© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

sábado, 20 de noviembre de 2010

ALEGRÍAS DEL HOGAR



Texto y fotos: Pilar Alberdi


A Marichu, con cariño.

«¡Inteligencia dame, el nombre exacto de las cosas!» Lo escribió el poeta de Moguer, Juan Ramón Jiménez; el mismo que dijo «Cuando yo era el niño dios, era Moguer, este pueblo, una blanca maravilla»; el que más tarde escribiría: «Me levanto a las nueve. Hijiene. Desayuno. A mi terraza a saludar al día. A sonreír a mis flores, a regar, a ver las campanillas de anoche». Conocía bien el mundo de las plantas, las flores, las aves, los animales en general, y los nombró siempre en sus obras.
Conozco otros escritores jardineros. La poeta y cónsul de Chile en España, Gabriela Mistral que explicó lo maravillosos que le resultaban los cielos altos de Castilla. En sus últimos años de vida en E.E.U.U., cuidaba de su jardín con ayuda de algún muchacho que le hacía las podas más importantes del invierno.
Ella que fue maestra, sabía del cuidado que los niños necesitan. Escribió: «Yo no quiero que a mi niña/golondrina me la vuelvan». Tampoco quería que se la hiciesen «princesa» ni «reina».
Isaac Babel, ese escritor ruso que murió tan joven, escribió: «Quien como la piedra o el animal, no vive en el seno de la naturaleza, no escribirá en toda su vida dos líneas que valgan la pena». Son las palabras que dice un anciano a un niño, en su relato El Despertar. Un precioso relato porque el niño quiere seguir una profesión, y sus padres quieren que sea otra. Y el anciano le indica que sea fiel a sus sentimientos.
Henry David Thoreau con esa claridad con la que desgranaba sus pensamientos, comentó:«Para un corazón desbordante, la naturaleza es algo más que una figura retórica».

Un autor como Víctor Hugo en su obra Los Miserables dice por el personaje principal que acabará siendo jardinero durante un tiempo en un convento, que se va a «jardinear». Estoy segura que Víctor Hugo también «jardineó» lo suyo. Es imposible sino que describa y sienta ese tema como lo hace, sabía mucho de flores y plantas este autor. Se molestaba en describir cuáles eran los árboles de un parque, cuáles las plantas de un jardín, cuáles los pájaros.
¿Han leído a Colette? Durante mis años de residencia en Madrid conseguí en aquellas peregrinaciones de domingo que hacíamos con Ernesto a El Rastro varias ediciones de sus relatos, con qué placer los leí y los releo ahora. Ella, la increíble dama que consideraba una humillación tener que despertarse por obligación a la misma hora que su pareja, era capaz de inclinar la espalda y mirar de frente a la tierra. En su huerta crecían las hortalizas, los melones y sandías, y se sentía muy orgullosa de un naranjo que plantado en un tiesto daba sus frutos y lograba detener a los que paseaban por el camino frente a la casa, al despertar en ellos una admiración casi infantil o mágica.
La delicada Emily Dickinson se deleitaba nombrando en sus poemas que no vio publicados en vida, a los narcisos, margaritas, digitales, rosas, lilas, asters, zarzarrosas... Un par de veces nombra a los petirrojos, y por lo menos otro par a las moscas.
Nunca podré olvidar con qué placer leí El jardinero de Jerzy Kosinsky. Recién alcanzaba yo la juventud y ese libro mostraba lo apabullante que pueden ser las apariencias y las interpretaciones que puede llegar a hacer la gente. Si lo dijo el jardinero invitado de un amigo del presidente y lo repite el presidente...Y a continuación lo dice la televisión ¿Por qué no va a repetirlo todo el mundo?
Aún hace buen tiempo en Málaga. El otoño vino suave este año. Hay un petirrojo en el jardín, y puedo escuchar el canto de otros, también de tordos, palomas y pardillos cuando camino por el barrio y llego hasta la orilla del mar. No faltan por aquí araucarias, jacarandás, aguacates, palmeras, perales, membrillos, manzanos, magnolios y bouganvillas...
Hace nada, en casa florecían las orquídeas, y ahora, ya sin flores comienzan a sacar nuevos tallos, y una de ellas ha dado dos brotes, dos pequeños hijos que habrá que transplantar. Y aunque es tiempo de otoño, no es triste, y el jardín que era una alegría de aromas en primavera, a jazmín, madreselva, heliotropo, rosas, de todas hay aún, es ahora un jardín en donde las higueras comienzan a desprenderse de sus hojas, las calas y los narcisos apuntan sus brotes nuevos igual que las violetas que ya quieren mostrar sus flores, y los naranjos y los mandarinos regalan enormes racimos de frutos.
Cuando vine a vivir aquí, durante un tiempo me dediqué a conocer el canto de los pájaros que visitaban el jardín para saber cuáles eran. Somos parte de la naturaleza y, sin embargo, qué ignorantes vamos por la vida. A veces no sabemos ni las palabras con las que nombrar a otros seres. En libros busqué sus imágenes para reconocerlos. Así aprendí a identificar a los verderones, los pardillos, el carbonero común... También los jardines son como una pequeña réplica de lo que es la vida. Puedes observar las sociedades de las hormigas, las avispas y abejas, sus trabajos y desvelos; las salamandras buscando la luz de las farolas, las lagartijas tomando el sol, las arañas tejiendo sus telas, los gatos intentando cazar alguna paloma... Y, por supuesto, nuestra perra ladrando a los gatos.
Creo que hoy podría recitar bajo esta luna llena el poema Otoño de Juan Ramón Jiménez. En especial esos versos que dicen:

«Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento».


Y todavía, si tengo suerte, mañana temprano, antes de que amanezca, si salgo a caminar con Luna hacia la playa, podré ver en lo alto del cielo, la Constelación de Orión, y recorreré estrella a estrella la imaginaria línea que da forma al guerrero en el cielo, y buscaré en la espada que lleva al cinto a las Tres Marías.

Supongo que Marichu se olvidó como mi madre de llevarse sus plantas, esas flores que tanto cuidaron, o quizá nos dejaron las «alegrías del hogar» para que no las olvidásemos.

En el norte de España hará frío esta noche, un frío húmedo que recorrerá el pueblo de nuestros orígenes, y cruzará el río envuelto en una neblina gélida, pero que de ningún modo podrá tocar lo más profundo de nuestros corazones.

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