© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


sábado, 5 de junio de 2010

CERVANTES Y ALCALÁ DE HENARES



Texto y fotos: Pilar Alberdi

La biografía de un hombre... Me he preguntado muchas veces que significan estas palabras. Pongamos que digo: Miguel de Cervantes y entre paréntesis dos fechas que van de 1547 a 1616. Sumemos a eso que “probablemente” nació en Alcalá de Henares y falleció en Madrid. Poco a poco veremos aparecer otros condicionales, quizá es el mismo Miguel de Cervantes acusado de herir a un hombre en un duelo; que supuestamente tomó para sí un dinero que no le pertenecía y fue encarcelado. Hijo de un hombre que, a su vez, endeudado pasó un tiempo en la cárcel. Digamos hechos mejor constatados: que estuvo al servicio del cardenal Giulio Acquaviva y que siguiendo a este personaje conoció importantes ciudades italianas; que luego bajo las órdenes del capitán Diego de Urbina participó en la batalla de Lepanto, y que herido en el pecho y una mano, esta le quedó inútil. Añadamos que de regreso a España, la nave en que viajaba fue asaltada y hechos presos sus pasajeros y que pasó cinco años de cautiverio en Argel. Que programó varias fugas con sus compañeros pero sin mayores éxitos. Que por su libertad se pidieron quinientos escudos de oro, valor que su madre intentó conseguir. Que cuando consiguió su libertad volvió a España, sirvió como comisario para abastecer a la Armada Invencible, y que por esta razón hizo numerosos viajes entre Madrid y Andalucía, llegando a conocer muy bien algunos pueblos de La Mancha donde hay molinos de viento, sin cuyo conocimiento, quizá, no hubiera escrito El Quijote. Que su matrimonio, al parecer, fue un fracaso. Que fue encarcelado un par de veces, y que en una de ellas surgió la idea de escribir el Quijote. Sin olvidar que sus estudios fueron los propios de un autodidacta. A todo esto se puede sumar que su padre trabajó como cirujano en el hospital de Antezana de Alcalá de Henares, que su hermano también estuvo cautivo en Argel, que solicitó varias veces y no le fue concedido un puesto en el Nuevo Mundo, que tuvo un mecenas, el VII Conde de Lemos...


Datos. Datos. Más datos...Parece que la vida tuviera que estar hecha de datos, fechas, lugares... Y realmente, lo está, y hasta se puede representar por dos fechas, la del nacimiento y la de la muerte, separada por un guión y escritas entre paréntesis. Pero de esos datos hoy me quiero quedar sólo con uno, el del escritor que recibe de su mecenas, no sólo ayuda material o incluso amistad, sino la atención de un lector que espera con entusiasmo las obras de su protegido. Este hecho me conmueve. Por lo menos Cervantes sabía que había un hombre que esperaría poder leer su obra y lo haría con placeer.
Muy cerca de la hora de su muerte (y aquí se hace patente que el fallecimiento de Cervantes fue tan consciente como la vida que realizó) se dirige a Pedro Fernández de Castro y Andrade, VII Conde de Lemos, su mecenas, cuando ya ni siquiera hubieran sido necesarios más agradecimientos, con las siguientes palabras:

«Aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: "Puesto ya el pie en el estribo", quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar diciendo:
Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, ésta te escribo.
Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de V. E., que podría ser fuese tanto el contento de ver a V. E. bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero, si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos y, por lo menos, sepa V. E. este mi deseo y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. E.; regocíjome de verle señalar con el dedo y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas dilatadas en la fama de las bondades de V. E. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del Jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía (que ya no sería sino milagro), me diere el cielo vida, las verá, y, con ellas, el fin de la Galatea, de quien sé está aficionado V. E., y con estas obras continuado mi deseo; guarde Dios a V. E. como puede, Miguel de Cervantes».



Al Conde de Lemos le dedicó, entre otros libros, la Segunda parte de el Quijote y también Las novelas ejemplares. Hace años adquirimos mi esposo y yo, un viejo ejemplar de Las novelas ejemplares en El Rastro de Madrid. Por aquel tiempo nos agradaba sobremanera ir a rebuscar entre las cajas de las librerías de viejo.
Me asombró entonces con el mismo poder que lo hace ahora cuando lo releo, el autoretrato que hace de sí mismo. Sin añadidos ni máscaras. Sin éxito. Sin inmortalidad. Sólo ante el espejo de la vida.

«este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos, y de nariz corva aunque bien proporcionada, las barbas de plata que no ha veinte años que fuéron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados, y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros, el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva ántes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies: este digo, que es el rostro del autor de la Galatea, y de D. Quixote de la Mancha, y del que hizo el Viage del Parnaso á imitación del de Cesar, Caporal Perusino, y otras obras que andan pro ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño: llámase comunmente Miguel de Cervantes Saavedra»

Hay un dato más que no se suele reflejar y es el de que tuvo que ver como yo veo en esta visita a la ciudad de Alcalá de Henares en la que viví muchos años, y donde nacieron dos de nuestros tres hijos, las altas torres de las iglesias y los conventos con sus grandes nidos de cigüeñas. Se supone que se marchó de esta ciudad a los cuatro años, pero es posible que volviera más de una vez, pues era entonces Alcalá ciudad principal y plaza del arzobispado. Intento imaginar esa imagen, la de los nidos con cigüeñas, entrando por sus pupilas. La del silencioso vuelo de las grandes aves cruzando sobre las entonces calles de tierra donde no faltaría la alegría bullanguera de las golondrinas viajando de un alero a otro. Y entonces, sí, algo se completa. Porque, muchas veces, los datos nos impiden ver al hombre y desfiguran los hechos. El hombre que escribió a los cincuenta y ocho años la novela El Ingenioso hidalgo de La Mancha, debió pasar horas muy oscuras en su vida. El mismo prólogo de su libro es una parodia con poemas de alabanza a la obra, como resultado de no haber podido encontrar persona que se atreviese a hacerle un prólogo. Como escritor de escritores, el paso del tiempo nos ha dado el testimonio sincero de un larga lista de autores que admiraron la obra. También otra ignominiosa lista de los que hicieron segundas partes del Quijote sin permiso.

Camino por las calles de Alcalá en este final de primavera. En mi mano llevo la manita tierna de mi pequeño nieto. Voy hacia el centro y me detengo frente a la Casa de Cervantes. En realidad no ha sido su casa. Pero contiene una colección de ediciones del Quijote, y es punto de visitas turísticas. Frente a la puerta de la casa hay dos figuras en bronce: el Quijote y Sancho. A los niños les gusta subirse en ellas. La gente toma fotografías. Los edificios de la calle Mayor mantienen los soportales del pasado y en días de lluvia y calor siempre ha sido un refugio caminar bajo ellos. La calle con un empedrado que imita el que hubo en el pasado, se llena de sombrillas, mesas y sillas de los bares. A un paso, en la Plaza Mayor, una estatua recuerda al escritor, sostiene su mano derecha en alto y entre sus dedos una pluma. En esta ciudad, en España y en el mundo hay festejos cuando llega la efemérides de su nacimiento o el recuerdo de su muerte. También hay un premio de renombre internacional que se otorga en el Paraninfo de la vieja Universidad. Pero ¿qué pensaba Cervantes de Alcalá si es que pensaba algo? ¿Quién fue Cervantes en aquella Alcalá? ¿Quién leyó su obra? ¿Quién lo socorrió en sus infortunios? Hoy tengo puesta la vista en las cigüeñas, en sus altos vuelos, en su soledad acompañada, siempre me gustaron mucho, he disfrutado viéndolas llegar y viéndolas partir, y la tarde, esta tarde de final de primavera, con la mano de mi nieto en la mía, se vuelve más y más cervantina mientras los inmigrantes hablan en idiomas que no comprendo, los niños juegan en los parques y los ancianos como en los viejos tiempos, acuden a la sombra protectora de las iglesias.
Dostoievski pensaba que la respuesta a la pregunta: “¿qué es el hombre?” se podía contestar con El Quijote. Y creo que muchos le darían la razón.

2 comentarios:

  1. Es muy interesante el recorrido que haces sobre la vida de Cervantes y su vinculación con Alcalá de Henares. Tus preguntas me gustan, ¿qué pensaría él de Alcalá?, ¿qué supuso para sus contemporáneos de aquella ciudad?, ¿qué paisanos suyos le leyeron?, ¿tendría allí alguna mano amiga para apoyarle en sus muchos infortunios?... la perspectiva del tiempo agranda a unos y achica a otros; este grande entre los grandes, ¿fue valorado por los suyos y en su tiempo? Un fuerte abrazo.

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  2. Gracias María por tu comentario. La figura de Cervantes en su contexto pasado y presente obliga a hacerse ese tipo de preguntas que pueden resultar incómodas pero que nos sirven para recapacitar sobre el éxito, las modas, y un largo etcétera al que no escapan los escritores y artistas.
    Tenía 58 años Cervantes cuando escribió la primera parte del Quijote. Muy larga edad para aquella época. Y una vida difícil, sin ninguna duda, la suya; del mismo modo que lo había sido para sus padres.
    Imaginemos lo que habrá supuesto para él que alguien se atreviese a escribir la segunda parte del Quijote. Que intentase sustraerle su historia y sus méritos. Hecho que, además, sucedió con posterioridad más veces.
    Creo que no ahondamos en los sentimientos. En general decimos, pasó esto o aquello, pero no nos damos cuenta de la carga inmensa de sentimientos que se produjeron, de lo que eso supuso para una persona.
    ¿Qué pudo sentir cuando lo acusaron de robar dinero público? ¿Qué al entrar en la cárcel? ¿Qué cuando hubo de hacerse soldado,quizá, porque no había otra posibilidad, en la sociedad de la época, para un hombre hidalgo pero sin herencias? Las preguntas se multiplican hasta el infinito. Creo que esto es lo que habría que enseñar a los niños en los colegios, no la fama de hoy del escritor, sino aquella vida, su vida, quizá más triste y desolada de lo que muchos jamás se hayan atrevido a imaginar.
    Gracias María por tus palabras.
    Pilar

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