© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


viernes, 1 de julio de 2016

GUSTAVE LE BON: PSICOLOGÍA DE LAS MULTITUDES


Pilar Alberdi

Gustave Le Bon (1841-1931) escribió entre otras obras: la Psicología de las multitudes y la Psicología de las Revoluciones.
Voy a intentar resumir ambas lecturas. Lo primero que hay que decir es que el texto Psicología de las multitudes (1896) dio base al de Sigmund Freud, La psicología de las masas (1921). Freud inicia el suyo con numerosos párrafos de aquél, distribuidos a lo largo de las primeras páginas, y sorprendentemente critica que el autor no haya dicho nada que otros no hayan dicho antes, lo que pone en muy mal lugar a Freud. ¿Si no dijo nada nuevo por qué toma tantos párrafos de Le Bon? Además, Le Bon citó en su obra sus referencias, entre ellas las del historiador Taine. Lo peor de este hecho es que al final de su texto, Freud, alabará la obra de Le Bon en dos ocasiones, y digo lo peor, en el sentido de que algo no hizo bien al principio, cuando al final no puede ya evitar darle el mérito correspondiente. Sé que estos detalles pueden parecer menores, pero no lo son. Todo lo ocurrido nos informa de lo acertado del análisis de Gustave Le Bon, que, lógicamente, escribe desde una posición burguesa y para un público lector burgués, en una época determinada, y aquí en vez de censurar ese matiz, apelamos a la interpretación que, desde otro momento histórico, el nuestro, podemos hacer, intentando sacar lo que pueda valer para este.
Hechas estas aclaraciones, doy inicio al comentario de la Psicología de las multitudes.
Ya en la introducción nos anuncia: «Los hombres se gobiernan por ideas, sentimientos y costumbres». Este pensamiento se proclama deudor de un planteamiento base para el texto general. Aunque en algún momento las revoluciones pueden ser criminales, porque la multitud puede actuar violentamente, la verdadera revolución suele estar en el cambio de ideas (hoy diríamos «paradigmas»): religiosos, científicos y sociales. Las revoluciones sociales y religiosas, por ejemplo, la Revolución Francesa y el protestantismo, nos resultan más conocidas. Las científicas que son las más lentas en producirse, son también las que al cabo del tiempo, modifican más directamente la vida de las personas.
Detrás de todas estas revoluciones, sin excepción, aunque pueden darse otras explicaciones, y Le Bon ofrece más justificaciones, la más importante, es «el descontento». Que no suele ser de un día sino de años y siglos.
El término «masa» sirve al autor para explicar un conjunto de personas que en una determinada situación pueden moverse a hacer algo con algún fin. Unas estarán motivadas conscientemente, y el resto inconscientemente; estas serán las que actúen por sugestión e ilusión.
Numerosos políticos han sabido utilizar este efecto, como fue el caso de Hitler. De quien no se tienen dudas, que leyó esta obra.
Por ejemplo, dice Le Bon, que no es lo mismo una multitud que permanece sentada que otra que está de pie. Que las marchas y los cánticos ayudan, además, a ponerla en movimiento, a que vibre al unísono. Recuérdese las puestas en escenas teatrales de Hitler, a quien Le Bon no conoció, y se verá que, además, de cumplir con estos requisitos, en general, las convocaba al atardecer cuando la gente, después de un día de faena, estaba más cansada y más dispuesta a dejarse llevar por el pensamiento de otro o, al menos, a dejar pasar ideas que quizá, en otro momento, no admitiría ¿Qué había conseguido Hitler, para conseguir su favor? Vencer el «descontento». ¿Cómo? Con créditos internacionales y promoviendo la industria militar, con lo que obtuvo un alto número de puestos trabajo. ¿Qué más aportaba? El ideal de algo grande, una gran nación alemana que nunca más sería derrotada y humillada como en la Primera Guerra Mundial, y sobre todo prometía un poder colosal. Escrito esto así, nos recuerda temas preocupantes de la actualidad referidos a la militarización de algunos países, las guerras económicas, de momento no se trata tanto de conquistar territorio como mercado, y la pretendida imposición de la globalización. Tema que no entraré ahora a valorar. Si Le Bon hubiese alcanzado a ver el nazismo, habría dicho simplemente que apelaba a los «sentimientos» y deseos más inconscientes de la gente, pero también se podría decir los más básicos (un sueldo, vivir), ya que sin estos no se puede mover a las masas. Reconozco que la palabra «masa» nunca me ha gustado y que me repele tanto como «raza», lo que no impide que yazgan ambas bajo la realidad presente, larvadas de muy diferentes modos. Para el caso también podría decir que no me gusta «multitudes», porque creo que en esta se diluye, el sentido que se le puede otorgar a «masa» y que incluye, el de cierta «manipulación», algo que incluso la prensa puede realizar con notable éxito.
Si comparamos ese tiempo, teatral en cuanto a las puestas en escena de los sentimientos públicos y su control, y las emociones públicas en los programas televisivos donde debaten políticos del presente, creo que, aunque se logran algunas emociones y mover algunos sentimientos, ante la televisión, eso de estar en casa, sentado, cómodo, y quizá picoteando algo de comida, no podrá mover muchas voluntades.
A la vieja historia del pueblo acudiendo a Versalles a buscar lo que le habían dicho que había allí, pan, alimento básico en esa época para la mayoría, y aunque pan no se llevaron, si al rey que acabó en París, hay que sumar estos datos, previos, que señala Le Bon: «el influjo de los escritos filosóficos» precedentes (Voltaire, Diderot, Rousseau…); «las imposiciones de la nobleza» que no aceptaba como iguales a los burgueses, muchos, incluso más ricos que aquellos; «el progreso científico» (el heliocentrismo, las nuevas matemáticas, la cantidad de libros que se editaron a partir del protestantismo y, en Francia, muy especialmente, la Enciclopedia y otros tipos de volúmenes sobre historia natural). Aparte de lo que ya he sumado como aclaración personal, a lo indicado por el autor, y solo para ampliar las referencias, indicaría que el único «estamento» de la población que pagaba impuestos era el de los campesinos, los pagaba al rey, y al clero a través del diezmo, y ambas eran de carácter obligatorio.
Para que se aprecie esta correlación del «descontento» a través de los años y los siglos, y esto es importante, el tiempo de duración de ese descontento, quisiera recordar a Tomás Moro, estadista inglés, quien escribió en 1515, su Utopía, la primera de este tipo, donde narraba la vida de una comunidad idealizada en la que los campesinos, aquellos de los cuales vivían todos los demás, eran respetados y cuidados en la vejez, gracias a que todos los habitantes, sin excepción, debían trabajar seis horas al día. Valga esta indicación para comprender cómo los males se perpetúan en el tiempo sin darles solución hasta que estallan.
Pero Le Bon, habla, esencialmente de Francia. Y hace una reflexión muy importante: las masas son «conservadoras». Como dice Le Bon, se «necesitan siglos para formar un sistema político y siglos para cambiarlo». Miremos atrás: ¿cuánto duró aquello que denominamos hoy «feudalismo», cuántos siglos tiene ya el «capitalismo»? Los cambios no pueden hacerse de un día para otro.
Hay una frase esencial del autor que se puede aplicar no solo a la política, sino a la literatura, a la publicidad que intenta moldear a diario nuestras vidas. Esta frase es: «El poder de las palabras está relacionado con las imágenes que evocan», evidentemente, palabras como «libertad», «igualdad», «pueblo», «patria» son apreciadas por aquellos que puedan darles valor, y no siempre representan lo mismo para todos. La palabra «patria» en boca de unos u de otros no es lo misma. Pero las palabras se desgastan, cambian sus significados y su afectación con las épocas y los sucesos, con los momentos históricos y el devenir. Esto, y está bien decirlo aquí, no lo han inventado algunos sociólogos o filósofos de hace dos días, no, ya se había utilizado en el siglo XIX, como tantas otras que también se sabían. Incluso en la antigüedad, cuando Platón apela a las Ideas innatas, no está haciendo otra cosa más que querer fijar para siempre algo, el significado de belleza o verdad, frente al caos y el horror.
Una masa es «un rebaño servil» que necesita de un «pandillero» para llevarla adelante. Así lo expresa Le Bon. El pandillero podría ser un buen pastor, pero no suele suceder así. Generalmente tiene sus intereses y está rodeado de un grupo de amigos o amiguetes que imponen su impronta, sus deseos y su moral, que puede llegar a ser todo lo baja que uno se pueda imaginar como ocurrió con el nazismo. A esto, Albert Camus, le llamó: «la moral de la pandilla».
El pandillero y sus amigos, cuando las tornas les van bien, apelan a su prestigio (ascenso), a sus victorias, y esperan obediencia gracias a los que se van sumando. Pero, y aquí está el problema, la masa no es agradecida. La masa cuando se pierde el poder que antes se tenía o cuando ve rebajado el prestigio por el que se adscribió a un movimiento, cambia de opinión. Porque la masa que es básicamente «conservadora», la que se mueve cuando ya se ha iniciado todo, la que se suma al carro del éxito, esa, solo es fiel a sí misma hasta el final. Y lo suyo, es ser conservadora.
Como hoy en día, la educación está extendida y normativizada, la variación mental que hoy podrían tener las multitudes en un territorio concreto es mínimo, ya que el pensamiento y la opinión común se parecen. Además, Le Bon, aclara: «Un líder solo rara vez se halla por delante de la opinión pública», lo habitual es al revés.
Por último, añadiré algunas líneas como comentario de La Psicología de las Revoluciones. De la clasificación de las revoluciones, ya hemos citado su división en religiosas, sociales y científicas. Un detalle, suelen comenzar por la cúspide, no por el pueblo; yo añadiría simplemente que suelen comenzar por los que tienen más conocimiento de la situación y por los que asumen la necesidad del cambio, en el caso de la Revolución francesa, los burgueses propietarios, no el pueblo que nada tenía. Los burgueses a los que les faltaba el signo de la relevancia que detentaba por entero la nobleza, porque podían tener riqueza, pero no tenían la distinción que otorgaba ser noble. De hecho, aunque proclamadas las palabras «justicia, libertad, fraternidad», la Revolución no igualó a las mujeres con los hombres, dejando a la mitad de la población sin sus derechos, aunque sí garantizó los derechos de propiedad de los hombres burgueses, después de haber expoliado parte de la riqueza al clero y la nobleza, algo que más tarde les restituiría, una cuarta parte aproximadamente, Napoleón. El cambio que se llevó a cabo desde la constitución de la Asamblea Nacional, a la Constituyente, la Legislativa, la Convención, el Directorio, el Consulado de Napoleón y su posterior coronación, las guerras en Europa con Prusia y Austria, más la expansión imperialista, ocurrió en pocos años, y fue una vuelta atrás en diferentes aspectos, aunque, sin duda un avance irreversible en otros, como en la constitución de los futuros Estados y la unión burguesía-democracia parlamentaria, superando a la de electores.
Aunque la obra de Le Bon, está dedicada a sus pares, no duda en señalar los cambios habidos en las diferentes constituciones que se fueron sucediendo. En la Constitución de 1789 el art. 1º de la Declaración de Derechos exponía que «Los hombres nacen y permanecen libres y poseen los mismos derechos»; en la constitución de 1793, Art. 3º, pasó a señalar que «Todos los hombres son iguales por naturaleza», y en la Constitución de 1795, ese artículo 3º decía, simplemente: «La igualdad consiste en que la ley es la misma para todos». Al final, ¿todos los movimientos se traicionan a sí mismos? Algo para pensar.
Un detalle importante que resalta Le Bon, una Revolución no es posible si no participa el ejército o si no se abstiene. Y no es algo que pueda ocurrir de un día para otro. Para los hechos que se han citado, habría que sumar un factor como el analfabetismo (el autor no indica nada al respecto al analizar la Revolución francesa, como tampoco toma en cuenta a las mujeres). Pero el analfabetismo de esa época era del 70% y el campesinado vivía en la miseria, mientras la Revolución Industrial y la expropiación de las tierras comunales los empujaban a las ciudades, convirtiéndolos en obreros de los grandes talleres. En su obra, El dinero (1913), Peguy (1873-1914) escribe: «Ya no hay pueblo. Todos son burgueses. Nosotros hemos conocido y hemos tocado la vieja Francia. ¿Quién lo creerá? (…) El mundo ha cambiado menos desde la venida de Jesús que en los últimos treinta años».
Me permito hacer otra aclaración que, llegados a este punto, me parece necesaria: si la Revolución del 17 cuajó en Rusia, fue por las condiciones en que vivían los campesinos, siervos hasta la segunda generación incluida, y analfabetos, la llamada «gleba» («terrón de tierra»), que se podía vender con la propiedad o por separado, de hecho, a estas personas se las vendía en los mercados de ganado. Recordemos la posición de Tolstoi, sus conflictos personales y los que mantuvo con su familia y el zarismo, que finalmente le llevan a la liberación de todos los siervos de sus tierras y a crear una escuela para ellos, así como una defensa pública de los derechos básicos.
En resumen: dos obras de actualidad, por las que el tiempo ha dejado esa sensación de que los hechos en el fondo cambian poco y que nos hablan de la manipulación, y también de cómo bajo el momento superficial de los acontecimientos hay creencias fijas que se mantienen por siglos. Creer que, porque en un momento dado pueda haber un cambio social superficial, este se consolidará, es no conocer estas leyes no escritas.

8 comentarios:

  1. «Un líder solo rara vez se halla por delante de la opinión pública», lo habitual es al revés.
    gracias un tema interesante ,comparto plenamente su opinión,
    un abrazo

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    1. Cordiales saludos, Deborah. Muchas gracias por tu opinión.

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  2. Muy buen artículo,interesante, documentado, bien escrito. Saludos.

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  3. Muchas gracias, Esteban. Aprovecho para recomendar tu blog: "Disquisiciones". Lo encontrarán en http://examenydivagacion.blogspot.com.es/
    Un abrazo.

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  4. No estudie en detalle a Freud, pero nunca me cerraron algunas cuestiones. No digo que no supiera nada pero quizá en una época que se sabía poco era fácil con un poco de idea e inventiva elaborar teorías "incomprobables" (por lo menos de forma simple).
    Tu explicación no hace más que afianzar esta idea ya que como bien decís: "estos detalles pueden parecer menores, pero no lo son", y claro que la incoherencia y contradicción es algo que no puede dejarse pasar sobre todo en este contexto y en un mismo "discurso".

    En cuanto a la interpretación filosófica, muy buen resumen, aunque no alcanza este espacio para hablar del tema pero yo creo que en el fondo las grandes revoluciones solo han hecho pequeños cambios concretos, a pesar del gran cambio todo sigue igual en la esencia. Pocos poderosos dominando a muchos pobres con una pésima distribución de bienes (riqueza). Es como bien finalizas, después de más de 227 años de la revolución francesa todavía hay esclavitud, y no hablo de la clandestina sino de las personas y países que son obligadas a realizar tareas dentro de un sistema donde las tareas son se distribuyen por la idoneidad sino por caprichos o decisiones de cierto linaje político que a pesar de no tener “sangre azul” siguen siendo la nobleza y ningún “burgues” puede aspirar a esas posiciones… mucho menos el pueblo.

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    1. En "Freud: una interpretación de la cultura", 1965, Paul Ricouer definirá a Karl Marx (1818-1883), Friedrich Nietzsche (1844-1900) y a Sigmund Freud (1856-1939) como "los filósofos de la sospecha" frente a "los filósofos de la afirmación". Mientras que los segundos daban por aceptado lo recibido, los tres primeros lo pusieron en duda. Sin ellos, quizá no pensaríamos como pensamos hoy.
      Tres libros fundamentales para comprender su aporte serían: "Manuscritos -Economía y filosofía" de Karl Marx, "Genealogía de la moral" de Friedrich Nietzsche, y varios de Sigmund Freud, pero de manera especial "El malestar en la cultura.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un saludo.

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