© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

martes, 4 de octubre de 2011

FEDERICO GARCÍA LORCA



Por: Pilar Alberdi

Acabo de releer una antología de poetas españoles de la Generación del 27. Una edición de Vicente Gaos en Cátedra. Letras Hispánicas. Se trata de la 27ª edición publicada en 2010. Entre los poetas seleccionados aparecen Pedro Salinas, Jorge Guillen, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Juan José Domenchina, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre.
Llama la atención comprobar que la mayoría cursó Filosofía y Letras y también Derecho.
Eran sin duda unos privilegiados para su época, en la que había en España unos 5.000 universitarios. Sí, leen bien.
¿Elegían Derecho porque era la profesión con futuro? ¿Por compensar a los padres que deseaban una posición acomodada para sus hijos? ¿La elegían, acaso, porque en todo escritor subyace una preocupación ética, una ambición de justicia, sin la cual no sería dada una preocupación sobre el mundo?
Al leer estos poemas, entre los que encuentro algunos de mis preferidos, me doy cuenta la economía de palabras que utiliza Federico García Lorca (1898-1936) y como a una se le redondea la boca con vocales. Ahí están: sonoras, redondas, como perlas de un largo collar hablado. Algo que también se percibe en Dámaso Alonso (1898-1990)y su poemario Hijos de la Ira. Ese libro que no podía vender allá en sus comienzos como poeta. Se nos olvidan las penas, las incomprensiones de estos autores que hoy sentimos largamente consagrados y que en el pasado se pagaban sus propios libros, del mismo modo que hoy se sigue haciendo; por eso, la poesía sigue siendo tierra firme para valientes.
En esta lectura renovada comprendí que ya es imposible que utilicemos palabras que ellos usaron con naturalidad como «rana» o «sapo». La ciudad estaba a un tiro de piedra del campo. Si salían a dar un paseo podían llegarse hasta las quintas.
Imposible decir ya como dijo Dámaso Alonso en el poema Voz del árbol de su libro Hijos de la Ira:
El hombre
—oh agorero croar, oh aullido inútil—
Quién entendería hoy en nuestras ciudades el significado denso de ese «agorero croar». ¿Croar? ¿Qué niño de ciudad ha escuchado croar una rana?

Al leer estos poemas de Federico García Lorca también he visto su preocupación por los animales, por el corazón de la rana que pasa de las manos de un médico a un frasco de vidrio. Y en el poema Ciudad sin sueño del libro Poeta en Nueva York llega a hablar de «la resurrección de las mariposas disecadas».
Es pena tan grande que muriese como murió, aunque yo lo imagino, en el último momento, consolando a otros.

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