© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


jueves, 14 de julio de 2016

Griselda Pollock: Jean François Millet



Pilar Alberdi

«Entender la obra de Jean François Millet (1814-1875) ―explica Grisselle Pollock― supone entender la centralidad que concede al campesino y a las labores del campo» (…) «Al observar sus figuras de campesino, no se acaba de saber si estamos ante una invitación a adentrarnos en un idílico mundo rural de armonías pastoriles o ante el manifiesto sobre lienzo de un defensor del socialismo humanitario».
Jean François Millet nació en Gruchy, en Normandía, en una familia campesina. Es allí donde aprende latín con el párroco del lugar y en dónde un par de pintores valorará positivamente su incipiente obra. Evidentemente, no era una familia campesina convencional. Su madre tenía dotes artísticas. Su padre era organista y calígrafo. Uno de sus hermanos fue cura, otro médico, un tercero hizo un viaje alrededor del mundo. El propio Jean tomará rumbo a París, repitiendo la historia de cientos de miles de campesinos, obligados por los bajos rendimientos económicos de las cosechas y las expropiaciones, a acudir a las ciudades con el fin de encontrar un futuro en las nuevas fábricas, los talleres y comercios, no menos que en la burocracia estatal. Así fue la realidad que se encontró: «Y París, negro, lleno de barro y de humo, donde llegué una tarde, fue para mí la más penosa y decepcionante de las sensaciones». Un mundo comenzaba, allí donde otro había acabado.
En París intentó abrirse paso como pintor. Pero, ¿qué burgués querría adquirir cuadros con motivos de campesinos, pintados por alguien que, además, se consideraba un campesino y no renegaba de su origen? La ciudad le pasa rápidamente factura: para sobrevivir acaba pintando desnudos de mujer. Para entonces su primera esposa había fallecido a causa de la tuberculosis. Todavía después, formalizaría un segundo matrimonio.
La Revolución de París de 1848, igual que el resto de revoluciones que se sucedieron en un corto período de tiempo en otras ciudades europeas, le abre las puertas del Salón, que por primera vez en 1849, no impone un criterio previo de selección.
Sin embargo, la ciudad no puede dar lo que promete: felicidad. Por eso, toma la decisión de volver al campo. Elige un pueblo: Barbizon. Allí encontrará lo que buscaba y se creará una escuela de pintura que será representada con ese nombre. Escribe en una carta sobre su forma de vida: «Me dirá que esto siempre es soñar y un sueño triste, aunque delicioso. Uno está sentado bajo los árboles, sintiendo un gran bienestar, toda la tranquilidad de la que cabe gozar, ve uno venir por un pequeño sendero a una pobre figura cargada con un haz de leña; el modo inesperado y siempre asombroso en que aparece esta figura remite instantáneamente hacia la triste condición humana, hacia la fatiga». El pintor se somete y reverencia aquello que pinta. Su intención recorre por entero su proyecto: «Ojalá pudiera hacer sentir a los que miran lo que hago, los terrores y esplendores de la noche. Ojalá pudiera hacerles oír los cantos, los silencios, el ruido del aire».
Del natural, toma bocetos que luego pinta en el taller. Nunca trabaja sobre un solo cuadro sino sobre varios. A todos les da esa profundidad y ese aire envolvente propio de los atardeceres. Las figuras suelen ser más oscuras que el entorno que las rodea; las líneas del horizonte se mantienen a los lados para dar profundidad. Su pintura no refleja lo que pueda ver un visitante de un pueblo del interior, sino lo íntimo, lo que sucede allí, lo que solo pueden ver algunos, lo que merecería ser llamado a ocupar el primer plano, por ejemplo, al pie de un árbol un campesino realiza un injerto; en otra imagen, una niña juega y abraza las piernas de sus padres; en una más, las espigadoras, condición de los más pobres, de los que nada tienen, recogen los restos de mies de entre los terrones soleados de la tierra. Hay una imagen que sublima a todas: la pareja campesina que reza con la cabeza baja a la hora del Ángelus.
La ciudad atrapa y domina, contrae el espíritu, quizá por eso se busca liberar al ser con salidas al mar, a los grandes parques públicos, al campo. La pintura también cumple así su nuevo destino. Todo la favorece. Las pinturas al óleo comenzaban a venderse en pomos, y los caballetes portátiles facilitaban la salida al aire libre para pintar. También la lectura está en su apogeo. Con Millett y quienes le siguieron se afianzó el Realismo. Luego llegarían los Impresionistas, quienes también admirarían las obras de los que no fueron corrompidos por los nuevos tiempos. La enorme influencia de Millett, llegará hasta los cubistas. Dalí le dedicará varios reconocimientos, muy especialmente, algunas obras, recreando a su admirado Ángelus.
A veces, bastan unas palabras para definirse, quizá pocas como estas de Jean François Millet expresen su confianza en los temas que pintaba: «Creen que me pueden domar, que pueden imponerme el arte de los Salones, ¡pues, NO! Campesino nací y campesino moriré… Permaneceré firme en mi terreno, sin retroceder ni un zueco». Y así lo hizo. Sobrevivió gracias a las compras que de sus cuadros hicieron algunos amigos y pequeños coleccionistas. No muchas décadas después, comenzaban a revenderse o subastarse a precios exorbitantes. Para entonces, él había fallecido y sus descendientes continuaban siendo pobres, de ahí que reclamasen una parte de esos derechos. Es lo que tiene el comercio, que no entiende lo que vale realmente el arte: una vida, muchas vidas, tantas horas de dedicación y estudio.
Algunas de sus obras más influyentes pueden verse en el Museo de Orsay de París. Solo en dibujos se conservan más de seiscientos.
Aquí los nombres de algunos de sus cuadros más conocidos: Pastora con rebaño, El cribador, Ángelus, La batidora, El sembrador, Mujer de la lámpara cosiendo



Palabras de la contraportada:
«Misticismo bíblico, nostalgia de una infancia rural, conservadurismo pastoral, expiación burguesa, agrarismo revolucionario… ¿cómo entender esa majestuosa presencia del campesino y de las labores y horas del campo en la obra de Jean François Millet (1814-1875)»

La editorial: Casimiro.

2 comentarios:

  1. Gracias por hacernos conocer a esos otros artistas, que aun no siendo los típicos en boga, son personas con una gran calidad humana y un conocimiento profundo del mundo que los rodea.
    La sencillez y humildad de sus obras nos acerca a esa realidad que solo la percibe el que la vive.
    Un saludo
    Juan

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  2. Gracias, Juan, por tu comentario.Por aquellos tiempos, el "campo", "los pequeños pueblos" fueron desposeídos en favor del industrialismo y la ciudad; el siglo XXI, presumiblemente, por diferentes factores económicos (desindustrialización, capitalismo sin patria) y sociales (inseguridad,violencia, posibilidad de trabajar desde cualquier sitio gracias a las facilidadaes que genera Internet, mejor calidad de vida en el campo) provocará en Occidente el camino inverso.
    Cordiales saludos.

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