© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


viernes, 11 de noviembre de 2016

PAUL VALÉRY: FILOSOFÍA DE LA DANZA




Por: Pilar Alberdi

«Se reúnen aquí tres textos en los que Paul Valéry busca desentrañar el misterio de la Danza, un fenómeno humano que lejos de ser mera diversión es un arte merecedor de todo el respeto por cuanto, entre otros valores y méritos que le son propios, reflejaría mejor que otros el misterio mismo de la creación artística».
Los tres textos de Valéry se corresponden con una conferencia pronunciada en un centro cultural francés a modo de presentación de la bailarina española, Antonia Mercé y Luque, conocida como La Argentina; el segundo corresponde a un capítulo de su obra Degas Danse Dessin, y el tercero, es un diálogo a la manera platónica, a través de las voces imaginadas de Sócrates, Fedro y Erixímaco.
Acompañan a los textos varias imágenes correspondientes a frescos, estatuillas y pinturas de bailarinas de tiempos griegos, romanos y actuales.
El libro lleva el título del primer texto. Con la habitual elegancia y distancia estética, siempre contenida, filosófica sin duda, que le caracteriza, Paul Valéry, sabe entrar a explicar qué es la danza, por qué atrae y estimula, porque es un regocijo para el espíritu de materia siempre tan delicada. Probablemente intuye que para una corta introducción que de paso a la danza de una bailarina, aunque se hallen en un salón cultural, no debe dejarse atrapar por la otra melodía, la de las palabras, que le llevarían a otra danza que conoce bien. Sin embargo, tiene claro que la danza «no se limita a ser un ejercicio, una diversión, un arte ornamental y, en ocasiones, un juego de sociedad». Recoge también un exceso de potencia, de vigor, de deseo de ir más allá de los pasos habituales, de exuberancia.
«Nuestros actos son finitos», dice. Sabiendo que unos nos llevan a otros sin cesar. Se admira de los animales que no se desasosiegan, que saben prestar atención a lo que sea verdaderamente fundamental para ellos. Piensa en esa vaca que pasta en un prado, a la que llega el murmullo de un tren para el que no dispondrá ni su mirada, mientras su hocico vuelve a tocar la húmeda hierba. En la vida de los hombres todo les distrae, lo superfluo y lo importante.
Pero, ¿los animales no danzan?, se pregunta. Por supuesto que sí, a su manera. Ahí, los juegos de los cachorros, el galanteo de los adultos; también, sí también, nuestro ideal antropomorfo confiriendo cualidades humanas a todo. ¿Serán juegos o cómo deberíamos llamarles? ¿Es danza? Entonces, ¿qué tipo de danza?
«Le parece que esa persona que baila se encierra, de algún modo, en una duración que ella misma crea, una duración hecha toda ella de energía instantánea, hecha de nada que pueda durar». Lo que desaparece, eso es la danza. Forma parte de esas cosas que son sublimes, que pueden repetirse pero que nunca serán iguales, que evocan, que crean mundos mágicos igual que la música. «Ese cuerpo parece haberse desprendido de sus equilibrios habituales», explica, «recuerda una peonza que gira sobre su punta y que reacciona con viveza ante el menor golpe», y luego, todo ese imprevisto que no es tal, que es cuidada perfección practicada cada día para que parezca espontánea.
Tuvo que ser glorioso ver bailar a La Argentina después de oír palabras que portaban la danza, que la asumían letra a letra, que deleitaban ya por su melodía.
En el segundo de los textos volveremos a sentir con renovada intensidad cómo la danza es exuberancia de vigor, cómo esos juegos de figuras parecen detenerse y con ellos detienen también el tiempo, cómo lo mágico sigue de puntillas a los bailarines, y cómo el «placer de danzar» se une al «placer de ver danzar».
Finalmente, el diálogo que ocupa el tercer texto, permite al escritor expresar sus opiniones a través de otros alter egos.
Al leer estas páginas, he recordado otros aspectos sociales que no están expresados aquí, pero que necesitarían su tiempo de análisis. La importancia de los bailes populares, y aquellas primeras danzas de la humanidad que como un lenguaje simbólico cruzaron generaciones.
También he recordado un dato que leí hace poco tiempo. La visita de Luis XIV a territorio español, en 1660, para asistir a un casamiento real en Lapurdi (País Vasco), provocó que viese cómo se le rendían honores a través de danzas vascas. Así, cuando en 1661, este monarca decide la creación de una academia real de baile, manda a llamar a los danzantes que había visto, y de ahí, que la danza académica incluya en las danzas de ballet, dos pasos que aportaron aquellos bailarines de Lapurdi, el «pas de basque» y el «saut de basque». Porque la danza es también y muy especialmente, comunicación y los aportes de unos y otros pueblos se pueden encontrar en aquello que hoy podemos apreciar con alegría.

Palabras de la contraportada:
«Ese cuerpo que baila parece ignorar lo demás, parece desconocer todo lo que le rodea. Es como si se escuchara a sí mismo y nada más que a sí mismo; como si no viera nada y sus ojos sólo fueran unas piedras brillantes, esas joyas desconocidas de las que habla Baudelaire, luces que de nada le sirven.
Será que la bailarina está en otro mundo, que no es el que se aparece ante nuestros ojos sino el que ella teje con sus pasos y construye con sus gestos».

La editorial: Casimiro libros. www.casimirolibros.es
Podrás encontrar esta obra en librerías a partir del 14 de noviembre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por dejar tu opinión.