, muñecas.
El tiempo no pasa, ¿o sí?
Por cierto, Quintiliano nació en Calagurris Nassica Iulia, actual Calahorra, La Rioja, España, y su obra más conocida es De institutione oratoria.


martes, 2 de abril de 2013

«¿SON LAS CIUDADES OBRAS DE ARTE?»



ROMA, FLORENCIA Y VENECIA de Georg Simmel.


Reseña: Pilar Alberdi


«¿Son las ciudades obras de arte? En Italia seguramente sí». G. S.


El primer artículo de Georg Simmel que forma parte de este libro se titula: Roma, un análisis estético y da comienzo con las siguientes palabras: «Quizá, el profundo atractivo que ejerce la belleza se deba a que siempre adopta la forma de unos elementos que son, en sí mismos, indiferentes y ajenos a ella y que adquieren valor estético sólo en virtud de su combinación. La palabra aislada, la mancha de color, el ladrillo o un sonido suelto carecen de valor y sólo lo reciben, como un regalo que por sí mismos no merecen, combinados en una forma que desprende belleza». Y que no tendrían ese valor si no hubiese alguien que lo observase de tal modo. La belleza que se da de manera contingente en la naturaleza, es decir, como por azar, los hombres lo han conseguido en sus ciudades. Y brilla más este ejemplo, cuanto más azarosa es esa mezcla, como ocurre en los núcleos antiguos de las urbes. Es el caso de Roma, y el de otras muchas ciudades, en donde distintas generaciones y culturas se han ido sumando progresivamente con sus aportes. «La belleza de Roma —dice el autor — nacida azarosamente de la conjunción de puntuales creaciones humanas».
Hay algo de intemporal en Roma que es lo que llama poderosamente la atención. La han cantado autores como Byron o Goethe, a los que cita Simmel, y otros que me atrevo yo a sumar aquí, para que no falte el aporte español, como Quevedo, en un bellísimo soneto, o como Gerardo Diego o Alberti, poetas de la Generación del 27.
«El que Roma pueda ser percibida de tantas maneras y sus impresiones, interpretadas tan diversamente, siendo siempre una misma Roma, un solo foco del que nacen tan diversos rayos, viene a ser la expresión máxima de su grandeza estética» concluye el autor.
El segundo texto se ocupa de la ciudad de Florencia. Simmel no tiene dudas en afirmar que la naturaleza se hace eco permanente en la ciudad y el arte surgido en ella, se limita a copiarla. Cita como ejemplo a Miguel Ángel. Una búsqueda que, siguiendo los cánones clásicos, se impregna del ser humano y del paisaje.
El tercer artículo dedicado a la ciudad de Venecia enlaza con el tema anterior, indicándonos cuán diferentes pueden ser los palacios de una y otra ciudad. Los de Florencia, tan «orgullosos y señoriales», ostentosos de un poder diferencial y hasta de gloria, señal de riqueza igual que los de Venecia, pero mientras los primeros se imponen, los segundos, verdaderos «juegos preciosistas», enmascaran en su parecido sus propias diferencias volcadas en el interior y en todo lo que puede suceder en ese ambiente principesco y doméstico. «En Venecia —escribe Georg Simmel— todo el mundo camina sobre un escenario» al que ni siquiera afectan los cambios de estación. No en vano el valor de la máscara y el carnaval, de la apariencia frente a lo real.
Y, ya por último, se reúne en este libro una conferencia titulada Las grandes ciudades y la vida del espíritu que Georg Simmel leyó en Dresde en 1903. El escritor analiza qué son las ciudades modernas para las personas, cómo se vive en ellas, qué representan para el conjunto de un Estado, cuáles son las diferencias esenciales con las pequeñas. Llega a interesantes conclusiones sobre el tipo de individuo que se da en ellas, las razones que marcan su existencia, y su forma de entablar las relaciones. Si los cuatro textos brillan por el interés que despiertan, este, que abarca aspectos políticos, sociológicos y psicológicos nos muestra cómo el mismo anonimato que nos permite ser, nos limita para mostrar nuestra «propia personalidad en el marco de la gran ciudad» en donde nadie o sólo unos pocos podrían reconocernos, saber quién somos, saludarnos.


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Filosofía del paisaje
El rostro y el retrato
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