© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

domingo, 7 de mayo de 2017

ELOGIO DE LA REPETICIÓN




Pilar Alberdi

«Pero el murmullo del viento, el canto alternante de las olas, el suspirar de la hierba, etc.; mejoran a cada cinco minutos cuando se escuchan». (Kierkegaard)
«No se olvidan de crecer los manzanos, nos pase lo que nos pase», (Chesterton)

Hay repeticiones que nos alegran la vida. Nos dan seguridad, y nos permiten ver aquello que, oculto para la actividad diaria, se repite incansablemente. Ahí, lo más común: el sol y el canto de los gallos; la luna y las estrellas.
Observo esta repetición desde el jardín. Gracias a que el agua no falta nunca en la fuente, los pájaros bajan a beber y bañarse, y nosotros recibimos su canto cada día. Los bulliciosos mirlos, el canto triste de las palomas, los gorriones con su piar de polluelo, los verderones y su reverbero, los carboneros comunes de cabecitas negras y ágiles vuelos, los petirrojos que llegan en primavera y vuelven en otoño, las golondrinas de mayo. Hay cotorras argentinas que anidan en las palmeras del paseo de la costa y cruzan con su color verde sobre el jardín, con su vuelo de bala que rompe el aire, con su estridencia de chillidos, causando, casi puedo asegurarlo, tirabuzones vertiginosos en el aire, mientras alguna gaviota grazna arrastrando en su vuelo el sonido del mar, con su rebalaje mañanero y el recuerdo de no tan lejanos puertos.
Son esas las repeticiones que me gustan, pero también están las de las plantas. Al jazmín de invierno sigue la floración del jazmín de verano. Los mandarinos y naranjos nos brindan el aroma de azahares. Si el calor no es intenso aparecen con sus afilados picos las «Aves del paraíso» con sus penachos naranjas. Bien a la sombra, la «Costilla de Adán» de inmensas hojas, parece querer escalar la pared para ganar un nuevo territorio. Donde unos bulbos dieron ya sus flores, los narcisos, por ejemplo, aparecen luego las fresias; más allá gladiolos, dalias, anémonas. Me extendería explicando todo este pequeño mundo, que ofrece mil sensaciones, y se expresa igual que nosotros en la vida a través de momentos renovados.
Hay una oración silenciosa junto al rocío de las mañanas, que moja mis zapatillas azules de jardinera.
Llega la primavera y se alteran con brotes nuevos las higueras; el jacarandá, ya despojado de su verde manto derrama flores y frutos que se renovarán en otoño, pero entonces, será en grandes racimos; al tiempo que el alto Pascuero comienza a preparar sus hojas rojas para festejar con su alegre colorido unas fiestas navideñas que ignora, y que sólo alteraran el estruendo de los cohetes que lanzaremos entusiasmados al cielo en Año Nuevo.
Los ciclos de la vida se repiten. Cada cual cumple con su tarea. Ahí, las hormigas, y yo quejándome. Todo a un mismo tiempo.
Y suele ser en Semana Santa, algunos años, mientras preparamos torrijas y el tiempo de descanso nos reúne con un esplendor nuevo, cuando algunos años como ha ocurrido en este, abrimos la Caja de los Recuerdos, donde conservamos aquellas primeras palabras y dibujos de los hijos, algunas ilusionantes cartas al Ratón Pérez, poemas infantiles y adolescentes, algunas manualidades. Pero ahora, también otras caras miran esos recuerdos, asombrados de que sus padres hubiesen sido niños como ellos; son los pequeños de la casa, los hijos de nuestros hijos.
Esto es la vida, repetición, de la buena, y a veces, también de la mala, como cuando uno desea que pase un duelo o una crisis. Pero hoy sólo quería hablar de las repeticiones buenas. De esa repetición de los veranos que nos devuelve a las playas y a las piscinas; de la repetición de los inviernos que invitan a ir al cine y a internarse en nuevas lecturas. De las nubes que pasan y nos invitan a imaginarles figuras como cuando éramos niños. ¿Y nuestros juegos? ¿No eran repeticiones? ¿Y nuestras palabras? ¿No son repetición renovada? ¿Y nuestro amor?
Las repeticiones que nos gustan son las que nos hacen bien. Las que se repiten, incluso, en el recuerdo y hasta en los sueños. ¿No habéis visto cómo les encanta a los niños las repeticiones, cómo cada palabra de un cuento debe ser repetida igual que el día anterior? Y cómo nos encanta a todos volver a aquel primer beso de enamorados, a aquel primer puesto de trabajo que nos hizo sentir que éramos adultos, o a aquel examen del que salimos tan felices dispuestos a estrenar, ¡por fin!, nuestro carné de conducir.
Esto es la vida. Volvamos siempre a las repeticiones, a las que nos gustan. Quedémonos con lo mejor, es nuestro tesoro. No se parece a una propiedad ni a una cuenta en el banco. Nosotros, eso está claro, sólo dejaremos «repeticiones», pero, eso sí, de las buenas.

2 comentarios:

  1. Me ha resultado de mucho placer su lectura, amiga. De muy buen gusto.

    Abrazo

    ResponderEliminar

Gracias por dejar tu opinión.