© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


viernes, 30 de septiembre de 2016

LA NOVELA DE LA QUEJA




Pilar Alberdi


Son las seis de la mañana y mientras espero a que amanezca para salir a caminar, veo luz en las ventanas de las casas de enfrente, a las que habitualmente llamamos «la casa amarilla» y «la casa rosada». Mientras tanto, en la calle lateral, en «la casa blanca», el gallo de otra vecina canta y nos trae un rumor a campo. Comienza temprano, antes de que haya una ápice de luz o una «mijilla» como dicen por aquí, en Málaga, es decir sobre las 5:05 AM, y a mí me gusta saber que está ahí, con su reloj natural compitiendo con nuestros modernísimos despertadores, ¿o deberíamos llamarlos «amansadores»? A fin de cuentas son esa especie de látigo con el que nos levantamos cada mañana.
Hoy quiero hablar de un tema que me preocupa y al que llamo, así me he oído definirlo esta mañana, mientras lo comentaba con otra persona, como «la novela de la queja». ¿Qué tipo de obra es esta? ¿A qué me refiero? Se trata de una narración, generalmente en primera persona, en la que, en primer lugar es casi imposible, en realidad es imposible encontrar un oxímoron, una comparación que deleite o sorprenda, una personificación, en fin, algo que nos remita a los recursos literarios o estilísticos de los que tan buen uso hicieron anteriores escritoras y escritores, que si por algo hablamos de literatura es porque, además de contarnos historias, la forma de expresión quiere escapar a la común, pero no solo en la forma también en el tema.
Para mí, lo más asombroso de este tipo de escritura, ahora que se puede aprovechar que algunas editoriales permiten la lectura de las primeras 10-20 páginas de las novelas que ofrecen, es que el narrador o narradora ya sea francés, inglés o chino, suene igual y se enrede verbalmente en un decir de pocas cosas, reiteradas una y otra vez, que nos recuerda la vieja historia de un trompo que una vez lanzado en un cierto lugar da vueltas y vueltas hasta que al fin se detiene. Tengo para mí que estos autores han tenido suerte de publicar demasiado jóvenes y se han olvidado de leer a los clásicos. Voy a poner un ejemplo, si comparo tres de los últimos escritores que he mirado (lo dicho, esas primeras páginas que ofrecen algunas editoriales…) y en algún caso, algunas más, encuentro a una escritora que habla de su día a día, un inglés que nos relata escatológicamente su vejez, porque evidentemente es la suya, y un chino que es incapaz de ofrecerme la idea clara, por ejemplo, de lo qué es un arrozal. Precisamente él, que debería poder transmitirme esa cuestión como el que más o al menos describirme la emoción o el tipo de sentimientos que conlleva ese concepto en lo que fue la vida del personaje en una aldea, símil de la que fue la del autor en la suya.
Mi interlocutor, apabullado por mi discurso mañanero, me pregunta si no será un problema de traductores. Creo que con buen tino ha evitado preguntarme si he dormido bien. Por supuesto que he dormido bien, añadiría que muy bien. Por tanto, contesto que no, que no creo que sea una cuestión de traductores, sino de «parecidos».¿Algo se vende? Entonces parece que surge una orden que dice: «haz más de lo mismo», incluso, «plágiate a ti mismo». ¿Y el estilo? «¡Ah, eso!», dirán algunos, «pertenece al pasado». El estilo parece en estos casos simple repetición. Podría decir, sin mucho temor a equivocarme, que la suerte está echada. ¿Es prosa? Sinceramente parece exagerado llamarla así, «¡prosa!», si hasta parece que le cae pomposa la palabra, puro arrebato de un barroquismo inexistente. Además si uno mira el significado de «prosa» en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua puede quedar alelada, en la primera acepción se refiere a palabra habitual y en la sexta a palabrería. ¿Estaré yo equivocada en mis apreciaciones o estarán otros? Pero sin extendernos más sobre la palabra en cuestión, parece, además, que tampoco se llevan los «sentimientos», eso a mí me lo dijeron hace mucho, pero tuve la suerte de no haberlo creído nunca. Mi suerte ha sido, precisamente, la de intentar ser coherente, algo muy difícil en estos días.
También hay un tema de valores, probablemente, sí, sin duda. A la escritora que se ha quejado de realizar tareas domésticas cuando preferiría estar escribiendo y, me pregunto, a qué mujer escritora o con otra profesión o con otros deseos de hacer cosas no le ha pasado eso, que se ha realizado un aborto en condiciones difíciles, qué mujer que haya optado por esa opción no ha pasado por una situación dramática, que ha engañado a su marido con un amante, que se ha quejado de sus hijos, a esto últimamente le llaman el «salir de algunas madres del armario», que ha reconocido por fin cuál era o no era su clase social, aquella de la que salió y a la que devuelve, no vuelve, entiéndase bien, un reconocimiento, la llaman feminista, valiente e independiente. Al inglés, no sé que le llaman, no tengo esos datos, y al chino tampoco.
Pero, la pregunta esencial es: ¿estamos hablando de valores o de quién impone los valores o mejor «determinados criterios» que han de ser reverenciados porque parecen hijos de la época, porque tienen mucho de «postureo» o porque se ponen de «moda» y eso vende?
Con respecto a la literatura francesa, sinceramente, añoro ese pozo profundo de tesoros escondidos que podía darnos Margaritte Duras en El amante. En un artículo que salió en prensa por aquella época en un periódico español, ya ni me acuerdo el nombre del autor, la llamaron «la gran puta». En fin, todo lo que ha llovido desde entonces. Nadie se atrevería a decir algo así hoy en día. Incalculablemente grandiosa, mi querida Margeritte, y qué no podríamos decir de Colette, maravillosa también, con un mundo propio como pocas, o Margaritte Yourcenar, esa francesa de ultramar que no escribió su mejor libro hasta que tuvo la edad de su personaje, aunque se pasó toda la vida tomando notas y estudiando al protagonista de su novela. El resultado: Memorias de Adriano.
Sí, estoy de acuerdo, todo depende de la opinión de cada quien. Así que dicho lo dicho y reflejada aquí mi opinión, la opinión de quien esto suscribe, una siente que algunos han olvidado lo que debería ser la literatura, al menos aquella que se espera que sobreviva al tiempo del vecindeo o de las pláticas frente a las frías paredes. Y ya no quiero acudir al Diccionario de la Real Academia de la Lengua para leer qué dice sobre «literatura» porque me puedo llegar a dar un susto. En fin, voy, y qué encuentro en la primera acepción: «Arte de la expresión verbal», bueno, no está mal si dentro de la palabra «arte» cabe todo lo que imagino.
Sinceramente, lo cierto es que aquello de inicio, nudo y desenlace también está desapareciendo. ¿Dónde están las grandes obras? ¡Quien lo sabe! De vez en cuando aparece alguna, solo muy de vez en cuando.
A veces, hay que tener cuidado con los consejos de los escritores, Stephen King pedía quitar los adverbios, y prefería las frases cortas. ¿Las hace mejor ser cortas? No. En la variación estará el acierto. Ya por quitar, hoy, lamentablemente se quitan hasta los adjetivos. Hay quien insiste en frases sin sustantivos. ¿Y qué queda? Esto al margen de quienes no ponen signos de puntuación, ni comillas o guiones de apertura de diálogo. ¿Con qué palabras se dirán los hechos, cómo se reflejarán los puntos de vista y las emociones? «¡Mon dieu!», pienso.
En fin, lo primero que debemos recordar es que ya casi nadie lee, y esto nos consuela menos que todo lo anterior, que la filosofía ya no se da en los institutos, por tanto, pronto se pensará menos, y lo segundo que este tipo de obras, las de la queja, está dirigida a gente que tiene todo el día la cabeza baja mirando en sus teléfonos móviles los mensajes de WhatsApp y otros programas, donde se utilizan frases cortas y palabras incluso recortadas. ¿Entonces? Evidentemente, toca resistir. El gallo de mi vecina lo sabe y yo también, los dos nos acostamos a la hora en que lo hacen todas las gallináceas, como ordena sabiamente el refrán, para levantarnos muy temprano sintiéndonos (algunos días especialmente) verdaderas águilas.
Así me debía sentir yo esta mañana cuando mi interlocutor me escuchaba antes de amanecer toda una larga disquisición sobre la literatura y lo que he dado en llamar «las novelas de la queja».
En fin, más tarde, después de mis cinco kilómetros de caminata mañanera, regresé más sosegada. ¿Qué me consoló? El mar, por supuesto. En el trayecto me crucé con unas treinta y cinco a cuarenta personas, intercambié algunos saludos con los conocidos, miré con simpatía a los perros que llevan a pasear diariamente a las personas y también a algún gato solitario, vi un velero de unos veinte metros de eslora a pocos metros de la playa y pensé qué agradable sería estar ahí, durmiendo todavía, mecidos por las olitas como en una cuna y al mediodía desprenderse de ese crisol de bienandanzas marinas, de esos sueños, y bajar con una barca a la playa para almorzar en un chiringuito, y luego volver y seguir viaje, o al menos continuar con alados y brillantes sueños marineros.
Por último, recogí algunos bulbos que regalaban en sus tallos mustios, después de la floración del verano, unos lirios bellísimos que nacen justo al borde de la carretera de tierra y grava, ya del lado de la playa, o del otro lado junto al césped que intenta crecer a modo de vereda frente a la primera línea de casas. Así llegué, como siempre, hasta un pequeño varadero que hay por el camino de la costa hacia el Este, y allí volveré otra vez mañana, probablemente, con otros pensamientos.
Por el camino, una pequeña hoja de dibujo cuadriculado, cubierta en parte de polvo, que estaba a punto de pisar, logró que me detuviera un instante. Mostraba escrito un número de teléfono, y claro, fue fácil y ustedes lo comprenderán sentir la tentación de levantarla, llamar a ese número o simplemente no llamar y… Sí, lo han adivinado, cuando vi la clara invitación a escribir una de esas «novelas de la queja», a tirar de ese hilo en el que se adivinaba una historia en las que yo también podría caer irresistiblemente, desistí. Evidentemente, no sería difícil empezar un tema por ese punto y volver al día siguiente para saber si el papel seguía allí o si otra persona tuvo la misma idea y lo levantó. En fin, era tan clara la tentación y a la vez la amenaza de escribir por escribir, que como comprenderán no caí en ella. Espero ideas mejores.
Lo dicho: mañana será otro día, y el gallo y yo, ¡qué duda cabe!, que nos acostaremos temprano como las gallináceas volveremos a levantarnos con la sensación de ser dos águilas.

6 comentarios:

  1. Dices, Pilar, que cada vez se lee menos. No se si esto es cierto,aunque yo tengo la misma sensación. Por otro lado hay algo que me inquieta, el nivel de mucho de lo que se publica. Últimamente, cada vez que visito una librería salgo de la misma con dos frases rondando mi cabeza: "Hoy, hasta el más tonto escribe un libro" y "Hay libros que no merecen ni el papel en que están escritos".
    Tal vez sea una cuestión de intolerancia y envidia por mi parte. Envidia causada por la gran dificultad que tengo de plasmar por escrito lo que me pasa por la cabeza. Tendré que trabajar sobre ello.

    En todo caso mi respeto y envidia sana hacia quienes sabéis desenvolveros, con un buen nivel, en el arte de la escritura.

    Un abrazo.

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    1. Saludos, Ángel.
      Aporto algunos datos, en esta encuesta de 2012 se decía que los españoles leían 10 libros de promedio al año http://www.20minutos.es/noticia/1301895/0/espanoles-leen/media-diez-libros/anuales/ En el mismo artículo se dice que es una cifra superior a la de 2010. Sin embargo, a partir de entonces hay un claro retroceso.
      En esta encuesta de 2015 se dice que el 35% de los españoles no lee nunca o casi nunca y cuando se le pregunta por qué, contesta que porque no le gusta.
      Solo un año después, en julio de 2016, es decir, hace poco más de tres meses, la cifra de los que no leen alcanza al 40%. http://www.elmundo.es/cultura/2016/07/06/577d265b468aeb9b628b4583.html Y la mayoría de los que leen dicen leer entre dos y cuatro libros al año.
      Saludos.

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  2. Es muy interesante tu reflexión, muchas cosas que aquí dices las comparto. Esto que comentas me recordó que no hace mucho recibí una oferta de un autor de "ayuda para escribir un best seller"(de los muchos que proliferan sobre el tema), ofreciéndome su ayuda, por supuesto, la ayuda era para él, tenía que comprar su libro, con la garantía de hacer libros como "churros" y de éxito.
    En cuánta banalidad y falta de creatividad y sobre todo, ausencia de verdadero amor por escribir, ha caído esta sociedad consumista sin verdadero interés por el arte literario ni la lectura. La inspiración parece que versa sobre los mismos "manidos" (como bien dices) temas.
    Y es escribir por escribir; comprar por comprar; hacer por hacer; hablar por hablar...
    En fin, querida Pilar, menos mal que no todo está plagiado o aburrido con el simple ánimo comercial, de vez en cuando, aún sale algún autor interesante que merece la pena leer y en el que podemos apreciar ese oficio tan hermoso del escritor que sí lo es en su pura esencia.
    Leerte siempre me aporta algún sabio pensamiento. Un placer, Pilar.
    Abrazos.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Clarisa.
      Sigamos en la tarea.
      Un abrazo.

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  3. Amor por escribir, pozo sin fondo tesoros allí buscando salir. Dejar fluir. Leer, escribir. Es simple, no hacer demasiado caso a los consejos de otros, tampoco ignorarlos. Calma, mirar con los ojos del espíritu.. Tranquilamente, ..Pilar Alberdi, ahora te comprendo un poco más. Con respeto ,sigilosa, trato descalza de entrar y comprender. Sheee! Por favor,espera, permite. Gracias por escribir y compartir.

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  4. Agradecida por tus palabras. Comprender, de eso se trata; a los otros, a la vida, a uno mismo. Es una búsqueda eterna, y sí, hay silencio y búsqueda de paz, de autonomía también, y de sentido.
    La cultura es un tesoro, un punto de encuentro.
    Gracias por regalarme tu tiempo, tus palabras y tu visita.

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