© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


jueves, 5 de septiembre de 2013

«HOMBRES DE MAÍZ» DE MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS


Por: Pilar Alberdi

El otro día vi una lista con una encuesta sobre cuáles eran los libros que los lectores habían abandonado sin dar término a la lectura, no sé cómo se diseñó la muestra, si por edad de los lectores, si por género literario, si por la época en la que vivieron los escritores, por lo tanto pienso que, salvo que la hubiese hecho alguien que entendiese de estadística, es parcial. Probablemente se dejó una pregunta en alguna página web, foro o revista y algunos lectores contestaron. Pero tampoco se decía qué tipos de lectores eran éstos.
El tema me hizo recordar los libros que yo «me obligué a leer», por supuesto hablo de esto en mi obra Escribir, y lo acertado que fue tomar esa decisión. Hubo un tiempo de mi juventud en que un papel con esa lista estaba en el cajón de mi escritorio y a medida que iba leyendo las obras me daba cuenta de su importancia, tanto para la época en la que vivió el escritor, como para lo que nos permiten conocer de ella y, de primera mano, en la actualidad. Eso, al margen de otros temas específicamente literarios que interesan más a un escritor que a otro tipo de lector.
Tengo junto a mi escritorio algunos apuntes que tomé de la relectura que estoy haciendo en este momento de la obra Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias (1899-1974), premio Nobel de Literatura 1967, y lo primero que llama la atención es la defensa «ecológica» de la selva y de la tierra de los pueblos originarios de América, cuando esa palabra todavía no era de uso común. Y, además, lo hace con toda la capacidad poética que alumbra la prosa del escritor. El libro es un alegato contra los hombres, generalmente blancos que llegaban de las ciudades, y quemaban la selva para convertirse en propietarios desde el momento en que plantaban maíz, algo similar ocurre hoy en día en Brasil y de este modo, poco a poco, se va destruyendo la Amazonía. Esto me obligó a recordar algunos párrafos de Chéjov y su defensa de los bosques de Rusia.
Esta novela no es la típica, no puede estar de moda, es imposible, porque se diferencia de los actuales estereotipos pero sin duda es uno de los antecedentes de lo que luego se dio en llamar «realismo mágico». Y que hicieron posible en el pasado autores como Rómulo Gallegos y posteriores como Rulfo. Y sino, miren esta afirmación «un sombrero aludo del tamaño de la plaza de Psiguilito», que me trae a la memoria otras obras que hace poco tiempo releía como Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez en donde aparecen este tipo de gigantismos que acaso, seguramente, están relacionados con la forma que el indígena tiene de contar las historias, apelando a la imaginación del oyente.
A continuación voy a dejarles unas pinceladas, pequeños trozos de oraciones escritas por Miguel Ángel Asturias en Hombres de maíz que nos darán una lúcida imagen del autor y su forma de contar. «La tierra cae soñando de las estrellas, pero despierta en las que fueron montañas, hoy cerros pelados de Ilón, donde el guarda canta con lloro de barranco, vuela de cabeza el gavilán, anda el zampopo, gime la espuma y duerme con su petate, su sombra y su mujer el que debía trozar los párpados a los que hachan los árboles, quemar las pestañas a los que chamuscan el monte y enfriar el cuerpo a los que atajan el agua de los ríos que corriendo duerme y no se ve nada pero atajada en las pozas abre los ojos y lo ve todo con la mirada...», «De entrada se llevaron los maiceros por delante con sus quemas y sus hachas en selvas abuelas de la sombra, doscientas mil jóvenes ceibas de mil años», «Y oyó, con los hoyos de sus orejas, oyó», «De las orejas le salía el pensamiento al oír el ganado que le pasaba encima. Una partida de nubes sobre pezuñas», «Y si fuera para comer. Por negocio», «Indios con ojos de agua llovida», «En los aguasoles de la mañana», «La tormenta aporreaba sus tambores», «Abajo se veía la plaza panzona de agua llovida», «y cuando corría lo hacía con una carrerita de lagartija», «fijo sus hondos ojos zarcos», «El coronel le echó la mirada encima», «Sus ladridos astillaban el silencio cabeceador de los caballos mechudos», «Al sol le salió el pelo», «No estaba muerto y los gusanos de sus lágrimas ya eran mariposas», «un viejo destrabado del trabajo desde siempre», «se alejaba sonajeando las espuelas», «Godoy (…) el Jefe de la Expedicionaria en campaña», «El fuego lo seguía como chucho lanudo haciéndole fiestas con al cola del humo», «El fuego es como el agua cuando se derrama». Díganme si no es una maravilla, díganme si estas pinceladas tomadas de las primeras cuarenta páginas del libro no vemos en pie lo mejor de la tradicción literaria latinoamericana. Claro que sí, ahí está, lo que luego trasladará a España Rubén Dario, lo que traerán también Gabriela Mistral y Pablo Neruda, y todas las demás voces que irán surgiendo.
Por último les dejo un enlace a la conferencia que Miguel Ángel Asturias dio con motivo de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1967. El título: La novela latinoamericana. Testimonio de una época.

2 comentarios:

  1. Que gusto leer tus reseñas. Gracias Pilar, estas cosas son las que hay que enseñar en las escuelas. Gracias.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, Javier, por tu visita.Tienes mucha razón.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu opinión.