© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


lunes, 14 de junio de 2010

CUENTOS SIMILARES: POE, CORTAZAR.



Texto: Pilar Alberdi

Los autores a los que voy a referirme son Edgar Allán Poe y Julio Cortazar. Para ello tomaré en cuenta, sus relatos «El corazón delator» y «El gato negro» de Poe; y «Cartas de mamá» y «Final de juego» de Cortazar.
En «El corazón delator» el protagonista siente curiosidad enfermiza por el ojo «azul pálido, nublado y con una catarata» de un viejo. Por las noches, cuando el viejo duerme, lo espía. Acude sigiloso hasta la habitación, abre la puerta, apenas una rendija, y con un haz de luz de una linterna ilumina el ojo muerto como para cerciorarse de que realmente lo está. Este ojo, la mirada si fuese posible de este ojo, según yo lo entiendo, representa la conciencia. Finalmente decide deshacerse del ojo matando al viejo. Esconde los restos de su cuerpo bajo el entarimado de madera del suelo. Y como sabe que vendrán, espera a los investigadores. Cuando llegan se muestra tranquilo. Sin embargo, de repente, le parece oír un tic-tac cada vez más fuerte; mira al piso en la zona donde ha ocultado el cadáver, y se delata a sí mismo porque cree que los policías también están oyendo el latir del corazón del hombre. El ojo-conciencia no ha muerto. No ha sido posible matarlo.
El segundo cuento de Poe sigue los mismos pasos. El protagonista dominado por el alcohol ya no se reconoce como la persona que fue, pero, a la vez no logra enmendarse. En esta ocasión los personajes son un hombre, su mujer, un gato y los investigadores. El tema del ojo que lo persigue vuelve a repetirse, porque en un ataque de ira contra un gato callejero, al que previamente encuentra y lleva a su casa, le saca un ojo. «Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente le vacié un ojo...» (…) «La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso». Este anticipo de lo que fue capaz de hacer al gato, pone en aviso al lector de lo que podría llegar a hacer a su mujer. En efecto: la mata. Para disimular su desaparición decide emparedar el cadáver en el sótano. Cuando acaba de levantar las paredes, conforme con el trabajo realizado, se dispone a esperar a los investigadores, los cuales no tardan en llegar. Le piden ver la casa y él los acompaña con la seguridad de que no encontrarán nada. Cuando acceden al sótano también está tranquilo. Sin embargo, del lugar donde está emparedado el cadáver de la mujer sale un grito delator horroroso, es del gato que ha quedado encerrado junto al cadáver. El mismo al que le quitó un ojo.
También podríamos pensar que el autor conocía a una persona con esta característica, la de un ojo ciego, y que le afectase de alguna manera personal. (Es un dato que desconozco).
Sea como fuere, lo que queda claro es los dos cuentos tienen una estructura similar. Dos asesinatos, la forma de deshacerse del cadáver ocultándolo en la casa tras unas maderas o una pared, la delación que en un caso llega a través del mismo protagonista que cree oír latir el corazón del hombre asesinado, y en el otro caso, a través del maullido del gato encerrado junto al cuerpo de la mujer muerta. En los dos relatos hay ojos muertos, vacíos, que actúan, según mi criterio, como conciencia acusadora.
Cabe sumar que ambos cuentos como todos los demás que componen las Narraciones extraordinarias están escritos en primera persona.

Los relatos de Cortazar en los que veo una relación estructural similar son «Cartas de mamá» y «Final de juego».
En el primero cada vez que llega una carta de la madre, el personaje de nombre Luis, es obligado a volver al pasado. Está casado con la que fue la novia de su hermano Nico, muerto por tisis. Contrajeron matrimonio después del fallecimiento del enfermo. El rechazo de la familia a ese noviazgo y casamiento, ayudó a la pareja a subir a un barco y marcharse a Europa. Viven en París. Pero la madre no dejó de escribirles y en las cartas que reciben nombra a Nico como si estuviera vivo, y en la última, incluso, señala el barco y el puerto al que llegará, y el tren y la hora en que accederá a París. Luis escribe a su familia preocupado por la insanía de la madre, y se ve obligado a mostrarle las cartas a Laura, su esposa y ex novia de su hermano Nico. La pareja formada por Luis y Laura, durante los dos años que llevan en París se habían dedicado a evitar el nombre y cualquier referencia a Nico. Pero de repente, las últimas cartas de la madre los hace volver al pasado... El día que se cumple la fecha de llegada de Nico, algo imposible puesto que Nico está muerto, y la noticia sólo puede ser fruto de la insanía de la madre, ninguno de los dos da muestras de que irá a la estación. Él va a la estación de tren y la ve a ella, esperando, intentando comprobar que es imposible que un muerto se presente. Cuando él regresa a la casa, ella le hace saber que pasó todo el día en casa. Él sabe que es mentira. Hacia el final de relato hay un momento de complicidad en que cada uno reconoce haber estado allí.

En «Final de juego» tres jovencitas —la narradora más Leticia y Holanda— aburridas de los largos días estivales se dedican a jugar al juego de hacer de estatuas o actitudes en el fondo del terreno de la casa, cerca de una vía del ferrocarril por la que pasan los trenes. Mientras una hace de estatua las otras observan la actitud de los pasajeros. Algunos viajeros ocupan siempre los mismos asientos. Uno de ellos les arroja un papelito dando su nombre y diciendo que le gustan las estatuas. Otro día les dice que le gustan las tres. Una de las chicas sufre parálisis y actúa menos. Un día, cae un papelito del tren diciendo que al joven pasajero le gusta la más haragana de las tres. Finalmente, el joven avisa en otro papel que en el próximo viaje se bajará en la estación más cercana e irá a runirse con ellas. Leticia que es la que sufre parálisis dice que está enferma para no ir. Las otras dos van y mienten, diciéndole al muchacho que la joven no pudo ir. Leticia, que ha renunciado a ver al muchacho por temor a ser rechazada debido a su enfermedad, se mantiene encerrada en su habitación un par de días más y cuando sale toma las joyas de su madre, busca a sus compañeras de juegos y les pide que cuando pase el tren la dejen actuar a ella. Pasa el tren y el joven saca la cabeza para verla. Cuando terminó la actuación la joven lloraba. Al día siguiente, el joven ya no estaba en la ventanilla, y la chica tampoco jugó más a estatuas y actitudes.

Los cuatro relatos son dramáticos. En el primero subyace el tema de la conciencia y lo que no se puede ocultar.
En el segundo caso, se habla de la enfermedad y sus limitaciones, y de encuentros imposibles.

Me gustaría señalar también el gran parecido temático subyacente en La casa Usher de Poe y Casa tomada de Cortazar. En ambas hay dos hermanos (mujer y varón) con una vida en común casi como si fueran pareja, y una casa que es parte de la situación.

En la obra El lenguaje literario, Teoría y práctica de Fernando Gómez Redondo, Editorial Edaf, 1994, un libro muy interesante y con excelentes referencias, se habla de la “tensión arquitéctonica” que subyace en un poema ya sea de verso regular o libre. Al analizar un poema de Juan Ramón Jiménez titulado "Parque Viejo", el autor señala que las palabras que dan forma a la rima son las que marcan los elementos intuitivos que hicieron posible el poema. Por un lado se refieren a lo estéril, desierto, desolado, hasta llegar a otras como luminoso y finalmente a cielo.
En la prosa ocurre igual. Digamos que algo inconsciente o menos consciente impregna de fuerza e intuiciones el tejido de la trama, en la que subyacen temas o palabras claves. Vemos en los dos cuentos de Poe: el ojo muerto o ciego, del que se sospecha y, actúa a modo de conciencia; y en los de Cortazar, la imposibilidad de un encuentro en el que media la enfermedad o la muerte con el consiguiente sentimiento de traicción.

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