© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


lunes, 21 de mayo de 2012

MANET POR STÉPHANE MALLARMÉ



Reseña: Pilar Alberdi

En la presentación de esta magnífica obra publicada por Casimiro libros accedemos a textos de Mallarmé, Matisse y George Bataille. Es una pequeña joya como todas las de esta editorial.
Mallarmé nos habla del amigo al que conocía y con el que mantenía una visita casi diaria a su taller. Y lo que vamos a leer es, en principio, la defensa de Mallarmé en favor del denostado Manet, a quien las autoridades académicas responsables del Salon de peinture et sculpture «que venía celebrándose en París con regularidad casi anual desde el siglo XVIII,» rechazaron dos de las tres obras presentadas por el joven pintor. Hablamos del año 1873.
En la presentación de este libro que luce como portada la pintura En la playa de Manet, se recogen las opiniones de varias personalidades, entre ellas, la del poeta Paul Verlaine, que destaca el gran esfuerzo de Manet por llevar adelante su obra.
Se abre pues el libro con la defensa que Mallarmé (1842-1898) escribe de su amigo. El título: El jurado de pintura de 1874 y el Sr. Manet.
El poeta se pregunta por qué si se rechazaron dos de los cuadros no ocurrió lo mismo con el tercero. «Si se pretende ahorrar a los visitantes del Salón la visión de una pintura que pudiera inquietarles (como toda revelación aún por desentrañar), así como alejarles del peligro de que unas resplandecientes cualidades puedan poco a poco convencerles, hay que temer, sin duda el valor de abusar plena y absolutamente, de un poder conferido para otros fines». Y finaliza diciendo: «Ganarle unos años a Manet: ¡triste política!»
Los cuadros rechazados, cuyas fotografías aparecen en esta obra son: El baile de la Ópera y Las golondrinas. También podemos ver a la que se expuso: El ferrocarril.
Manet señala que se rechazaron dos, pero que en realidad sólo molestaba uno, y donde él valora esa mezcla chocante del negro de la vestimenta masculina con las vistosas manchas de colores de los disfraces de algunas jovencitas, lo que yo veo es un retrato de la época. Lo que nos contó Tolstoi, o Alexandre Dumas (hijo), Stendhal o tantos más. La mayoría de los hombres están acompañados de señoritas, que no necesariamente, serían sus esposas. El encuadre, además, es tajante. Dos columnas laterales que sostienen el primer piso parece que están a punto de disolverse como si no fueran macizas, sino líquidas. Igual sensación causan las lámparas que están apoyada en ellas. Entre las rejas de la balaustrada superior vemos dos piernas de mujer, que cuelgan sobre las personas que están en el piso inferior e, inmediatamente, se corta el cuadro, tal si se hubiese tomado una fotografía.
Yo comprendo que se rechazase este cuadro por decoro y bajo la excusa aparente de que no daba la talla artística. Se comprende. Pero ¿por qué se desmerece al titulado Las golondrinas? ¿Qué hay en él que moleste? Hay aire en movimiento, hay colores directos: dos mujeres, una de ellas leyendo y dos golondrinas en vuelo rasante. Hay algo que acaso no se había visto antes: libertad en la composición, figuras poco definidas pero convincentes, mujeres solas sin necesidad de acompañantes masculinos.Y luego están esas pinceladas de colores planos con los que se intenta plasmar la lejanía. ¿Tanto podía molestar? Evidentemente, no; pero relegarlo justificaba la censura del anterior.
El tercer cuadro, el que se salvó, titulado El ferrocarril es más clásico, las figuras planas. A la izquierda una mujer parece mirar a quien observa la pintura en la que ella está. Sostiene en sus manos un libro, un cachorrillo duerme entre sus manos, y sujetándolos con un brazo se alcanza a ver el mango de un parasol. A su lado, una niña, de espalda, mira más allá de una reja hacia un terreno baldío en donde creo adivinar dos raíles y un edificio. Pero este cuadro no responde a la modernidad de los otros.
Como se le niega públicamente, Manet expone sus obras en su taller. Y advierte a quienes quieran oírle que pintar supone mirar el mundo por primera vez, al menos, intentarlo, aunque la mano y la mirada y todo el ser ya tengan su oficio, es decir sus años. Para que el arte sea verdadero hay que volver a ser como un niño. Lo difícil es lograrlo.
Mallarmé destaca que la novedad de los cuadros de Manet no está en la composición, sino «en una manera absolutamente nueva de encuadrar las imágenes; una manera que confiere al marco todo el encanto de la delimitación casual. Define esa sensación como la de «aislar el lienzo para producir una emoción». El poeta destaca de Manet su facilidad para mostrar «tipologías» más que seres humanos individuales. Es, aunque no lo parezca, y las opiniones de Mallarmé me han ayudado a reflexionar sobre este tema, un pintor social, por supuesto, al «naturalismo». Todo sus esfuerzos tienen la intención de reflejar la luz, las figuras dentro del paisaje y no dentro de habitaciones interiores, aunque en este sentido los «impresionistas» democratizaron la pintura aportando como modelos a sus esposas e hijos, sus amigos, amantes, las personas encargadas de las tareas del hogar, las actividades más íntimas como el acto de bañarse, y todo esto en una época en que las mujeres consiguieron mayor libertad y menos descendencia gracias al control de la natalidad.
Nombra Mallarmé a los pintores que antecedieron o siguieron los pasos de Manet. Entre ellos dos mujeres: Eva González y Berthe Morisot, además de Sisley, Pisarro, Degas, Ronir Whistler. No me pude resistir a la urgencia de buscar la obra de estas mujeres y encontré en ambas una pintura intimista. La segunda, había contraído matrimonio con un hermano de Manet, y su modelo principal fue la hija de ambos. Estos amigos, muchas veces, exponían juntos. Y un dato interesante: en la época se los llamaba «intransigentes» porque no se avenían a pintar como se había pintado hasta entonces; y cuando la aceptación llegó,se los conoció y se los reconoce todavía como los «impresionistas» porque buscan reflejar a través de la evocación y los sentimientos la naturaleza de la vida, no copiarla.
«Vuela la paloma porque el aire le ofrece resistencia» escribió Kant. Esa es la historia de los grandes artistas. Pasan necesidades, sobreviven y, a veces, como en este caso, desaparecen sabiendo que dejaron una huella.Y varios, como Manet con la visión de su éxito.
Pero termino ya este acercamiento a las palabras de Mallarmé para comentarles que las de Matisse, que también se incluyen en este libro, analizan la obra de Manet, y destacan una de sus pinturas: La muerte del torero. Podemos ver la foto en el libro. Una obra especial, de tonos marrones, blancos y negros, tan cercana en distancia afectiva y luminosidad como las de Velázquez,a quien Manet admiraba. Por último, es Bataille, el controvertido escritor, quien nos ofrece un retrato del pintor. Y nos habla de «obras que invitan a la mirada honesta».


Les dejo aquí elenlace a la editorial Casimiro Libros.

Apunto las palabras de la contraportada que acompañan la imagen En la playa, cuadro pintado por Manet en 1873:«Este bello rostro, este verde paisaje, envejecerán, se marchitarán, pero los tendré para siempre tan verdaderos como en la naturaleza, tan bellos como en el recuerdo, perpetuamente míos; lo que preservo no es el fragmento de naturaleza, que ya existe y que será siempre superior a cualquier representación, sino el gozo de haber recreado la naturaleza pincelada a pincelada»

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