© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


miércoles, 27 de junio de 2012

LAS NOCHES BLANCAS

Texto y fotos:Pilar Alberdi


Fuimos a San Petersburgo para cumplir un viejo sueño: el de vivir las «noches blancas» en el solsticio de verano. Promesa de amor de la leyenda que se festeja con la llegada de un barco con velas rojas y también promesa de amor en la obra Las noches blancas de Dostoievski. Promesa de amor presente también en mi Isla de Nam, originalmente llamada La promesa, porque ¿no es la vida acaso una promesa de amor de la que cada uno pretende tomar un trozo y portarlo hasta el final de sus días...? Noche del 20 al 21 de junio. Noche sin oscuridad, tiempo de pedir deseos a orillas del Neva. Y nosotros también los pedimos. Mientras el aire llevaba los rojos corazones de papel de los enamorados sobre el río y los elevaba más allá del Ermitage. Pero mis deseos, han sido tantos, que será imposible que la vida me los regale. Lo pienso en Málaga, mientras en San Petersburgo, todavía, no se han acabado las «noches blancas». Durarán hasta mediados de julio tiñendo la línea del horizonte con una serie de reflejos púrpuras mezclados con fríos azules que descansarán bajo un espeso manto gris claro.
Rusos son algunos de mis escritores predilectos. Me llamarán sentimental, y no me importa. Siento que en este viaje toqué el alma rusa... Pero también sé que si fuese a Japón volvería diciendo lo mismo; que expresé algo similar cuando regresé de Marruecos, de Grecia, Italia, o de otros viajes. Si uno no se siente mano a mano, entre la gente de un país al que visita, apenas tiene derecho a decir que ha estado allí. Si uno no ha leído, si no se ha informado, si no ha indagado... ¿en dónde ha estado? De verdad, ¿hay gente que lo espera todo de las guías turísticas?
Tengo hacia los autores rusos un sentimiento permanente de agradecimiento. Releo sus obras sin cansancio. Me deleito especialmente con Chéjov, con su forma de dar vida a los personajes, con su manera de entender el teatro. Con el Toltstoi de La muerte de Ivan Illich; con tantos y tan buenos cuentos de Isack Babel, Gorki, Mijail Sholojov, Leonidas Andreiev, Iván Turgeniev, Alexandr Solzhenitsyn; con la sorprendente imaginación de las puestas en escena de directores de teatro como Meyerhold o Stanislavski; con poetas como Maiakoski o Pushkin, cuyo fallecimiento en un duelo ya nos habla de otra época y de valores que se defendían con la vida.
La historia de Rusia o la de la posterior Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas sorprende; también su disolución; y más en esta ciudad cuya defensa heroica impidió el avance de la tropas de Napoleón o la de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Ni los incendios de distintas edificaciones, ni las guerras, ni el hambre, ni la propia revolución con sus tiempos de convulsión acabaron con la colosal riqueza de palacios, conservatorios, iglesias, sinagoga... Todo se conservó. Y hasta los restos del que fuera el último emperador ruso, Nicolás II y los de los demás miembros de su familia que fueron fusilados en 1918, descansan desde 1998 en una iglesia lateral a la catedral de San Pedro y San Pablo, en la isla fortaleza. Creo que sólo esta mínima mención de hechos emociona y nos permite comprender mejor cómo es el alma rusa.
Cuando Chejov fue a la Isla de Sajalín, en donde había personas condenadas a trabajos forzados en unas condiciones de vida miserables, se sorprendía de cuánta gente buena había en Rusia, en la que el decreto que liberó a los siervos sin favorecerlos con una reforma agraria, dio paso a la compra de pequeñas parcelas de tierra que los empobrecieron aún más, mientras llegaba la Revolución Industrial y un alto número de capitales que huían de la convulsa Europa se refugiaban en Rusia dando lugar a una nueva clase social, la del proletariado. Frente a la pobreza y el drama social, la censura y el control policíaco, la conservación del pasado realizada por el pueblo ruso conmueve. Y verla reunida en una sola ciudad o en sus cercanías, aún más.
San Petersburgo, ciudad fundada en 1703, fue el proyecto personal de Pedro I, un capricho, el de un admirador de la ciudad de Amsterdam y también de la de Venecia, que deseaba, porque tenía el poder para permitírselo: crear una ciudad con canales, palacios y jardines similares a los de Versalles aprovechando la distribución topográfica que permitía la desembocadura del Neva.
Río y canales a los que los petersburgueses y turistas admiran cada día mientras caminan por sus calles. En uno de esos canales, el Moika, está el Palacio de los Yusúpov, lugar en el que fue asesinado Rasputín. Un museo de cera ubicado en el sótano muestra a los personajes y lo acontecido. Otro de los canales, permitía y aún permite la navegación desde el embarcadero del Palacio de Invierno al del Teatro Marinsky. En esos canales se pueden ver patos y gaviotas.
Frente al pasado, la modernidad. En las calles: bienestar y limusinas. El capital, el denostado capital que tanto sufrimiento causó, hoy se refleja radiante en los escaparates de las más conocidas casas de moda repartidas a lo largo de Avenida Nevsky. Las bellas jóvenes petersburguesas calzadas sobre altísimos zapatos con tacón parecen modelos. Mientras el viejo metro, uno de los más profundos del mundo, se inclina bajo tierra unos 160 metros para poder pasar bajo el río Neva.
Los templos de San Petersburgo son muchos, y sin duda hermosos, con su riqueza de formas y coloridos diversos, algunos con sus mágicas cúpulas de cebolla doradas o de tejas esmaltadas en ricos colores, entre las que destaca la iglesia de la Resurrección de Cristo (El Salvador sobre la sangre) construida imitando la de San Basilio en Moscú, y erigida en recuerdo del zar Alejandro II, asesinado en ese mismo lugar.
El que fuera el palacio de invierno de los zares reúne hoy un gran museo de arte, el Ermitage. Las bases de este museo las dispuso Catalina II cuando decidió reunir en una zona del palacio las obras de arte que poseía. En la actual disposición, el turista accede a diferentes salas: la del trono pequeño, la de los Mariscales, el salón dorado, la sala de Júpiter, la de Dionisio, la de las veinte columnas, la de los caballeros... Y, mientras tanto, irá viendo la exposición de obras de arte. Merecida fama tiene, y lo digo después de admirarla, la Galería de la Guerra. Sus paredes están cubiertas con 332 cuadros con los retratos de los generales que participaron en la guerra contra Napoleón. Faltan en ellos, trece figuras de las que por ausencia de retratos anteriores sobre los que se pudiese trabajar o por la imposibilidad de posado de los sujetos, no se pudieron realizar. El pintor fue el inglés George Dawe, y llama poderosamente la atención la calidad de sus retratos con personajes que parecen estar vivos. Entre otros, ahí podemos ver a M. Kutúzov, el genial estratega. Ellos han quedado retratados para la historia, pero no los cientos de miles de anónimos soldados. ¡Qué terribles esas guerras en las que el combate final era cuerpo a cuerpo! ¡Qué saqueos de territorios y de vidas...! Y este sentimiento ingrato de que aún persisten las guerras en el mundo como si nada hubiésemos aprendido.
Además de obras de autores clásicos la pinacoteca contiene, una importante colección italiana (Miguel Ángel, Rubens, Rembrandt,Leonardo Da Vinci, Caravaggio, Canaletto, Tiziano, Rafael...); la española con El Greco, Zurbarán, Goya, Velázquez...; a esta hay que sumar la colección de pintura flamenca; los pintores del siglo XVIII como Delacroix; los impresionistas como Degas, Van Gogh,Gaugin. Cézanne, Pisarro, Renoir, Monet... O pintores del siglo XX como Matisse o Picasso. Y, por supuesto, hay salas dedicadas a la orfebrería, las vajillas imperiales, los adornos, los relojes...
A un paso de la preciosa iglesia de la Resurrección de Cristo, se halla el Museo Ruso. Entre las colecciones, una de iconos. También se exponen vestimentas, partes de trineos, juguetes de madera o paja, tejidos, y por supuesto una amplia muestra del arte y la pintura rusa. Entre los cuadros, hay varios que destacan por su monumental tamaño como uno de Súrikov sobre el general Suvórov y las tropas atravesando los Alpes en 1799, y otro sobre el Consejo de Estado del zar reunido el 7 de mayo de 1901. Frente al cuadro titulado Retrato de la princesa Zinaida Cusúpova, realizado en 1902 por Valentín Serov. Recuerdo que pasamos largo tiempo sentados en un banco, admirando este retrato. Estábamos cansados, pero algo en la imagen de la pintura nos retenía. El cuadro mide 181, 5 x 133 cm y junto a la dama que permanece sentada en un sillón, hay un perrito blanco de raza pomerania. Ese cuadro con esa dama y ese perrito, más otros de esta raza que también vimos por la Avenida Nevsky, más oír la palabra «shavaska» (perrito) dicha por una madre a su pequeño hijo, nos recordó el cuento La dama del perrito de Antón Chejov, que tan bien quedó recreado en la película Ojos negros.
Por supuesto, nuestras fotos tomadas con una cámara digital pequeña no pueden transmitir lo vivido. Es imposible. No alcanzan a describir la fortaleza del agua del río Neva. El día 20, primer día de nuestra visita, llegaba un frío viento del Báltico, bajo un cielo tormentoso, que por momentos dejaba caer la lluvia. El río Neva, como una masa sólida y compacta, parecía esculpida por el cincel y el peso del martillo de un colosal artista, mientras las pequeñas barcas se empeñaban en avanzar y en virar hacia los canales con su carga de turistas.
Quizá uno de los momentos más especiales del viaje fue el de poder asistir a una representación en el Marinsky. Este teatro fue, en el siglo XVIII, uno de los cinco teatros imperiales. Acudimos para ver la representación del ballet El lago de los cisnes, en la misma versión coreográfica de Marius Petipa que la hizo famosa. Según cuentas las crónicas de la época, el teatro Bolshoi de Moscú encargó la música a Tchaikovsky. La representación en aquella ciudad fue un fracaso. Sin embargo, triunfó posteriormente en el teatro Marinsky de San Petersburgo a partir del encargo de la coreografía a Petipa. Razón por la que la obra ha quedado unida de un modo especial a la ciudad.
Hemos tenido el privilegio, yo no podría llamarlo de otro modo, y puedo decir lo mismo cuando veo florecer una rosa en el jardín, de asistir a ese espectáculo, pero también la de compartir la emoción de cientos de personas que ocupaban la sala. Espectadores peterburgueses y rusos, pero también de otras partes del mundo que estaban allí como quien espera ver un milagro, la culminación de un deseo, la de ver una representación especial, frente a músicos y artistas inigualables, capaces de revivir el pasado. También me gustaría decir que había bastantes niños entre el público.
Queridos amigos, lo digo sinceramente, no sé si ya estoy de vuelta... He estado ante las tumbas de Dostoievski y de Tchaikovsky; he visto y oído en los parques el grito de la corneja cenicienta y sobre las aguas del Neva y los canales he disfrutado con el vuelo de las gaviotas reidoras. Hemos brindado con champán francés en uno de los entreactos de la representación del Lago de los cisnes, hemos degustado el fuerte sabor del caviar rojo y el arenque, y hemos compartido en un restaurante la alegría de los petersburgueses brindando con sus vasos de vodka en alto. También hemos traído en nuestro equipaje unas preciosas «matriuskas», unas cajitas lacadas con paisajes rusos, camisetas para los nietos, libros... Por saber, incluso sé que hemos dejado allí nuestros invisibles pasos, pero la realidad es que aquella ciudad, con sus «noches blancas» y sus gentes nos atraparon, yo creo que para siempre.
Les dejo con las palabras de Pushkin y con varios vídeos de la representación de El lago de los cisnes que encontrarán al final de este blog.

«Te amo ciudad, obra de Pedro,
amo tu severa armonía,
el curso majestuoso del río,
el granito que cubre tus orillas,
la cenefa de las verjas de hierro,
la clara penumbra sin luna
de esas noches que me hacen soñar
en las que, sin encender mi lámpara,
leo y escribo en mi habitación»



12 comentarios:

  1. ¡Qué viaje más bonito! Leyendo la entrada casi me he sentido ahí... ¡Bienvenida de nuevo! ¡Y gracias por compartir tu experiencia! BESOSSS

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  2. Gracias por llevarnos de viaje!! Una entrada fantástica y unas fotos preciosas. Un viaje bien bonito.
    Besotes!!!

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  3. El alma de Rusia conversa con la nuestra a través de tu tierna mirada. Un escrito que sublima por proceder de tí. Besos.

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  4. Gracias amigas por vuestros comentarios y por vuestra compañía.
    Abrazos.

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  5. Gracias Pilar por tus notas de viaje, por tus percepciones tan fuera de lo común y por transmitir todo el encanto de las noches blancas...! Ha sido un verdadero placer acompañarte en este viaje! Un abrazo, Violeta

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  6. Desde luego un viaje fascinante, unas fotos muy bonitas... Y por ti relato se ve que eres muy culta... Cosa que admiro... Un besazo muy grande

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  7. Gracias amigos, ustedes hace posible que el viaje continúe... Abrazos.

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  8. Hasta la muerte se enamora cuando cantas! Besos.

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  9. Gracias Elizabeth por acompañarme literariamente.
    Un abrazo.

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  10. ¡Debe de haber sido un viaje fascinante! Un beso.

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  11. Gracias Koncha, con los mismos días es posible que otros no hallasen nada de su gusto, pero nosotros, además, tuvimos suerte: encontramos lo que llevábamos: la ilusión, las ganas de conocer, el deseo de belleza y placer.
    Besos.

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