© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

viernes, 9 de septiembre de 2016

PIERRE-AUGUSTE RENOIR: LA ALEGRÍA DE PINTAR




Pilar Alberdi

La presente obra reúne una selección de opiniones de Pierre-Auguste Renoir sobre la pintura y sobre su propia obra, publicados de manera dispersa, y unidos en este ensayo.
En principio, tenemos una biografía que nos permite adentrarnos en sus comienzos y, más tarde, en el final de su vida.
Después de que sus padres se trasladaran de Limoges, la capital francesa de la porcelana, a París, Renoir, a los trece años, entra como aprendiz en un taller, precisamente, para pintar cerámicas y porcelanas. Cuando ya había aprendido el oficio, los nuevos tiempos amenazaron el trabajo que desempeñaba y la mecanización obligó a cerrar el taller. La gente, explica el pintor, ya no quiere objetos hechos a mano. La situación, por tanto, le obliga a buscar otro trabajo. Acabará dedicándose a pintar en otros soportes: «Entonces empecé a pintar abanicos. ¡Cuántas veces habré copiado el Embarque para la Isla de Citera de Watteau!» A continuación trabajará en una empresa de persianas, decoradas con imágenes.
Estas primeras circunstancias nos hablan ya de un futuro en que Renoir se verá una y otra vez abocado a la pobreza. Fue también el caso de Monet.
Es uno de los pintores rechazados en el Salón anual de París. Sin quererlo, resulta que su pintura se ha convertido en «impresionista», palabra que horroriza a muchos, y a él no le gusta esa idea de parecer «revolucionario», cuando precisamente, tanto admira lo antiguo. Dice: «lo que sobre todo chocaba a la gente era que no hubiera en nuestros cuadros nada de lo que se acostumbraba a ver en los museos»; pero que no lo hubiera, no quería decir que sus autores no hubiesen pasado horas y horas visitando museos y tratando de aprender de los grandes maestros. El público de los Salones, recibía sus cuadros con carcajadas. No todos eran burgueses, pero como bien señala Renoir, en esa época, todos los franceses lo parecían porque compraban trajes de burgués a 25 o 50 francos y podían darse un paseo por el Salón y luego presumir de lo que habían visto.
Renoir persistirá en el envío de sus obras a los Salones anuales por una razón puramente «comercial», es decir, de sobrevivencia: «hay en París no más de quince aficionados capaces de apreciar a un pintor en el Salón. Y 80.000 que no comprarían nada si el pintor no está en el Salón». Por lo tanto, deduce, hay que estar en el Salón.
El problema de los envíos al Salón era que si por casualidad eran aceptados muchas veces ponían los cuadros (especialmente si eran pequeños) en lugares altos, por lo que no podían ser apreciados por los visitantes. De ahí que, aprendida la lección, a la hora de envíar a los Salones, los artistas tomaban el cuidado de hacerlo en grandes formatos.
¿Quiénes han sido sus modelos? Como en el caso de muchos pintores de su época, algunos conocidos, familiares, amigos, niñeras, criadas, gente del entorno habitual. Y cuando ya comenzó a tener un poco de fama, los modelos de sus retratos eran de la alta burguesía, quienes podían permitirse pagarlos.
Renoir no se engaña sobre lo que es la pintura. En una ocasión le contestó a Degas que le recriminaba que pintase buscando ganar dinero: «son los coleccionistas los que hacen la pintura. La pintura francesa es obra del señor Choquet. Y la pintura italiana es la obra de los Borgia, Médici y otros tiranos a los que Dios dio el gusto por el color». Tampoco se engaña Renoir sobre lo que debe ser un cuadro: «A mí me gustan los cuadros que dan ganas de caminar en ellos, si se trata de un paisaje; o de pasar mi mano sobre un pezón o una espalda, si es una figura de mujer».
Quiere cuadros que estén vivos, que transparenten algo no siempre fácil de definir. Eso, no cualquiera puede conseguirlo. Y en cuanto a admiraciones, prefiere lo antiguo a lo nuevo. Entre los pintores españoles a Velázquez y Ribera; y entre los italianos, muy especialmente a Rafael. Viajó a España y a Italia para ver sus obras. Pero cuando está trabajando, dice, se olvida de todas.
Sin duda sorprenden algunas de sus opiniones, tan directas: no aprecia a Flaubert, ni a Víctor Hugo, ni a esa cantidad de «turistas imbéciles» que se encuentra en su visita a Florencia. No le disgusta Wagner, pero Bethoven, le parece que tiene una postura, a veces, demasiado profesoral.
Le disgusta que le llamen artista. Él se siente «pintor», es lo que siempre ha sido, cuando garabateaba en sus cuadernos del colegio, cuando pintaba porcelanas, abanicos o persianas, cuando imaginaba lo que deseaba ser viendo las grandes obras de los maestros. No duda en señalar la decadencia del arte a partir de la Revolución Francesa, y culpa al mecenazgo de Estado de ayudar a mantener el mal gusto (a través de los Salones), con la colaboración de talleres de pintura en donde se enseña poco y mal, y con periodistas encargados de escribir sobre arte cuando son los mismos que escriben sobre «Sucesos». Además, piensa: ¿qué se puede decir de una pintura «a posteriori»? Cree que no hace falta decir nada.
Cuando el éxito le llega, en 1989, el gobierno le ofrece la Legión de Honor, que él rechaza. Volverá a recibir el mismo ofrecimiento en 1900, y aceptará.
Cincuenta años de pintar no le permiten considerarse un gran pintor y mucho menos un pintor de éxito, situación que soporta mal y que se limita a aceptar cuando tiene ya 80 años. «Soy ambicioso, preferiría no pintar a ser un pintor mediocre». Añade: «Es una pena, pero mi firma vale ahora más que mi mejor obra».
Si buscamos su firma en sus cuadros, la veremos muchas veces a un lado y en la mitad del lienzo.
Toda obra es una biografía. Su rostro enjuto, las mejillas hundidas, su bigote cruzándole los labios, sus amigos, su familia, su dolorosa invalidez en la vejez.
Casi nos atreveríamos a decir que la pintura de un hombre que se ha sabido conformar con lo que la vida le fue dando, por fuerza, tiene que ser sincera y feliz, aunque él entienda que para que sea una verdadera obra de arte, un a pintura debe alcanzar, lo que él define como «indescriptible e inimitable» y a eso debe aspirar todo pintor.



Palabras de la contraportada:

«El arte no es una broma. La gente confunde las cosas. Yo nunca he confundido la broma con el placer. No me gusta aburrirme. Se cree que para pasar por un artista serio hay que aburrir a la gente. De no haber pintado por placer, me habría dedicado a otra cosa. Y, cuando te gusta tu oficio, al final haces siempre la misma cosa: yo pinto flores con el color de los desnudos y pinto mujeres con el mismo color que las flores».


Editorial Casimiro. En venta en librerías a partir del próximo 12 de septiembre.

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