© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


sábado, 23 de julio de 2016

Escena con nietos



Pilar Alberdi

Voy a contarles una escena que podría repetirse en cualquier hogar español. He preferido definir el país para que se pueda comparar con otros. Sin duda, es posible con aquellos que tienen unas creencias similares, una posición económica y política parecidas.
Tenemos un manojo de nietos que van de los tres a los once años. Un regalo de la vida. No sé qué tal versión de abuelos somos con mi esposo, pero intentamos ser accesibles. Y, ahora, que ya peinamos cabellos blancos, ser así, no es poca cosa. Sumamos a eso, pequeños detalles como que mi esposo se desviva para conseguir suficientes cohetes, petardos, buscapiés para armar (quiero dejar constancia de que nuestros vecinos, vivimos en un barrio de casas bajas, no se quedan atrás) una buena traca para Año Nuevo, fecha en que siempre nos reunimos en familia. Sin ser chinos ni poner en movimiento dragones, queremos que los dioses se enteren de que ha comenzado el año y seguimos aquí. A las estrellas, ya sabemos que no alcanzaremos a perturbarlas. Los dos, hacemos hueco en vacaciones para que los pequeños de la familia colaboren en la cocina, algo que les encanta; con el abuelo hacen pasta fresca y le ayudan a preparar las tartas. Conmigo, preparan las comidas habituales. Nuestros pequeños ayudantes, muy atareados el resto del año con las tareas escolares, en vacaciones de Navidad, Semana Santa o en verano, nos ayudan lo mismo a picar pimientos que cebollas o pasar las croquetas por huevo y pan rallado. Y, además, saben respetar e incluso organizar los turnos. De tal modo que son capaces de hacer confluir sus juegos y la cocina.
Pero yo quería contarles otra historia, no ésta. Ocurrió hace poco, en Madrid, en donde coincidimos hace un par de semanas, y nos reunimos en familia. Estaban los cinco nietos sentados en un amplio sofá, habían estado jugando con sus tablets y cerca ya de la hora de cenar, mi hija les pidió que dejasen ya de jugar y pusieran en el televisor dibujos animados. Obedecieron. Yo que estaba detrás, sentada a la mesa del salón, mire con ellos un par de dibujos animados, mientras pensaba que no estaban logrando llamar la atención de los niños, puesto que el más pequeño, se sentó en el suelo y comenzó a levantar una estructura con piezas de colores de esas que imitan ladrillos. Pronto se ofreció a ayudarle otro de los pequeños, y entre ellos se pusieron de acuerdo para seguir adelante con el juego. Mientras los niños mayores conversaban, la televisión seguía emitiendo imágenes y sonido, realmente, para nadie. Bueno, para mí que la estaba mirando. En los dibujos, un muchacho que se las daba de «muy listo» resolvía un caso de tipo detectivesco, mientras trataba de tontos al resto de sus compañeros y a los adultos. El segundo programa de dibujos animados erasobre una patrulla de perros. Entre conversaciones e imágenes a las que no prestaban atención, los niños mayores decidieron poner otros dibujos. Eran de esa clase de dibujos animados con violencia gratuita, superioridad mal entendida, un poco como una de las series anteriores pero de manera más grave, había armas, golpes y malas contestaciones, algo así como aquellas series de El gordo y el flaco o Los Tres chiflados que veíamos nosotros de niños, pero en plan más violento. Me pregunté si las cadenas de televisión no deberían elegir bien los programas que compran, así que cuando mi hija volvió a aparecer, le dije:
—No sé qué opinarás, pero o yo he perdido la costumbre de ver dibujos animados o estos son muy violentos.
Mi hija los miró un minuto y dijo: —Pero, ¿cómo podéis ver esto? Mejor una película.
—Vale —contestó uno de los niños mientras comenzaba a buscar una película. ¡Ay que ver lo hábiles que son con las nuevas tecnologías! Pasaron varias películas y yo vi la carátula de Narnia. Justamente había estado hablando con mi nuera sobre ese libro, y entonces ella me recordó, que ya se lo había pasado para que lo leyera la niña.
Cuando vi que ponían Narnia, me alegré y pensé: «¡Qué gran historia!», y me dispuse a disfrutar del momento como una niña más. Y entonces ocurrió… La primera secuencia comienza con la insinuación de que hay una guerra, y unos niños —los protagonistas— están preparando maletas para hacer un viaje; luego se ve una estación de tren a donde los llevan y allí muchas madres (algún padre, los demás deben estar en la guerra) que los ayudan a subir al tren y los despiden. No hay demasiadas lágrimas, la contención dramática está bien conseguida, tanto que se parece poco a las verdaderas escenas de este tipo que hemos podido ver en documentales, por ejemplo, como cuando durante la Guerra Civil Española se enviaron niños a Francia, Inglaterra y Rusia. Sin embargo, nuestros nietos que poco antes se habían manifestado tan desafectos a dibujos animados que no lograban llamar su atención, comenzaron a moverse e inquietarse y a hacer preguntas sobre lo que les ocurría a los niños de la película: «Pero, ¿a dónde van?», «¿Por qué se marchan solos?», «¿Por qué no van las mamás?» Y cuando mi nuera y mi hija se acercaron, ellos volvieron a preguntar, alguno ya puesto en pie, como reclamando justicia, por favor, qué era eso de mandar a los niños lejos, y, además, solos.
—Mamá, ¿y tú qué harías? —preguntó el que estaba en pie, y que unos días después cumpliría seis años.
Para entonces yo les había explicado que se trataba de una guerra y que los adultos intentaban poner a salvo a los niños. También les dije que eso ocurría hoy en día.
Entonces mi hija, me miró, intentó ponerse al tanto en un par de segundos de lo que ocurría, y tomándose tiempo para reflexionar, dijo:
—¿Yo?
—Sí, ¿nos mandarías solos? —insistió otro de los niños.
Mi hija, contestó: —No, nosotros nos iríamos juntos.
Mi nuera, que acaba de acercarse, también fue interpelada y contestó de manera similar.
Los niños se quedaron en paz. Los que se habían puesto en pie, tomaron asiento. Había una solución mejor que la de mandarlos solos, si ocurriese algo, existía la posibilidad de marcharse juntos. (Al menos, y esto es lo que estaba en el aire: lo intentarían. Y en esa promesa implícita estaba la solución), y la reflexión había sido elaborada, con preguntas de los niños y respuestas de los adultos.
Para entonces Lucy, jugando a las escondidas, había entrado en el gran armario de la mansión, se había desplazado entre abrigos de piel y, de repente, estaba en el maravilloso mundo de Narnia, nevaba, había farolas de luz encendidas y pronto apareció el fauno.
Como era el momento de cenar, se apagó el televisor. En la mesa no se habló más del tema. Además, los niños, a esa hora de la noche suelen estar muy cansados y, los padres, agotados.
Pero ahí estaba lo evidente, unas escenas de Narnia habían logrado lo que no habían conseguido los dibujos animados, mover sus conciencias, les habían obligado a enfrentarse a la realidad que vivían otros niños, a un problema concreto que sucede también en el presente y que, sin duda, les pareció muy grave.

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