© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


viernes, 2 de julio de 2010

MEMORIA DE LOS PARQUES



Texto: Pilar Alberdi

¿La memoria de los parques es nuestra memoria? ¿Qué sentimos cuando volvemos al parque donde vivimos parte de nuestra infancia? ¿Y cuando es el parque donde dimos nuestros primeros besos adolescentes? ¿O aquel otro al que llevamos a nuestros hijos o a nuestros sobrinos o nietos?
Me pregunto si los parques también tendrán memoria. Si contabilizarán sus gorriones, esa alta cantidad de palomas que bajan a la arena de los juegos y mueren allí en solitario ante ejércitos de hormigas. Palomas a las que ya fallecidas, las levantará y las dejará, a falta de algo mejor en un contenedor de basura, una mano amiga.
Cuando mi nieto oye a los gorriones cantar, dice «pía, pía» que para él quiere decir: pájaro, todos los pájaros, aquello que canta en el aire entre las ramas de los árboles, y vaya a saber en su pequeña mente cuántos más significados simbólicos posee la palabra.
Los parques conocen de bastones de ancianos, de juegos de petanca, de partidos de fútbol entre niños, de bicicletas nuevas y de patines después de un cumpleaños, un 24 de diciembre o un 6 de enero. Saben de columpios y toboganes, de gritos y chillidos, de bebés que se inician en el periplo que es la vida.
De visita a la casa de mis hijos, he vuelto a los parques con mi nieto. Paso bastantes horas en él. Sigo sus pequeñas grandes hazañas dominando los escalones para subir a los toboganes, el equilibrio para mantenerse en un columpio.
Pero también descubro que los parques recogen como en un espejo a la sociedad: ahí están los inmigrantes hablando en la lengua de su inminente pasado mientras, por momentos, se dirigen a sus hijos en la lengua del país en el que viven, España; ahí están los pequeños luchando a su manera por ocupar un lugar bajo el sol. «¡Mío!» gritan defendiendo de cualquier posible deseo de otro niño, sus balones, sus palas, rastrillos, figuras y cubos. Allí están las madres y padres atentos, y los que no lo son tanto, los que dejan a los niños a su aire y luego prometen palizas para después del regreso a casa. También están los abuelos, achacosos ya, cuidando de los nietos mientras los padres trabajan.
Ayer pensaba: si quieres ver la sociedad que tendremos, quédate un par de horas en el parque entre los juegos, los niños y los adultos; debajo de las agujas de los pinos, de la fresca sombra de los árboles y del canto de los pájaros. Estos niños son los adultos de mañana. No he podido evitar preguntarme si lo estábamos haciendo bien comparando con la visión que yo tenía de lo que ocurría en los parques cuando mis hijos eran pequeños... Y ahí me he quedado, observando y pensando, bajo los pinos piñoneros, entre palomas y un niño que hablaba de pájaros mientras decía «pía, pía».

3 comentarios:

  1. Me encanta este texto, Pilar, reflejas las mismas sensaciones que he sentido, algunas veces, paseando por parques y jardines de mi infancia y la de mis hijos. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias María por compartir... Espero que los lectores de mi página, visiten tu blog (pueden hacerlo a través de la sección Blogs que sigo), lean tus poemas, vean la infinidad de amigos que te has ganado siendo como eres, sincera, atenta, creativa.
    El paso de los años nos va enriqueciendo... ¡Qué verdad tan clara!
    Un abrazo
    Pilar

    ResponderEliminar
  3. Intentaré sumar más referencias, a medida que las encuentre, de obras en las que aparecen petirrojos.
    En el relato "Una visión del mundo" de John Cheever, se comenta de un petirrojo perseguido por dos grajos.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu opinión.