© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


sábado, 30 de enero de 2016

ARTHUR SCHOPENHAUER: EL ARTE DE SOBREVIVIR




Por: Pilar Alberdi


Plantea Arthur Schopenhauer (1788-1860)en esta obra una reflexión sobre importantes temas. El autor, que recoge en buena medida el pensamiento de Platón (dualidad de un mundo terrenal y otro espiritual superior), también recoge el de la voluntad, ya manifiesta en Spinoza e incluso en autores anteriores como Scoto. Una voluntad que es la de la vida, la de la naturaleza, la del Universo en que nos encontramos, y que se impone al mundo tal y como lo conocemos.
Para empezar trata el tema de las diferentes maneras en que se siente el tiempo en la infancia, la juventud y la vejez. Compara la primera mitad de la vida con una tela bordada, y el resto con su revés, es decir, con la forma en que fue realizada. No estoy segura de que todas las personas puedan valorar esta comparación, pero alguien que ha bordado, entenderá perfectamente. Casi asombra que se le haya ocurrido a un hombre, tal que siempre la tarea de bordar ha sido, en general, realizada por las mujeres. También compara la primera mitad de la vida con la elaboración de un texto, una narrativa propia, y el resto con su comentario.
Como en la vida todo es cambio y movimiento, aquello que en esencia Aristóteles llamó acto y potencia, es decir, la forma tendiendo a su «telos» (el fin para el que existe), la persona da respuesta a una enorme cantidad de «tareas que debe resolver» para asegurar su propia sobrevivencia. En este sentido, la realidad cotidiana, es la que nos marca el día a día, es decir, aquello sobre lo que tenemos un conocimiento directo. En ese estado permanente de actividad, en que una ocupación llama a otra, la importancia de estas tareas y estos intereses u obligaciones, también cambia con el transcurso del tiempo. Dice Schopenhauer: «Cuánto más tiempo vivimos son menos los asuntos que nos parecen importantes». La edad relativiza las urgencias y confirma ciertos hechos: «hay cantidad de gente con la que es imposible entenderse a partir de los 40». ¿El motivo? No uno, muchos, la experiencia, la prudencia que da el haber vivido. El filósofo cita varias veces la frase del Eclesiástes «Vanidad de vanidades y todo es vanidad». Pero, ¿es eso? Schopenhauer vive en Francfurt, en un ambiente protestante, y ya sabemos que los protestantes entienden que el hombre es malo por naturaleza y que más que por la fe y las obras será salvado si Dios lo elige. El autor, como comentaré después, lleva tiempo con la mirada puesta en Oriente, en su forma de entender la vida, pero el ambiente en el que vive le afecta. Si todo es vanidad de vanidades: ¿cómo encontrar el sentido en la vida? La escolástica no había encontrado paz con este tema, la imperfección estaba en el hombre. Y, además, para un centroeuropeo tener éxito en los negocios, se había convertido en una especie de ser un elegido por Dios, un nominado, y es lo que denunciará más adelante Max Weber, en su ensayo La ética protestante y el capitalismo, realidad económica-política en la que aún hoy vivimos, y que pretende explicar las vidas por su valor en el mercado: dónde trabajas, qué puesto ocupas, cuánto ganas.
Pero, volvamos al tiempo del filósofo. Explica con tono melancólico: «Las horas del muchacho duran más que los días del anciano». ¿No hay ahí como un tintinear de monedas en la hucha del tiempo? ¿Las de esas horas intensas y maravillosas atrapadas en unos pocos años? En el recuerdo es como un tesoro que reluce con luz propia y, ¡qué lástima!, los jóvenes rara vez saben lo que poseen, porque para ellos, la vida, está más adelante, en sus proyectos, en lo que el futuro hará de ellos. Solo más tarde, recuperarán aquellos instantes con la tibia sensación de haberlos perdido para siempre.
Schopenhauer, que tiene como referentes contemporáneos a Hegel (a quien detesta) y a Kant, del que toma parte de su teoría crítica, en parte para oponerse y en parte para hacerla suya, seguramente habrá leído de este, las cuatro preguntas antropológicas: «¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre?» Y esas preguntas, siempre, exigen algún tipo de respuesta.
Schopenhauer, es un anciano vital y, sin embargo, comprende: la vejez es la hora en la que todas las máscaras caen. En este sentido bien se le podría considerar uno de los anticipadores de los llamados «filósofos de la sospecha» (Nietzsche, Freud, Foucault), los que arrancan las máscaras, los que desvelan lo oculto, aunque si es así, también deberíamos incluir a otros como Aristarco de Samos, Copérnico, Galileo y Kepler con su heliocentrismo o a Darwin con su Selección de las especies, o a Linneo que no dudó en ser el primero en situarnos en el taxón de los primates, aunque por entonces no se hablase de los homínidos. Y a tantos, y tantos más. Casi puede oírse el ruido: todas las máscaras caen. Los “yoes” caen. Ya no hay forma de engalanar la vida, de hacerla atractiva: «uno ha acabado reconociendo la nadería y vacuidad de todas las maravillas del mundo, en especial del lujo, la pompa y la aparente grandeza». Y lo dice un hombre que vivió sencillamente, intentando cuidar la herencia recibida para poder dedicarse al estudio. Sus mayores lujos, así cuentan quienes le conocieron, consistían en una comida diaria en un mesón, alguna salida al teatro o la ópera, la adquisición de libros, y una o dos caminatas al día para mantener la salud.
Quién fuimos, quién queríamos ser, quién hemos sido. Y, sin embargo, como dirá Kant, pese a todo, el hombre aspira a trascender la experiencia. Y ahí, está el sentido, lo trascendental buscado con vehemencia, nos obliga a recapacitar sobre la ética.
Schopenhauer critica el egoísmo, al que considera la mayor iniquidad: «El egoísmo es colosal: domina al mundo», dirá. ¿Quién podría rebatirle?
Sorprendente para su época, lo insinuamos antes, el filósofo tiene amplios conocimientos sobre el Corán, los Upanishad (Vedas), así como sobre el brahmanismo, sintoísmo, zen y budismo. Es un hombre que ha leído mucho. Las citas de otros autores en sus obras son un permanente reconocimiento a aquéllos. Otro escritor alemán que, un siglo más tarde, se acercará al pensamiento oriental fue Herman Hesse. Recordemos su Siddharta. Desde ese punto de vista, el del budismo, la vida se convierte en un karma, una especie de pago de los errores cometidos en otra anterior. El respeto a los demás y a los animales y a la naturaleza es fundamental. Schopenhauer como otros escritores fue un gran defensor de los animales. Sin duda, la serenidad de estos postulados se contrapone a los cabellos blancos y alados del filósofo, o a esos ojos avizores con los que parece desnudar el mundo. Tanta energía y, a la vez, una búsqueda tan intensa de la serenidad.
Como filósofo le preocupa la enorme tarea del ser humano por adquirir conocimiento, tantas horas, tanto esfuerzo. Y, sin embargo, pese a esa ingente labor: «Cada treinta años llega una generación nueva que no sabe nada y tiene que empezar desde el comienzo». Es verdad que el legado pasa de unos a otros, y que el mundo avanza, pero, ¿hacia dónde? En los años treinta del s. XX, otros filósofos alemanes (Adorno, Horkheimer, Marcusse…), que también vivieron en Frankfurt, como en su día Schopenhauer, señalaron en su Teoría Crítica y en Dialéctica de la Ilustración cómo el Progreso había suplantado al «mito», y la tecnología se estaba convirtiendo en un peligro para el ser humano. Además, sabían de lo que hablaban porque tenían al nazismo delante de sus ojos. ¿De qué servía el progreso si era capaz de destruir a la humanidad?
No en vano, la pregunta más grave de Schopenhauer sería: ¿Cuál es el más grave mal que aflige al hombre? Y sobre esto no tiene dudas: el hombre mismo, que es capaz de tratar al otro de manera injusta. Pero también la vida tal como se presenta es dolor. Por si hiciera falta algún ejemplo, cita el caso de los niños de 5 años condenados a trabajar en los talleres textiles, en jornadas de doce y catorce horas diarias, «haciendo la misma y monótona tarea» todos los días.
No es este un libro alegre. No lo pretende: «la vida es sufrimiento», esa es la afirmación principal. Y teniendo conocimiento de esto, se pregunta qué ética hay que tener al respecto. ¿Cómo hacerle frente? Evidentemente, su juicio es crítico. ¿Nos sometemos a la Voluntad del mundo, o intentamos superar esa voluntad, oponiéndonos a la injusticia, intentando cambiarlo?
El texto que nos ocupa es una obra de madurez, concisa y clara. Schopenhauer mira la vida, así lo entiendo, desde la cumbre de una montaña de años que le han dado experiencia, y no le gusta lo que ve; aunque la suya haya tenido un buen pasar no estuvo ajena a problemas familiares y a fracasos académicos, como la de cualquier otro. Sabe que la vida es «muerte pospuesta», y que solo los sabios portan esa carga diariamente, mientras los necios la ignoran o pretenden ignorarla hasta su último momento, lo que tal vez les permita hacer peor las cosas o escapar a los dilemas éticos. Pero también intuye que la meta final es la gran oportunidad de dejar de ser ese «yo» impuesto, ese yo, cuya vida pudo ser de derrota, exclusión, dolor físico y psicológico, de inhumanidad sufrida y causada por otros. Aunque tampoco duda de que el que hace sufrir y el que sufre son a la larga parte del mismo dolor. El libro IV de su obra El mundo como voluntad y representación, precisamente es el que está dedicado a la voluntad, (los tres anteriores pertenecen a la representación).En la obra explica de qué modo el sujeto cognoscente y el objeto-mundo son necesarios para la realidad que conocemos, la cual, sin las personas que participan, no existiría, al menos no en el sentido que nosotros podemos darle hoy, y como dijo Diderot: ¿quién hablaría del mundo?
Justo allí, en ese último horizonte donde las preguntas se acaban o comienzan, Gadamer decía que uno avanza con su propio horizonte de comprensión, y ya Dilthey y Heidegger habían expresado, que el ser es devenir y comprensión. Al final, estará el límite como en un espejo, falta saber que nos reflejará: ¿una vida con sentido? Pero, ¿el más malvado de los personajes no ha puesto también un sentido en lo que ha hecho? ¿Sentido y ética están en relación? Acaso como decía Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas». ¿No precisa la filosofía de esa parte de los sofistas que entendían la verdad como algo relativo? ¿Podemos fijar la verdad? ¿Nos quedamos dentro de los márgenes de un relativismo que nos desespera?
Ante preguntas de este tipo, es lógico que nos asalte la perplejidad. Porque a aquellas sigue otra: ¿todos tenemos conciencia? ¿Y, de qué clase es esta? Porque si tuviéramos que hacer caso a Sócrates (470-399 a. C.), el buen actuar, la virtud, tiene que ver con tener conocimiento. Y se supone que a mayor conocimiento, mayor virtud y verdad. Pero Sócrates que también era humano, duda. Y lo muestra Platón en su obra Parménides, allí relata como convencido Sócrates de que pueda haber ideas inmanentes como las de Belleza, Bondad, Virtud, no ha pensado como le insinúa Parménides que también debería haber otras como las que afectarían al pelo, la basura, «y todo cuanto hay de indecente o innoble, ¿y no encuentras la misma dificultad? ¿Ha lugar o no a reconocer para cada una, una idea distinta, que existe independientemente de los objetos, con los cuales está en contacto?»
Sócrates, contesta: «Nada de eso, con relación a estos objetos, nada existe, más que lo que vemos. Temería incurrir en un gran absurdo, si les atribuyese también ideas. Sin embargo, mi espíritu se ve perturbado algunas veces por este pensamiento; que lo que es verdadero respecto a ciertas cosas, podrían muy bien serlo de todas. Pero cuando tropiezo con esta cuestión, me apresuro a huir de ella por miedo a caer y perecer en un abismo de indagaciones frívolas».
Poco han cambiado las cosas. Nosotros también tendemos a huir de aquello que nos horroriza.
Y ¿qué le contesta, Parménides? Que es joven, que ya entenderá, que lo múltiple cabe en lo Uno, y que así como hay ideas de lo bello, lo honesto y lo justo, están las otras; esas otras, que tanto nos preocupan.


Citas y referencias:
Schopenhauer: El arte de sobrevivir. Ed. Herder, Madrid, 2013
Sócrates fue obligado por la Asamblea a suicidarse. Se puede leer Apología de Sócratesde Platón.
Parménides. Platón. Obras completas, tomo IV.Edición, traducción y notas de Patricio de Azcárate. Madrid, 1871.

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