© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

viernes, 8 de marzo de 2013

EL «NEOIMPRESIONISMO» POR PAUL SIGNAC



¿Sabemos que es el Neoimpresionismo? Esta es la pregunta esencial a la que responde el libro. Para algunos, este grupo de pintores se sitúan dentro del Impresionismo y para otros son aquellos que pintan con puntos de colores. Y, aunque si bien es verdad que son los continuadores de los impresionistas y que por la fuerza de la luminosidad de sus composiciones nos los recuerdan constantemente, Paul Signac nos señala que no son puntos sino toques de colores diferentes, aprovechando gradaciones y matices. «El neoimpresionista no puntea sino que divide» nos dice.Y que, mientras los primeros son intuitivos, los segundos siguen una técnica precisa. Escribió Delacroix: «La fría exactitud no es arte: La meta del artista no es reproducir exactamente los objetos, pues ¿cuál es la meta suprema de cualquier arte, si no es el efecto?» Pero resulta que el efecto también se consigue con la técnica. Y aunque unos y otros utilicen sólo los colores puros, evitando los terrosos, los Neoimpresionistas «respetarán siempre la pureza (de los colores puros) cuidándose muy bien de no ensuciarlos mezclándolos en la paleta (salvo, evidentemente, con el blanco y entre colores vecinos, para obtener todas las tintas del prisma y todos sus tonos; los yuxtaponen en toques netos y pequeños y, por el juego de la mezcla óptica, obtendrán el resultado pretendido, con la ventaja de que, mientras toda mezcla pigmentaria no sólo tiene a obscurecerse sino también a decolorarse, toda mezcla óptica tiende a la claridad y el brillo» obteniéndose el color por contraste y complementariedad
Si la pintura Impresión: sol naciente de Monet acabó dando el nombre a los Impresionistas en boca de aquellos que les criticaban, el cuadro que situará el comienzo de los neoimpresionistas será Un domingo en la Grande Jatte de George Surat.
Cuando Paul Signac se pregunta por qué son tan difíciles de aceptar los cambios en la pintura, observa que la aparición del color fue puesta en entredicho, que a más color o diferencia mayor fue la crítica. Ese sería un punto. ¿Nos sorprende? No debería. Cuando yo era niña casi todos los coches y los paraguas eran negros. ¿Nos sigue sorprendiendo? Pondré otro ejemplo, ya no sólo es el color, sino el color como ruptura de tradiciones y normas. Los hombres no comenzaron a utilizar el color rosa en su ropa (camisas) hasta los años 70 del siglo XX. Pero, ¿qué más hay? Signac opina que una generación, al menos la de esa época, «no hace dos veces el esfuerzo necesario para asimilar un modo de ver». Y por esa razón no aceptaron bien la pintura de Delacroix, ni los cuadros de Corot hacia 1850, porque abundaban en los colores terrosos y luego rechazaron a los Impresionistas que los evitaban en su paleta de colores. Pero aún hay más... Los intereses comerciales... «”A veces, el interés económico se coaliga con la ignorancia para poner traba a un movimiento innovador y molesto”. Gustave Gefroy lo dijo muy bien: “Los productores cuya razón social se cotiza, y todos los que viven de esa producción consagrada por el éxito, forman una asociación, confesada o tácita, contra el arte de mañana».
Hacia el final de la obra el autor nos presenta algunas de las críticas recibidas por los Impresionistas y resultan abrumadoras, no ostentan la demostración de conocimiento sino la prevalencia del deseo de que todo siga como antes, aunque ese antes, también hubiera sido criticado en su día. Si «ante la pintura de Delacroix, lo que exasperaba a tanta gente no era tanto el furor de su romanticismo como sus rayados y su color intenso; ante la pintura de los Impresionistas, lo que molesta es la novedad de sus comas y sus coloraciones. Y, en el aporte de los Neoimpresionistas, lo que ha desconcertado ―más aún que la división del toque― es el insólito esplendor cromático de sus cuadros». Frente a los críticos e ignorantes se alzan las voces de Baudelaire y tantos más. Ernest Chesnau, dijo: «Los más dotados, entre los que forman el público de las exposiciones, no parecen sospechar que es necesario cultivar sus sentidos para alcanzar el pleno goce de los placeres intelectuales de los que los sentidos son solamente órganos, sin duda, pero órganos especiales. No se sospecha bastante que es preciso tener la vista afinada para comprender y juzgar —quiero decir saborear— la pintura, la escultura o la arquitectura, tal como se precisa tener oído fino para gozar de la música».Creo que lo mismo podríamos decir para la literatura.
Si yo me pongo a recordar ahora, de qué modo aprendíamos en los estudios secundarios sobre la pintura, eran unos conocimientos tan generales, que no podían ofrecernos más que la distinción de formas, una pintura clásica no era una Impresionista, ni una Cubista o una Abstracta, pero no aprendimos mucho más. Espero que esto haya cambiado y que hoy los jóvenes sepan algo de lo que aquí se ha comentado y este libro recoge.


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El ábside de Sant Climent de Taüll de Frederic Chordá

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