© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


sábado, 17 de septiembre de 2016

EL VOTANTE FRUSTRADO



Pilar Alberdi

El votante frustrado tiene el mismo rostro en todas partes. Se puede llamar Lucía o Juan o tal vez Antonio o Rosario. Da igual. Se le reconoce fácilmente: es el que se acerca a las urnas con paso titubeante, como si se tratara, ese artefacto de plástico transparente ante el que se presenta, de una eventual bomba de relojería capaz de estallar unas horas después.
El votante frustrado, todo hay que decirlo, no tiene necesariamente rostro de votante frustrado, pero como el que es tímido tiene esa sensación de que todos lo saben, de que algo le retrata, quizá la forma en que mira las papeletas o la forma en que ha cerrado a su espalda la cortina de la pequeña cabina electoral; el votante frustrado, intuye, percibe la sensación de que los ciudadanos que se encuentran tras la mesa electoral y que mirarán su documento y dirán su nombre en voz alta, lo saben.
No se siente único, pero si tremendamente desengañado. Se pregunta si la pérdida de su fe es obra exclusivamente suya por tanto pensar o por estar atento a lo que se dice en los medios de comunicación, a los que desmenuza entreviendo los intereses que defienden y, por eso, no con cierto resquemor admira, no sabe si esta es la palabra adecuada para lo que quiere describir, a los que son fieles a un partido, quizá el partido de toda su vida, aquel al que comenzaron a votar cuando por fin cumplieron la edad de conducir un coche.
Los partidos, se han levantado siempre sobre altares en donde se dividía lo más sagrado, la unidad, frente a un «nosotros» y un «ellos».
Observa esto que se ha dado en llamar democracia representativa y su situación le impide dejar de hacerse más y más preguntas: ¿de verdad estamos ante una democracia o más bien deberíamos hablar de formas cercanas a oscuras timocracias? Tiene miedo de que se le desmoronen los muros del templo ideal en el que había creído, porque ella o él, en el fondo quiere ser creyente: «Haz como tu vecino. Mira qué feliz va tu vecino o tus compañeros del trabajo o algunas de tus amigas a votar. Ellos votan felices o con ira, pero tú, mírate, tú votas con el corazón encogido, frustrado, ¡claro que sí!, ¿a quién vas a votar? Has comenzado a perder el respeto a quienes con altos sueldos y grandes beneficios, se pasan el tiempo mirando sus teléfonos móviles en sus butacas del Congreso de los Diputados o en el Senado».
Es verdad que al votante frustrado se le podría llamar escéptico, sí, cuando uno pierde una cierta clase de fe, la que sea, en qué o quién sea, se vuelve escéptico, y deja que la forma exterior, la inercia pura del movimiento, ocupen su lugar, sin participar de ello.
Bien saben los desesperanzados lo que darían por una esperanza, especialmente por esa clase de esperanza que habla de verdadera solidaridad, pero ni siquiera escrita así con minúscula, sino con mayúsculas.Así piensan él o ella, los Rosarios o los Antonios de turno de la Historia.
En realidad, el mayor temor de un votante frustrado no es encontrarse con otro que lo es, a fin de cuentas «un viento reconoce otro viento» como dice el refrán, y juntos se saben vivos, sino con uno que no lo sea, que se mantiene activo en un alarde de gestos y consignas y reverencia al jefe o jefecillos de turno.
El votante, la votante frustrada sabe que ha perdido el horizonte de esperanza, pero no su territorio personal sobre el cual se sustenta y puede pensar. Pensar le hace más libre pero no más efectivo en sus deseos.
Hace ya muchos siglos, Francis Bacon, un entusiasta de la ciencia y de todo lo que esta pudiera ofrecer esta en el futuro, se quejó de los «ídolos». Según él, había cuatro, los de la «tribu» (las ideas recibidas), los de la «caverna» (la personalidad como resultado del ambiente), los de la «plaza pública» (interpretaciones, mentiras, mediasverdades), y los del «teatro» (las opiniones de lo que se considera «autoridad» y que se aceptan acríticamente). Admirable la sabiduría de aquel señor sobre temas que hoy muchos ignoran todavía, pese a tenerlos frente a sus ojos. Entonces, la votante, el votante frustrado, llega a la conclusión de que el ser humano no ha cambiado nada desde la época de los griegos, o de Cristo, o de las gentes que habitaron el Creciente Fértil (Mesopotamia) y comenzaron la domesticación de plantas y animales hace 8.500 años, o los de aquellos homínidos, antecesores nuestros, que se reunían en cavernas, frente a las brasas de un fuego acogedor, mientras cuidaban de sus crías.
El votante frustrado piensa en estas cosas y en más, mientras ve que llega el día que debe ir a votar.
Allí, en la sala de un colegio que se ha convertido por fuerza de las circunstancias nuevamente en «colegio electoral», fija su mirada en la urna que va colmándose de sobres, que va cobrando vida a medida que se llena, que le invita a hacer lo que hacen los demás, sin dilaciones; y sí, votará, por supuesto que votará, su mano soltará el sobre sobre la ranura porque su vida está en la unión con las demás personas, pero también sabe que estará votando entre las cuatro opciones que le han dado para votar, y votará, crítico como el que más, pero votará, para volver a sentirse unos minutos después, un votante frustrado.



© Foto:Web Elecciones generales 2016

3 comentarios:

  1. Hemos intentado salir del bipartidismo porque, ciertamente, hacían falta otras opciones y estas se han revelado incompatibles entre sí y con las que había. Por tanto, quizá no haya que reprochables que no se pongan de acuerdo, ya que lo que representa cada uno es, precisamente, la divergencia con los otros. Quizá la ley electoral no debería exigirles que se pongan de acuerdo, quizá habría que establecer otro mecanismo...
    A mí también me toca las narices ir a votar, pero lo haré, claro, todas las veces que haga falta, aunque piense que el sistema falla por ahí, por obligarnos a votar una y otra vez.

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  2. Votaremos y nos frustraremos, votaremos y nos frustraremos... pero, mientras no nos lo impidan, seguiremos votando.
    Gracias Pilar-

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  3. Muchas gracias por vuestros comentarios.
    Saludos.

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