© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

sábado, 13 de febrero de 2016

DOSTOYEVSKI: CAMINO DE SIBERIA


Pilar Alberdi

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881), fue detenido por orden de Nicolás I, acusado de «conspiración política y encubrimiento de los enemigos del Zar de Rusia». Participaba junto a otros escritores en una tertulia literaria, organizada por el escritor Petrashevski, en donde se leían obras de autores socialistas franceses. Alguien debió pensar que lo que se debatía en ella era peligroso para el zarismo, tengamos en cuenta que la situación social en ese momento era grave. Por todas partes comenzaban a estallar las conocidas como Primaveras de los pueblos de Europa (1848), revueltas populares como la de la Comuna de París, por ejemplo, que amenazaban la pervivencia de la Restauración (acuerdo de diferentes monarquías para contrarrestar los efectos de la Revolución Francesa, tras la caída de Napoleón).
Detenido y enjuiciado, Dostoyevski fue condenado a muerte en 1849; unos meses después se le conmutó la pena por trabajos forzados que cumplió en la prisión de Omsk en Siberia.
De aquella experiencia salió con unos Apuntes de Siberia, sobre los que más tarde elaboró la obra Memorias de la casa muerta, un verdadero testimonio de la vida en las prisiones zaristas. El texto fue publicado en la revista Tiempo, creada por Dostoyevski y su hermano.
La primera parte de la obra narra la vida de un funcionario que llega a una típica ciudad de Siberia en donde conoce ―entre otras muchas personas― a Petróvich Goryánchikov, del que sospecha por sus actitudes y su forma de ser, debe tener un pasado especial. Se comenta ya desde las primeras líneas que muchos forzados de origen noble después de salir de prisión se dedican a la enseñanza, generalmente se trataba de personas caídas en desgracia, con un difícil retorno a sus ciudades de origen, pero con una amplia cultura y excelentes conocimientos de la lengua francesa, tan necesaria para la época. Tal el caso del personaje que da clases a varios niños. El narrador, ávido por conocer el pasado de Goryánchikov, desea entablar algún tipo de relación con él, sin embargo, sus intentos acaban siempre en fracaso. Poco después fallece, y el narrador como buscando aquella comunicación fallida, y llevado por la curiosidad consigue alquilar la misma habitación que aquel había arrendado. En ella encuentra unos papeles que formarán el resto de la historia. La casera se disculpa al ver el interés por aquellos escritos y le indica que puede quedárselos, pero que faltarán algunos folios que utilizó para encender el fuego de la estufa. De este modo, la narración comienza a unir los acontecimientos vividos por el fallecido, un noble condenado a trabajos forzados, que debemos entender fueron, en gran medida, los sucesos vividos por Dostoievski, tras la llegada a Siberia.
De Memoria de la casa muerta se han entresacado varias de las frases más citadas de Dostoyevski. Destaco: «el hombre es un animal que se acostumbra a todo. Incluso a situaciones que le lastiman», «hay gente mala en todas partes, pero hay buenos entre ellos», «el hombre y el ciudadano desaparecen para siempre en el tirano», «los lobos no se comen unos a otros».
Sobre el espantoso sitio de encierro, donde se hacinan cientos de hombres en diferentes barracones de madera, y donde se pierde la intimidad, explica: «Es el presidio una casa muerta-viva, una vida sin objeto». Allí sucede que hay hombres que sienten que una vez en presidio pueden hacer, además, cosas aún peores de las que habían hecho: reclusos vanidosos, soberbios, fanfarrones, orgullosos, sin sentimientos y apenas pensamientos; pero que no están solos en su caída a los abismos, ya que por la otra parte, la de los vigilantes, los hay que se envalentonan en cuanto consiguen ascender en el escalafón. Algunos comandantes, especialmente aquellos que han accedido al puesto sin haber pasado por una escuela militar, son los más crueles. Gustan de justificar sus actos con palabras como: «¡Yo soy el zar, yo soy Dios!». «Sus abusos enfurecían hasta la locura a los presos». También comenta el narrador quiénes eran los verdugos, los había «oficiales» y «obligados», estos últimos eran elegidos entre los presos. En todos los casos eran temidos y adulados, a partes iguales. Su sola presencia imponía respeto. Contra lo que uno pudiera imaginar, el protagonista los describe como hombres inteligentes, y con un enorme amor propio que aumentaba con la sumisión que los reclusos les mostraban. Los castigos, apaleamientos y latigazos, podían sumar hasta 4500 de una vez, con intervalos de media hora para que el preso respire, eso al margen de que la mayoría de las veces caían inconscientes, y en esas condiciones se les continuaba apaleando. Como resulta previsible, muchos morían durante el castigo o poco después; otros acababan en el hospital, y tardaban semanas en recuperarse. Sabidos estos temas por las conversaciones de los reclusos, algunos de los que llegaban nuevos y estaban pendientes de recibir latigazos, solían incurrir en un acto punible, con el fin de que su causa se abriese nuevamente y se retrasase el castigo, que con la nueva acción, evidentemente, aumentaría.
Los dilemas que plantea la obra son varios: ¿de qué sirve la reclusión si de ella no saldrán hombres mejores?, ¿por qué deben permanecer juntos los detenidos por causas menores o políticas con otros reclusos condenados por asesinatos o violaciones?, ¿tiene que darse la misma pena a quien acaba asesinando por un cebolla que a hombres que han premeditado largamente uno o varios asesinatos?
«Las intrigas, las calumnias, las frases picantes, la envidia y las reyertas eran lo que conformaba aquella vida infernal». «El espionaje y la demencia eran moneda común en las prisiones».
Las puertas que se cierran por la noche tras el conteo de los hombres en los barracones se abren por las mañanas. Todos los días la misma cruda realidad. Y en cada cobertizo, un «cabo de varas», en representación de la autoridad, nombrado entre los reclusos más ancianos, aquellos que no podían ya cumplir con los trabajos forzados. En realidad, un cargo testimonial, dado que lo más que podía hacer ese tipo de persona era dar cuenta de lo que ocurriese.
En el relato de este escenario inhumano, solo se salva la gente humilde de los pueblos y los campesinos, que conocen bien la dura vida del territorio y ayudan a los prisioneros socorriéndolos con limosnas o enviando pan y otros alimentos para que sean repartidos. En la calle, cuando se los encuentran, ya porque lleven a alguno de los penados al hospital o porque vayan formando en pelotón a realizar algún trabajo, la gente humilde les saluda, se santiguan ante ellos, y les dan alguna moneda. «No sin razón en Rusia se llama desgracia al delito y desgraciado al delincuente». Otros que favorecen a los penados, son los médicos del hospital, que muchas veces les permiten quedarse allí, pese a saber que han acudido con la excusa de un catarro. Permanecer unos días en aquel recinto podía suponer para el recluso una recuperación física, gracias a la comida de mejor calidad y el descanso, aunque al mismo tiempo corriesen el riesgo de contraer una enfermedad contagiosa, ya que todos los condenados a trabajos forzados que ingresaban en el hospital permanecían en una única sala de veintidós camas, cerrada con llave y guardada en la puerta por soldados.
Al margen de todos los aspectos que pudiera comentar sobre esta obra, hay uno verdaderamente relevante: la organización económica dentro del penal. Se parece a lo relatado por Primo Levi (1919-1987), un siglo después, en Si esto es un hombre, sobre las condiciones que él vivió en el campo de trabajos forzados de Monowitz (Auschwitz III), durante el final del nazismo.
Esta economía podía comenzar desde el mismo punto de partida hacia el penal. Lo hacían en grupos de doscientos hombres. En el caso que se narra, el viaje duraba quince días a pie. Era otoño y podemos imaginar el frío, pero todavía de alguna manera son casi libres, la naturaleza les rodea, duermen a las afueras de los pueblos, va con ellos un cantinero, y no les falta algo para llevarse a la boca. Y lo mejor, todavía no les han colocado los grilletes con las cadenas que arrastrarán durante su reclusión. Ya en el viaje se dan los primeros casos de la economía perversa que comentamos. En el grupo van prisioneros con distintos tipos de condenas («colonos, mineros o forzados»). Como las condiciones son muy diferentes y las probabilidades de salir con vida también, alguno puede intentar cambiar su pena por la de otro, con engaños que incluyen aguardiente y dinero. Si esto ocurre, antes de proseguir el viaje «Se anuncia el cambio a todo el convoy y si se teme alguna denuncia se unta la mano a los sospechosos». Quien fue emborrachado y engañado para hacer el cambio, no podrá romper el contrato realizado ante testigos, sin riesgo de perder la vida.
Ya en prisión, los nuevos descubren que los condenados, sucios y con la cabeza rasurada, visten uniformes diferentes según los cargos que pesan sobre ellos. El del protagonista será: «chaqueta de paño, mitad color chocolate y mitad ceniza, y los pantalones los mismos colores cambiando de pernera». Esta prenda debía durar un año, pero se estropeaba antes. También les daban un capote que les renovaban a los tres años, y este sí, podía llegar a durar más tiempo, por lo que alcanzaba un alto precio en el mercado interno. Como ha quedado claro que la única prenda que recibían para vestir no alcanzaba el año, debían conseguir alguna otra de presos que ya no estuviesen allí, como era el caso de los que habían cumplido condena.
«Todos los efectos que entrega el Estado quedan de propiedad del forzado, cuando los ha usado el tiempo fijado por el reglamento, aquél los vende enseguida porque hasta los andrajos tienen un valor positivo en el mercado del penal». «El dinero, vuelvo a repetirlo, ejerce un papel soberano en el presidio».
El jabón que les daban era apenas una lámina, pero se podía comprar trozos mayores. Proveerse de agua, un cubo, por ejemplo, alcanzaba varios kopeks.
Los penados con acusaciones más graves, los que estaban condenados a veinte años, llevaban una marca a fuego en la frente, igual que se hacía en tiempos de los romanos. Se cuenta la historia de un recluso de cincuenta años con una condena a veinte años. Su única ilusión era salir para casarse. Alguien le facilitó una pomada y le dijo que si se la ponía todos los días sobre la frente, la marca se le borraría para cuando cumpliese la condena. La esperanza de salir de allí, para aquél, así como para el resto de hombres, era lo que los mantenía con vida.
El único libro permitido en la prisión era la Biblia. Muchos campesinos se las regalan a los penados, y dentro de sus lomos los reclusos encontraban un poco de dinero, alguna moneda, para paliar sus necesidades. «Existe en Siberia no poca gente que dedica su vida a socorrer fraternalmente a los desgraciados, y tiene el mismo afecto que un padre para sus hijos, y una compasión santa y desinteresada». Sobre esta cuestión, el narrador, comenta sorprendido: «Hay quien dice, lo he oído y aún leído, que un vivísimo amor al prójimo no es, al fin y al cabo, sino profundo egoísmo. Pero ¿qué egoísmo puede existir en esto? Confieso que no llegaré jamás a comprenderlo». Fuera está la compasión que llega y humaniza a través los campesinos y las gentes humildes del pueblo, dentro la prevención ante el otro.
El recluso que llega por primera vez solo tiene el suelo para dormir; poco a poco deberá proveerse de una almohada, un colchón, una manta. Si es noble y tiene dinero o su familia se lo puede enviar, podrá mejorar su ración de comida con un suplemento de carne, que alguien se encargará de comprar en el pueblo, esta tarea la hacían los inválidos, que no podían acudir a cumplir con los trabajos forzados; también conseguiría quien se la cocinase. Las mantas, estaban hechas con restos de uniformes. Había quien negociaba con aguardiente, cigarros, panecillos.
El recién llegado escuchará por primera vez, el ruido de las cadenas. Como es nuevo, es el único que no las tiene; se las pondrán poco después. Para eso, le llevarán al día siguiente a la forja del pueblo. Las cadenas, para que nos sirva de referencia, pesaban entre 8 y 12 libras; 10 libras, por tanto, equivalían a 4 kilográmos y medio, peso con el que deberán cargar todos los días. Si las argollas de los grilletes se quedaban sobre los tobillos, muy pronto, y debido al roce y al movimiento de las mismas, aparecían heridas. Para evitarlo, ya que su tamaño lo permite, los presos se las suben hasta la parte superior de las pantorrillas. En ese momento, el preso descubre que, además de proveerse de otras cosas, elementales para su supervivencia, deberá conseguir unas tiras de cuero de unos 17 centímetros o más, dos por cada pierna, con las que sujetar las anillas de los grilletes por debajo de la rodilla. Las tiras de cuero servían para evitar los roces del metal contra la piel. Y el tamaño de las tiras era para sujetarlas a la cintura de la ropa interior.
Como se aprecia, todos luchan por tener dinero, pueden maltratar a otro para obtenerlo, aunque luego se lo gasten en un momento si alguien consigue aguardiente. El narrador cree que el dinero, la terrible economía que se ha instaurado en el lugar, sirve para dar sentido a la vida de la mayoría, del mismo modo que la esperanza de salir de allí, les mantiene con vida. En ese ambiente, cada uno hace el papel que corresponde a su clase. Quien ha sido noble puede pagar. El que nada tiene puede conseguirlo ofreciendo sus servicios para cualquier tarea o vendiendo sus escasas pertenencias. En el momento en que hace su entrada un judío se le trata como un prestamista, y este a cambio de salvar su situación, actúa como tal. Acepta en empeño unos pantalones de uniforme, que no valen, su precio, y que además deberá cuidar para que nadie se los robe hasta que el recluso decida recuperarlos.
Pero en el penal, también viven, al margen de pequeños animalejos que les hacen los días imposibles, varias mascotas en las que pueden depositar una caricia, una mirada sin prevenciones. Son los presos quienes las compran y las alimentan.
Como dice el protagonista, el penal en invierno es tolerable, pero de ningún modo lo es en primavera cuando el sol y el deshielo llaman a la fuga. Solo los que están al final de sus condenas evitan ese peligroso sueño. La vida verdadera está en otra parte. Todos lo saben.
El día de descanso de Navidad, único día que gozan libre, les permiten organizarlo a su manera. También podrán acudir a «misa de gallo» en el pueblo. Para divertirse han preparado una obra de teatro. Viendo y oyendo a los actores (que también hacen los papeles femeninos), la vida ha aparecido en escena, y todos han podido evadirse un momento gracias también a la pequeña orquesta que han formado con balalaikas fabricadas caseramente y algunos instrumentos que han conseguido prestados en el pueblo.
La «misa de gallo», a la que el protagonista asiste unas horas después, recordemos que ha sido un noble, generalmente se les retiraban sus derechos nobiliarios al entrar en prisión, resultará un choque entre los recuerdos del pasado y la realidad del presente. En la reflexión que sigue, se puede apreciar el conflicto de quien ha vivido otra vida:
«Me acuerdo de cuando, siendo niño aún, la masa del pueblo se aglomeraba a las puertas del templo y retrocedía servilmente ante unas charreteras, un señor barrigudo o una dama vestida con provocativa elegancia, y ahora yo ocupaba el sitio del pueblo, es decir, estábamos detrás del pueblo, cargados de cadenas y menospreciados. Todos se apartaban de nosotros, huían de nuestro contacto, y nos temían; algunos, empero, nos daban limosna».
Si creemos que mucho ha cambiado la vida desde entonces y es verdad que ha cambiado, ruego a la generosa lectora o lector que ha llegado hasta aquí, que visite alguno o todos los enlaces que he colocado a continuación. Y luego, hágase la pregunta: ¿tanto ha cambiado?




Topo Chico: una prisión donde seguir vivo cuesta 6.000 euros
Ranking de las diez cárceles más peligrosas del mundo
Fotos desde la prisión más temida de El Salvador en donde incluso los guardias no se atreven a entrar
El lenguaje secreto de los tatuajes en las cárceles rusas
Guantánamo para siempre
Mira las 10 más aterradoras cárceles del mundo
Así es una cárcel china por dentro
El preso holandés declarado inocente. Solo quiero justicia
Cárceles de Japón, las más difíciles del mundo
La sociedad se comporta como si la gente que vive en prisión fuese menos inteligente
Porque somos uno de los países con penas más duras pero no nos lo creemos
Esto es lo que pasa en las duchas de las cárceles contado en primera persona
Los presos más peligrosos revelan como es la vida en las cárceles inglesas
Ranking de las diez cárceles más peligrosas del mundo
Las pesadillas de una enfermera que trabajó en una de las cárceles más famosas de EUUU



Citas del artículo: El idiota-El supulcro de la vida. Ed. Porrua. México, 1986

4 comentarios:

  1. Gracias, Pilar. Dostoyevski es uno de esos autores a los que siempre me ha dado miedo acercarme. Obras complejas y densas, repletas de personajes tan inquietantes. Tendré que olvidar mis temores y volver a sus libros, que tanto me gustaban en mi adolescencia.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tolstoi decía de Dostoyevski que era "el autor más psicológico". Evidentemente calaba hondo, su propia biografía se lo exigió.
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Me resulta de sumo interés, amiga. Gracias por presentárnoslo.

    Abrazo

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu opinión.