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lunes, 4 de noviembre de 2019

¿CUÁNDO PERDIMOS LA EDUCACIÓN?



Pilar Alberdi


¿Cuándo perdimos la educación? No es pregunta baladí. El siglo XX quería a la gente educada. La educación prometía un futuro de conocimiento, ocupar un lugar en la sociedad, ser alguien. Enorme contradicción que ese terrible siglo ofreciera el horror desmesurado y asesino de los Estados Totalitarios con sus persecuciones, su desprecio y rechazo al Otro.
Las cosas han cambiado, me dirán. ¿Sí? Juzguen ustedes. Cuando yo era niña éramos en clase una treintena de niños en una escuela pública. En la que iba mi pareja, una escuela privada, eran sesenta niños por clase. No volaba una mosca. No había castigos físicos. Lo más penoso que podía sucederle a un alumno era la vergüenza de ser expulsado de la clase al pasillo; si la falta era más grave, se le enviaba a dirección, y muy raras veces se llegaba a suspenderle de clase varios días o en caso extremo se llegaba a la expulsión.
Cuando alguien entraba en clase nos poníamos en pie y saludábamos. Luego, se nos ordenaba sentarnos. Todo muy militar, me dirán; quizá. Por supuesto, todos acudíamos con uniforme: una bata blanca en la escuela pública, un uniforme en tonos grises y azules en los privados.
De camino al colegio aprendíamos cosas tan simples como que un papel de caramelo no se arrojaba al suelo, se guardaba en el bolsillo para echarlo al bote de la basura cuando llegásemos a casa. Ese papel podía estar horas en el bolsillo, sin que se nos ocurriese tirarlo en cualquier otra parte.
Un adulto era alguien superior, nosotros no discutíamos el por qué, sería por edad o por conocimiento. A las personas mayores y a las embarazadas, una niña o un niño, cualquier adolescente o joven, le cedía con orgullo y alegría el asiento en el autobús. ¿Percibimos hoy lo mismo? No hace muchos años, iba con mi hija embarazada de pocos meses en un vagón del metro. Entró una mujer, ella también embarazada, y casi a término. Solo mi hija se levantó para dejarle el asiento.
Hoy vemos familias atrapadas frente a las pantallas de sus teléfonos móviles. Se les dan esos aparatos a los niños pequeños para distraerlos, desconectarlos de algún modo de la realidad, para que no molesten. La realidad virtual a la que acceden, un mundo de colores y juegos, en general de movimientos muy rápidos, no les harán mejores personas, simplemente, los condicionarán para continuar utilizando esa tecnología, que les alejará del ensimismamiento y el análisis necesario para encauzar la propia vida. Los teléfonos móviles, hoy, como un espejo donde Narciso se mira en el fondo del pozo y cae. El mito nunca muere.
Se conduce, incluso, con todo el peligro que esto supone, mirando un móvil. El peatón actual, aunque se encuentre al borde de cruzar un paso de cebra, con semáforo o sin él, se cuidará muy bien de poner un pie sobre el asfalto si no percibe con suficiente tiempo que realmente ese coche que avanza lentamente, no lo hace porque su conductor esté distraído mirando o enviando algún mensaje en su móvil, sino porque se detendrá como corresponde a la educación vial recibida, y demostrada en el examen pertinente.
No sé, de verdad lo digo, cuándo perdimos la educación. Cuándo, en qué momento los productores de un programa de radio o televisión comenzaron a decidir que una tertuliana o tertuliano irrespetuoso y mal educado generaba más audiencia, por lo tanto, más ingresos por publicidad contratada, y cuándo, en qué momento, la gente se volvió de manera parecida, a fin de cuentas somos pura «imitatio», y descubrieron que quien más grita, quien más ofende, quien más barbaridades y palabras soeces dice, «gana pantalla» y se convierte en el famoso de turno, o si ya lo era, se vuelve a hablar de su «actuación», iba a decir de su persona, pero no, es de su actuación, de cómo se supone que debe aparecer para ser reconocido de tal o cual manera. Debe ser algo que también descubrieron los políticos, al menos algunos, o quizá sus asesores, y ahora, además de poner de moda la palabra «politólogo», se dedican a insultarse unos a otros.
Sin respeto, no hay sociedad. Ya en su tiempo, Platón y Aristóteles, solo por citar dos ejemplos, hablaron de la importancia de la educación en los niños y los jóvenes, del respeto que debían a los mayores y a la sociedad en que vivían. Platón afirmaba que las personas más preparadas, con mayor conocimiento y experiencia, las que tuvieran por lo menos cincuenta años —una edad muy avanzada para la época— serían, sin duda, los mejores maestros. ¿Y no valdría esto también para la política? Por supuesto que sí. ¿Y no aspiraríamos, además, a que tenga una amplia cultura, además de saber cómo y dónde se registra el nombre de un nuevo partido?
En fin… ¿Cómo se defiende uno de la mala educación, especialmente cuando uno es educado y reconoce esta virtud y digo «virtud» por no decir «valor», término de raíz económica que como bien explicó Max Weber surgió con el capitalismo y las inversiones en «valores» bursátiles? Difícil consejo lleva esto.
Parece que ya no somos iguales en educación sino en tatuajes y la mayoría reconoce esto como un avance de la igualdad y las nuevas tecnologías, precisamente, cuando la igualdad queda ensombrecida por la negación de la lucha agónica entre los que más y los que menos tienen, mientras la comunicación se empobrece, las palabras se reducen a su mínima expresión, y los emoticones, por ejemplo, esas caritas amarillas y redondas con sus sonrisitas, sus enojos, sus lágrimas, como jeroglíficos del pasado inundan las comunicaciones. Me pregunto si de verdad lo que hemos perdido es la educación o ¿no será la vergüenza?
Yo creo que lo que se ha perdido es la vergüenza. Una sociedad infantilizada, ególatra, desmesurada, irrespetuosa, en eso estamos; y no augura nada bueno.


Publicado en El cuaderno, noviembre 2019.

viernes, 1 de junio de 2018

«PINTO POR EL FILITO…»


Pilar Alberdi

Afirmar hoy en día que un niño tiene mucha imaginación, produce temor. «¿Podrá ganarse la vida con eso?» parece ser el primer pensamiento que surge en la mente de los adultos. Lo cierto es que la imaginación se necesita para todo, pero, en especial, para ser mejor persona, para poder tener sentimientos que nos permitan acercarnos a los demás; ponernos en sus zapatos.
Cuando nosotros íbamos a la escuela dibujábamos personas haciendo palotes y círculos. Era nuestro modo de expresarnos. Eran dibujos pequeños, realizados con lápiz y al que aplicábamos un poco de color.
Hoy se envía a los pequeños, me parece a mí, demasiado pronto al colegio. Se me dirá que así es la vida moderna, bueno, a mí esa respuesta no me consuela, porque si así es la vida, deberíamos estar haciendo algo para cambiarla.
Cuando uno de mis nietos era más pequeño volvía del colegio con esos cuadernillos que sirven de complemento de tareas. En ellos hay unos dibujos que abarcan el tamaño de un folio; gigantes, a mi modesto entender, para las manitas de un niño. Los niños deben destinar mucho tiempo a esa tarea, para ver finalmente una figura pintada. Y yo me pregunto: ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué deben realizar ese tipo de tareas? ¿Para qué? ¿Con beneficio para quién? No quiero pensar que para las editoriales. ¿Acaso es una manera de mantener quietos a los niños en clase? Yo prefiero mil veces uno de sus espontáneos dibujos que tanto nos alegran. Allí hay nubes de colores, gente hecha con palotes y redondeles, ventanas y puertas con forma de corazones; estrellas que sonríen.
Pero aún sabiendo que eso me molestaba, lo que más me dolía era oírle cantar mientras pintaba esos folios, lo mismo que cantaban en el colegio, en un runrún monótono, supongo. Dice la canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito».
Si enseñamos a los niños a no salirse de esos marcos que les son impuestos, ¿cómo vamos a favorecer su imaginación? ¿Cómo vamos a creer que la imaginación es algo valioso? ¿Es que no salirse de la línea de esas figuras es un gran logro? De verdad: ¿no hay mejores métodos? Si se trata de aumentar su autoestima y no de ocupar un espacio de tiempo en el que las manecillas del reloj marcan y marcan las horas, dejémosles en libertad para pintar el mundo como ellos lo perciben.
Sé, y lamento saberlo, de alguna maestra que prohíbe usar de entre los lápices de colores, el negro. ¿Cuándo, me pregunto, de qué modo, en cuántos años, han cambiado tanto las cosas? ¿Qué miedo hay de que los niños pinten dibujos oscuros o expresen cosas desagradables? ¿Desagradables para quién? Si los hacen, ¿no será porque su vida es triste? Simplemente, estarán expresando lo que sienten. Sé de colegios en donde no se festeja el día del padre o de la madre, porque en ellos hay muchos niños que tienen sus padres divorciados. Sé de otro, donde ante la misma situación, optaron por festejar «el día de la familia», una elección que les pareció respetuosa hacia todas las sensibilidades. Pero la pregunta es: ¿de los niños o de los adultos?
En nuestros tiempos, si llegaba el día del padre o de la madre y estos estaban separados (no había divorcio entonces) o alguno había fallecido, a todos sin excepción, nos tocaba hacer en clase una tarea sobre el tema o preparar un regalito. ¿Eso nos hacía más débiles? Sin duda, nos hizo más fuertes. Aceptábamos nuestra situación, nos reconocíamos valientes, y sabíamos que tendríamos que salir adelante.
Me duele esa canción: «Pinto por el filito/ y no me salgo…». Porque por ese camino, el de pintar por el filito y no salirse, se llega al primer empleo o a la universidad y acaso allí, también te pedirán más de lo mismo.
En fin, de verdad, no sé en qué laberinto nos hemos perdido, debe ser uno de esos que hay en esos folios enormes que pintan y repintan los niños de hoy a temprana edad en los colegios, mientras cantan esa insípida canción («Pinto por el filito/ y no me salgo, luego lo relleno/ y me queda muy bonito»).Pero, sinceramente lo digo, creo que no nos haría nada mal retroceder un poquito, y mirar ciertas cosas buenas del pasado, en la que a los niños se los reconocía por lo que eran: pequeñas y pequeños valientes capaces de asumir el mundo real.

Publicado en Diario 16 1/06/2018

sábado, 5 de agosto de 2017

MARCO FABIO QUINTILIANO: INSTITUCIONES ORATORIAS


Pilar Alberdi

Escribir hoy en día un título como este es, en parte, condenar al artículo a no ser leído. Sin embargo, me arriesgo; anticipando que tomaré en cuenta lo que dice Quintiliano sobre la educación de los niños en Roma, recomendaciones que bien valen para nuestro tiempo.
Quintiliano era un reconocido orador, lo que hoy llamaríamos un abogado, uno de los pasos previos para destacar y acceder a cargos políticos. Así ascendió, por méritos propios, Cicerón. Y en la política perdió su vida. Sus asesinos dejaron expuestas sus manos y su cabeza en el Senado.
La época preparaba a los niños para ser oradores a través de la retórica, que incluía, la dialéctica, la elocución, conocimientos de gramática y algo de matemática. Hablar bien, mover a las pasiones, gesticular adecuadamente, convencer.
El autor dedica la obra a Marcelo Victorio y pone en ella la teoría aprendida y su propia práctica. Un verdadero regalo para sus contemporáneos y, sin duda, para la posteridad. Así nos explicará cómo ganarse al auditorio, cómo interesar el juez. Sabía mucho de psicología.
Pero es, como anticipé previamente, de sus opiniones sobre la educación de los niños sobre lo que comentaré. En ese momento, los niños accedían a la escuela pública a partir de los siete años, pero también podían ser formados por profesores particulares (muchos romanos, los más pudientes, contrataban para la labor a filósofos griegos y en esos casos las clases se daban en la casa, en la que generalmente también vivía el o los preceptores).
Quintiliano intenta contestar a la pregunta de qué es mejor: ¿estudiar en la casa con un preceptor o en la escuela? Intentaré sintetizar. Lo primero se educa a los niños para ser futuros oradores (lo que les permitirá desenvolverse tanto en la vida pública como en los negocios, el ejército y otras tareas), lo que implica como requisito previo que adquieran buenas costumbres en sus hogares. Le parece bien que accedan a la escuela pública porque así pueden estar con sus pares.
Se inclina a que los niños comiencen a aprender la lengua griega, ya que la latina la conocerán en el trato diario. Pero para esto quiere que los padres tengan la mayor erudición posible, las ayas conozcan bien la lengua latina y sepan corregir cuando una palabra está mal pronunciada y los ayos no sean necios. Pone ejemplos: los Graco, aprendieron de su madre, una gran lectora de la que también habla Cicerón; y de la hija de Lelio se decía, que habilísima como era imitaba a su padre en la oratoria.
Imitación. Ahí ha aparecido la palabra mágica. «Porque naturalmente conservamos lo que aprendimos en los primeros años, como las vasijas nuevas el primer olor del licor que recibieron, y a la manera que no se puede desteñir el primer color de las lanas».
Está en desacuerdo que a los niños se les enseñe primero el nombre de las letras (el abecedario) y más tarde se les muestre sus formas. Prefiere la instrucción que a modo de juego, al mismo tiempo que nombra las letras enseña las figuras construidas en marfil o madera, de las cuales hallarán gusto, dice, en «manejarlas, mirarlas, señalarlas».
Para las primeras prácticas mejor que pasen el estilete por tablas de madera donde estén marcados los surcos o trazos correspondientes a cada letra; después, más tarde, podrán practicar en tablas cubiertas de cera.
Jamás castigarles, aunque reconoce que en algunos hogares los niños de dos años piden ropas de púrpura antes de saber leer, y es lo propio por cómo han sido consentidos, no porque sea lo correcto. Promueve que se les permita y se les incentive a leer aquello que «fomente el ingenio y aumente las ideas». Aprender a leer tiene sus dificultades, por un lado, hay que ir pronunciando las palabras al mismo tiempo que con la mirada se intenta retener las que siguen. Pide paciencia para conseguir lo que es propio del lenguaje: «corrección, claridad y elegancia». ¿A qué niño le hablaríamos hoy de elegancia en el escribir, cuando ni siquiera se lee en voz alta en clase, cuando tampoco se hace caligrafía, aunque cualquier estudio reciente indica que escribir a mano sirve para retener lo que se ha de estudiar?
Y, ¿por qué lecturas comenzar? Él señala las Fábulas de Esopo, porque es fácil. Una lectura amena y, además, moral. De ese modo aprenderán algo más que palabras.
Deben ser también dueños de otras lecturas porque, no basta con ser buena persona y buen orador, hay que saber «de cuánto sirve la economía en el discurso; la correspondencia de unas cosas con otras; lo que conviene a cada persona; qué se le ha de alabar en los pensamientos, y qué en las palabras; dónde cabe bien la afluencia, y dónde la concisión» y sobre todo se les debe incitar a ser sabios. Y pone como ejemplo a las abejas capaces de hacer la miel «de diversas flores y jugos, que no alcanzan todos los entendimientos humanos». «¿Y nos maravillaremos nosotros de que la oración (se refiere en esencia al discurso), obra la más grande de la naturaleza, necesite del conocimiento de muchas artes que, aunque no se descubren en ella ni manifiestan su fuerza, influyen secretamente y no deja de traslucirse su influencia?».
Por eso pide que también se enseñe frases ejemplares, que aprendidas de memoria queden para el recuerdo.
Evidentemente, él no cree que haya niños incapaces de aprender, se rebela cuando le hacen ese tipo de comentarios y salvo excepciones por problemas físicos, señala al entorno.
Miro al presente y me pregunto de qué modo educamos a los niños, con qué conciencia, en qué manos, es decir con qué cuidadores les dejamos, qué esperamos de ellos cuando sean grandes. Añadiría: ¿ante qué programa de la televisión, con qué juego en el ordenador o la tablet antes de aprender a leer, antes de saber cómo es el mundo?
De aquellos niños romanos se esperaba fueran buenos oradores, honestidad y lealtad al Imperio, pero también que fueran sabios. ¡Qué enormes parecen estas palabras hoy! Un niño desconoce ese sentido implícito.
La última vez que nos visitaron nuestros nietos de Madrid, el mayor de ellos, me preguntó por qué tenía frases escritas en papelitos debajo del cristal del escritorio; antes, también tenía la costumbre de dejar fotografías. Le contesté que las dejaba porque me habían deleitado, resultaban un buen ejemplo, algo para tener en cuenta, para recordar. Pero después de esa experiencia, la de los nietos observando y aprendiendo de sus abuelos, ahora dejo las frases para ellos, porque sé que las leen. Como ya es tiempo de vacaciones y están a punto de llegar a Málaga, en esta ocasión dejaré la siguiente frase: «El lenguaje es nuestra caparazón y nuestras antenas; nos protege de los demás y nos dice qué son; es una prolongación de nuestros sentidos» (Jean Paul Sartre). Yo creo que ellos, a los que les encantan los insectos, las mariposas, las lombrices, y que están más cerca de la tierra que nosotros, les encantará y sabrán disfrutarla.
Después, mientras los columpiamos y ellos nos cantan alguna canción, aprovecharé para hablarles de los niños romanos, aquellos que conoció Quintiliano, y les contaré de sus juegos, prácticamente los mismos a los que ellos juegan hoy: canicas, tres en raya, escondite, columpios, balancín, muñecas.
El tiempo no pasa, ¿o sí?
Por cierto, Quintiliano nació en Calagurris Nassica Iulia, actual Calahorra, La Rioja, España, y su obra más conocida es De institutione oratoria.


martes, 22 de diciembre de 2015

EL AÑO QUE MAMÁ NOEL REPARTIÓ LOS REGALOS DE NAVIDAD


EL AÑO QUE MAMÁ NOEL REPARTIÓ LOS REGALOS DE NAVIDAD

Pilar Alberdi

Podría decir de este cuento que así fue, porque así me lo contaron, pero... a los hechos me remito. Como sabéis en Laponia, donde vive Papá Noel, hace un frío terrible, te castañetean los dientes, algunos días se te pegan las pestañas; de los techos de las casas cuelgan unas incisivas y larguísimas estalactitas. En fin... Cabe imaginar que en lugar tan maravilloso como inhóspito, las ardillas usan guantes; los lobos, lustrosas botas de cuero; y los renos, unos graciosos gorros rojos con orlas blancas, que acaban en su punta con un gracioso pompón. ¡Pero qué os voy a contar que no sepáis! O... ¿no sois vosotros de los primeros en salir hacia los mercadillos navideños de las plazas de vuestros pueblos y ciudades, y allí miráis encantados las figuras del Belén, las zambombas, las bolsas de confeti, la nieve artificial... hasta que..., lo inevitable, volvéis al hogar con uno de esos maravillosos gorros rojos y blancos sobre vuestras cabezas?
Pues... lo que iba a contaros: a punto estaba de llegar a Laponia como a todo el mundo el día de Navidad y Papá Noel amaneció con tos y fiebre.
—Es gripe —decía con los ojos llorosos. Y muy preocupado añadía...— ¡Qué va a ser de mis niñitas y niñitos! ¿Quién repartirá las ilusiones y esperanzas, tantos regalos como ellos esperan!
—Yo —gritó una vocecita pequeña y delgada como un airecillo primaveral que llegaba de la cocina.
Papá Noel, pensó en un ratoncito. Lo había visto hacía tiempo protegiéndose del frío del invierno junto a la cocina de leña.
—Yo —repitió la vocecita... que acercándose a Papá Noel, le trajo un gran vaso de leche con miel y un pastelillo—. Yo lo haré.
Papá Noel escuchó sin decir nada. Y Mamá Noel, repitió:
—Yo lo haré...
Bueno, la verdad es que a Papá Noel ese cambio no le agradó mucho; él, se llevaba los honores; él recibía las cartas de millones de niñas y niños; de él se hablaba en todos los telediarios y periódicos del mundo...
—Está bien —refunfuñó—, está bien. Los tiempos han cambiado. Lo reconozco. He de reconocerlo. Me parece... justo.
Entonces Mamá Noel, consolándole, dijo:
—No te preocupes, Papá. No lo notarán. Llevaré tu traje, me pondré un almohadón para imitar tu barriga, y... ¡Hasta una barba postiza!
Fuera, el trineo estaba preparado. Sonaban los cascabelillos de los arneses y los renos se movían ansiosos y expectantes. Nevaba y de los pinos caían espontáneos puñados de nieve.
—No, no es justo —reflexionó Papá Noel—.No puedo permitirlo. Tú eres tú.
Entonces Mamá Noel, dijo:
—Bien, bien... Veo que los dos estábamos preparados para este cambio...
—¡Atchiss! —contestó Papá Noel.
Mamá Noel comenzó a vestir su propio traje. No se ajustó barba, ni tripa, ni cargó un saco gigante lleno de juguetes sobre su espalda como para demostrar cuán fuerte era para su edad. Se miró al espejo... No estaba mal. Era mayor, pero su rostro reflejaba serenidad. Entonces, mirando a Papá Noel, se despidió:
—Es hora de marchar.
—Sí —dijo él.
—Volveré pronto —susurró ella— dándole un cariñoso beso en la mejilla.
—Te estaré esperando.
Así fue como Mamá Noel, repartió los regalos de Navidad, pero... ¡Siempre hay un pero! Sólo algunas personas, las que esperaban el maravilloso acontecimiento de ver aparecer algún día a Mamá Noel, la vieron, y fueron muy dichosos. Llamaron a las agencias de noticias y, al día siguiente, la noticia que podía oírse y leerse en los noticiarios y en los periódicos, era: «Mamá Noel repartió los juguetes de este año». «Mamá Noel hizo las delicias de los niños». «El nuevo siglo nos ha traído a Mamá Noel».
Pero Mamá Noel no pensaba sólo en esto, aunque la hacía muy feliz, sino en cómo estaría Papá Noel recuperándose de su gripe.
Cuando llegó a su casa de Laponia, y no os cuento ¡cuán cansados estaban los renos y Mamá Noel!, se encontró a Papá Noel cantando y amasando pastelillos en la cocina.
—Hola cielo —dijo ella.
—Hola, mi amor —contestó él.
Era la primera vez que Papá Noel cocinaba. Además, había lavado la ropa y ordenado la casa.
Juntos leyeron las noticias de los periódicos, y de todas ellas, la que más les gustó, fue una que decía: «El año que viene, las niñas y niños del mundo, podrán escribir —indistintamente— a Mamá y a Papá Noel».
¡Lo habían conseguido entre todos! Los cambios en las personas y en las vidas, son así... Primero un deseo, un sueño, una posibilidad; luego, una realidad, y cuando esto sucede... ¡Qué maravilloso el aire de fraternidad que respiran las personas, y qué maravillosa la luz que parece irradiar el mundo!




Foto: Portada del trabajo realizado por Isabel Bermejo y sus alumnos de 3º de Primaria, recogido en el blog Lapicero mágico y que podéis ver en el siguiente enlace.



Nota: Este cuento se publicó por primera vez en un grupo de literatura infantil de Argentina que dirigía Raquel Barthe. Son tantísimos años ya. ¡Uf, antes del año 2000! Después, cuando surgió la posibilidad de publicar en Internet, se editó en mi web, y desde entonces numerosas páginas lo han publicado, maestr@s y estudiantes lo han trabajado como un cuento que destaca la igualdad de género.
A todos mi agradecimiento.

viernes, 31 de octubre de 2014

ENCUENTRO CON LOS PEQUEÑOS LECTORES


Organizado por el Centro Andaluz de las Letras, visitaré el próximo 12 de noviembre el pueblo de Álora, en la serranía malagueña, en donde tendrá lugar una reunión con los pequeños lectores, en la biblioteca municipal Tomás García.
Iré subiendo más información en el siguiente enlace.