© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Finalizando Grado en Filosofía (UNED)

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sábado, 5 de enero de 2019

¿TODOS TENEMOS DERECHO A UNA OPINIÓN?



Pilar Alberdi

«La vida de las palabras no es independiente de las ideas». Réne Guénon

Todos creemos que tenemos derecho a una opinión. El profesor David Godden en su artículo «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático» , explica cuál es el método que ha utilizado para saber qué piensan los estudiantes universitarios que acuden a su clase sobre esta cuestión, y si estarían dispuestos a cambiar su opinión por otra.
Somete a los estudiantes a que escriban en un papel su opinión sobre un determinado tema que él les plantea. Luego, recoge y reparte aleatoriamente esas opiniones, y les pregunta si aceptarían la que han recibido. La respuesta es, fundamentalmente, «no». Prefieren la suya. No ceden ante la posibilidad de ampliar hacia otra perspectiva y zanjan la cuestión con la conocida excusa de que «todo el mundo tiene derecho a una opinión». A lo que David Godden contesta que solo tienen derecho a tener una opinión aquellos que pueden ofrecer razones. En realidad, el caso es algo más complejo de lo que acabo de describir, pero en esencia es así.
David Godden reconoce que las charlas de su homólogo, Patrik Stoken, quien suele afirmar: «No. No todos tienen derecho a tener una opinión» le motivaron a escribir su artículo. Esto me recuerda la pregunta de Kant: «Si ahora nos preguntáramos; ¿acaso vivimos actualmente en una época ilustrada?; la respuesta sería: ¡No!; pero sí vivimos en una época de Ilustración» . La verdad es que tras escribirlo me asaltan las dudas. Cualquiera diría que en parte permanecemos en aquella minoría de edad que él denunciara. Hoy tenemos educación, pero ¿pensamos por nosotros mismos? Pensar supone tener creencias. Y esto como señalaba William Clifford, no es poca cosa. Porque «una acción cuando se ha llevado a cabo es correcta o incorrecta para siempre» y toda acción tiene que ver con una creencia. Por tanto, deberíamos analizar continuamente nuestras creencias, porque cada una de ellas reafirma las anteriores y evita la llegada de otras nuevas o mejores.
Pero, tomemos en cuenta esas palabras: «opinión» y «creencia», y vayamos al diccionario. ¿Qué dice allí? Veamos. «Opinión»: «Juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien», y a continuación en «Opinión pública»: «Sentir o estimación en que coincide la generalidad de las personas acerca de asuntos determinados»; ahora, nos fijamos en la palabra «creencia», y encontramos su primera acepción: «Firme asentimiento y conformidad con algo». Por tanto, una opinión siempre se asienta sobre una creencia del tipo que esta sea. De tal hecho, se deduce que una creencia incide y sirve de fundamento para el resultado de nuestras opiniones y de nuestros actos, sean que los realicemos o no, pero aún si no los realizamos, influyen indirectamente sobre nosotros y el sentido de nuestras creencias futuras y sobre las de los demás. Y, por supuesto, las de los demás sobre las nuestras.
Después de afirmar que la filosofía descansa en una práctica argumentativa basada en «pedir y dar razones», de la que Sócrates es el ejemplo elegido, se sorprende Godden del invariable resultado de la prueba a que somete a sus estudiantes. Él, pretende crear una «disonancia cognitiva» al intentar que cambien las opiniones dadas si encuentran otra mejor. Al enfrentarlos a una opinión diferente, quisiera verlos forzados a replantearse la suya, pero, muy por el contrario, cada uno se aferra a la emitida con más vehemencia si cabe. Es entonces cuando el profesor les dice, que si bien tienen «derecho político» a tener su opinión, no tienen «derecho racional» a la misma, si no pueden dar razones. ¿Pueden darlas? No sabiendo dar razones del propio pensamiento, ¿bajo qué condición de verdad van a juzgar las de otros? ¿Cómo pueden saber que aquellos argumentos que otros sostienen no son mejores o cómo van a poder determinar cuáles son peores?
Sentimos sobre estas apreciaciones la larga sombra de Kant, cuando decía que hay una conciencia moral universal, de la que todos tenemos conocimiento.
Godden llama la atención sobre el hecho de que la «legitimación política» para emitir una opinión es un derecho básico (que incluso puede ser punible en ciertos casos según sea la ley), pero ese derecho básico que permite a todos tener una opinión, no exige justificarla, en consecuencia, muchos tienen opiniones como quien tiene cuadros colgados de las paredes de su casa. Cuando estas opiniones que se poseen del mismo modo que se tienen otras cosas, sin mayor reflexión, cansan o se pasan de moda, se cambian por otros. La «legitimación política», de algún modo aquella Constitución civil ideal que pensara Kant, permite tener una opinión, pero no garantiza que quien la tenga pueda justificarla con razones. Quizá oyó esa opinión en un programa de radio o en uno de la televisión o la leyó en un periódico, y ni siquiera la contrastó. Exenta de «legitimación racional» esa opinión que también es creencia o publicidad pasa de boca en boca hasta que ya no tiene sabor, y alguien se la traga definitivamente.
Por supuesto que a Godden le preocupa cómo piensan los jóvenes y deja el porqué de tal conducta a nuestra imaginación. Pero, ¿y los adultos, que hacemos con nuestras opiniones y creencias? ¿De verdad son nuestras? ¿Por qué nos parece que los jóvenes se aferran a sus opiniones más que los mayores, aunque sean incapaces de defenderlas con razones? Yo encuentro que la respuesta es sencilla. A los jóvenes, desde niños se les enseña a obedecer, dentro de instituciones como la familia, las de tipo religioso, la educativa. Si el joven ―y antes el niño que fue― tiene una opinión propia, en general, y salvo que tenga una familia de tipo protectora o democrática y no rígida, no expresará su opinión más personal por temor a las consecuencias. Dirá lo que se espera que diga, la que está acostumbrado a oír; responde, en suma, del modo en que se le ha educado. Luego, cuando el joven comienza a salir de su entorno, en la adolescencia, se encuentra con sus pares, que es un grupo de notable influencia, y allí también será sometido a la dura prueba de dar su opinión verdadera o replegarse a la opinión de la mayoría si quiere seguir siendo parte del grupo en cuestión. Lo habitual, lógicamente, es el sometimiento al grupo; además, una persona aparece como normalizada si tiene amigos, aunque estos, realmente no pasen de ser coleguillas. A fin de cuentas, el joven depende de los adultos para sobrevivir, y sabemos que el espécimen humano que más abunda en el mundo es el de los «obedientes». Obediencia que se presenta como virtud pero que nace de la credulidad, impuesta afectivamente, léase con autoridad. El joven precisa, además, hacer su camino para ganar experiencia en la vida; luego, se ve enfrentado a decir lo que piensa verdaderamente o lo que parece que todo el mundo piensa; y elige lo que le es más cómodo.
Hoy llamamos ser «razonables» a vivir de acuerdo con las normas sociales de convivencia, a ser educados. Se vive en la insinceridad por contagio, ¿cómo soportaría tanta gente las condiciones en que les toca vivir o trabajar? Pero ser educados no es ser razonables. La mayoría de las veces ni siquiera basta con querer ser racional, hay que ser valiente. Se necesita ser valiente hasta para ser bueno. Se prefiere la opinión parecida a la de uno o mejor aún, la opinión general, que favorece la no-discordancia externa o al menos el disimulo sobre las propias dudas. Y el consenso, que no falte, pero que haya consenso no quiere decir que hay racionalidad.
Cuando a Hume, algunos hombres de la aristocracia le preguntaron quien ganaría la disputa entre la realeza y la aristocracia, si todos los aristócratas juntos tenían la misma fortuna que la realeza, el filósofo contestó que ganaría la realeza, porque su patrimonio estaba unido y podía tomar decisiones sin tener que conciliar con otros, y también ganaría por la «opinión», que era la que realmente movía el mundo. La opinión, o sea, en su caso, la tradición. Lo que nos ayuda a intuir que la riqueza puede favorecer un cierto tipo de opinión basado en la tradición que favorece a su vez a la consolidación de la riqueza y de ciertos rangos de poder, y allí donde el círculo se cierra vuelve una y otra vez a comenzar, afianzando las mismas creencias.
La credulidad es como un contagio de la ignorancia, por ejemplo, el presidente Busch anunció que era posible que Sadam Huseim tuviese armas químicas y con esta mínima evidencia inicio una guerra no declarada como tal, cuyas consecuencias repercutieron en la vida de millones de personas. Jamás se encontraron aquellas armas. Pero como este, se podrían poner muchos ejemplos. Y la pregunta es: ¿En qué medida son responsables quienes han creído lo que Bush decía? ¿Qué otras creencias anteriores facilitaron esa última?
Resulta evidente como pide Clifford que a las creencias hay que revisarlas a menudo. ¿Qué pienso? ¿Por qué pienso eso? ¿Cómo me convencieron de que tal cosa sea mejor que otra?
Opinar por opinar le parece interesante a mucha gente. Sin embargo, Platón creía que cualquiera valía para opinar, sin tener siquiera conocimientos para hacerlo. Eso es, precisamente, lo que observamos en tantos programas de televisión y radio, a los que se suele llamar «tertulias», y, en realidad, solo se trata de que allí parece que tiene la razón el que grita más fuerte y el que interrumpe el mayor número de veces. Ejemplo que se retransmite directamente a todos los hogares como si esa fuera una ley social de los modales al uso. Y, curiosamente, muchas de esas personas que chillan y no se dejan hablar las unas a las otras, tienen estudios universitarios. Así, mientras buscan en sus teléfonos móviles más información de aquí o de allá, que ellos identifican como «opiniones de sus fuentes», repiten incansablemente aquello de «Déjame terminar mi argumento», mientras el otro le contesta lo mismo, y uno se pregunta, pero «¿qué argumento?», cuando no ha visto cruzar por el aire una sola razón y solo ha visto un baile de informaciones diversas y cambiantes, a las que ellos suelen llamar algunas veces, «opiniones contrastadas»; eso, además de todas esas «falacias» que cruzan a diario los «platós» de las cadenas de televisión y surcan los renglones de la prensa diaria.
Godden dice que se juzga muy mal a quien cambia de opinión. Y tiene razón. Lo habitual es que se valore que si uno es de un partido político tiene que serlo para toda la vida, y, lógicamente, así nos va. Se perdona mejor que alguien se divorcie de su pareja que el hecho de que abandone a su partido, cuando este, en realidad puede llevar años engañándole con políticas que le perjudican, como por ejemplo: aumento de la deuda externa; reducción de los gastos en salud y educación; caótica situación del Fondo de reserva de la Seguridad Social, la conocida como «hucha de las pensiones»; conculcación del derecho al trabajo y a una vivienda digna.
En esta posmodernidad en la que vivimos, hay dos temas que dejamos de lado; uno de ellos es el de la muerte; se aleja a los niños de ese conocimiento, de asistir a funerales, acudir a cementerios o ver personas muertas, y se aleja a los niños de esto, tanto como de decirles la verdad sobre algunos temas. Pero los muertos igual que la verdad, existen, es aquella que ajustada a una «evidencia proporcional», tiene mayor sentido. Y lo que está claro es que vivimos y vamos a morir, y que entre varias razones alguna habrá mejor que otra, por lo que la verdad o si se prefiere la mejor razón, según la evidencia reconocida, existe, y si la buscamos, sabremos encontrarla. Otra pérdida inestimable que se ha agudizado con los tiempos actuales es la pérdida del sentido de lo que somos, la «especie», y eso que tanto Kant como Clifford, sólo por citar dos ejemplos, insisten en que nuestra realización última está ahí, en la especie, y uno no puede ser infiel al futuro de los que han de venir, por eso tiene que pensar bien sus creencias, porque es lo que les vamos a dejar. De momento, por no pensar suficiente les dejaremos el «cambio climático» que da para muchas opiniones pero que es producto de las creencias de una época, aquella que creía en «el mito del progreso». De verdad, parece que pese a las teorías de Darwin, no nos gusta eso de sentirnos especie como si fuéramos animales, que lo somos. Pero lo de la especie, precisamente aquello en que tenemos éxito, ya que nuestras vidas son cortas, pero podemos pasar el legado a las futuras generaciones, no nos gusta, aunque sí nos place hablar de «humanidad». Hoy, bajo el pretexto de una individualidad, una independencia económica personal y una «pseudopersonalidad igual a la de todos», nos contentamos. Sin embargo, nuestra responsabilidad como especie es fundamental, querer ignorarla es desestimar el peligro que supone la crisis ecológica o las políticas de algunos países y empresas que no colaboran a su mejora.
No, no todos somos ilustrados; hay que reconocerlo. Ser un especialista en esto o aquello no nos hace ilustrados, querer mantenernos en constante aprendizaje, sí; dar y pedir razones, sí; y esto incluye el saber reconocer en nuestras propias opiniones las creencias que las sustentan. Hoy, a la razón se la ha disfrazado, parece que alcanza con ser educados en el sentido de seguir las reglas sociales, de saber estar, de no proponer un tema que sea digno de ser ponderado y disputado.
Dice Godden que las personas que se aferran a sus razones «aunque tales personas no pueden ser silenciadas deben ser ignoradas», pero creo yo, que primero tendremos que encontrar a esas personas que razonan. La medida del hombre público, con sus intereses partidarios, mal puede ser la medida del resto de los hombres; la del periodista que se siente con derecho a opinar de todo un poco, tampoco; ni los mass media que responde a los intereses de sus dueños y a los mercaderes de turno.
Lo que deberíamos tener claro como bien dijo William Clifford en su obra La ética de una creencia es lo siguiente: «Una creencia de una persona no es de ninguna manera un asunto privado que le concierna exclusivamente a ella». Si pudiéramos tomar conciencia de esto, algo bueno estaría ocurriendo en el mundo, para empezar, todos seríamos menos crédulos.


Bibliografía:
CLIFFORD, WILILAM. La ética de la creencia
https://es.scribd.com/document/357791756/Clifford-1877-La-Etica-de-La-Creencia
GODDEN, DAVID. «Enseñar la legitimación racional y la responsabilidad: un ejercicio socrático».
Revista Iberoamericana de Argumentación. Segunda Época. RIA 14 (2017: 75-105)
https://revistas.uam.es/index.php/ria/article/download/8210/8551
KANT, INMANUEL. ¿Qué es la ilustración? Alianza. Madrid, 2013.
STOKES, PATRICK. «No, you’re not entitled to your opinion»
http://theconversation.com/no-youre-not-entitled-to-your-opinion-9978

Artículo publicado en la revista Cronopio 17/07/2018

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