© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Graduada en Filosofía (UNED).

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sábado, 5 de enero de 2019

UNA SOCIEDAD DE ADMIRADORES Y ADORADORES


Pilar Alberdi

Decía Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales (1759): «Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable» o «Hay más gente buscando un puesto de trabajo de la que pueda conseguirlo», frases que nos recuerdan lo que sucede en nuestros días, y que para el autor fueron un anticipo de su libro más conocido La riqueza de las naciones (1776).
Voy a intentar hacer una síntesis con los puntos principales de su Teoría de los sentimientos morales. Smith afirma que tanto los afectos como las acciones proceden de los «sentimientos», y que estos son posibles gracias a la «imaginación». Sinceramente, una no esperaría hallar esa palabra, «imaginación», en una teoría moral, pero ahí está, luminosa como la luz de un claro día de verano, y pronto nos vemos obligados a darle la razón: ¿podríamos sin «imaginación» ponernos en el lugar de otro?
Afirma Smith: «lloramos incluso ante la representación imaginaria de una tragedia» porque hemos sabido colocarnos en el lugar de los personajes. Y, ¿de qué modo simpatizamos con los pareceres y opiniones de los demás? Por supuesto, a través de los sentimientos, pero siempre, contando con la imaginación. ¿Qué es sino esa enorme alegría que sentimos al percibir cómo compartimos con otras personas sentimientos parecidos? ¿No es eso lo que vivimos cuando nos enamoramos, cuando compartimos amistad o disfrutamos en compañía de otras personas de distintas actividades sociales? La imaginación, esa maravillosa diosa, nos permite ser conscientes de las alegrías o de los sufrimientos de los demás. Nos hace ricos en emociones y nos transforma.
Adam Smith crítica los privilegios sin contrapartidas que ostentaba la nobleza de su época. Dice: «los grandes jamás consideran a los inferiores como iguales», y esto que debería preocupar a los inferiores, da como resultado que los inferiores admiren a la grandeza. Por eso, critica que la grandeza sea contemplada con «el respeto y la admiración que solo se deben a la sabiduría y la virtud». Y añade: «La amplia masa de la humanidad está formada por admiradores y adoradores, y, lo que parece más extraordinario, muy frecuentemente por admiradores y adoradores desheredados de la riqueza y la grandeza». Y ¿qué vemos hoy? Más de lo mismo. Hoy no se admira el conocimiento, la dedicación de toda una vida a una tarea que acaso a ojos de la mayoría pueda ser inútil o pasar desapercibida; los admiradores del presente ven programas de televisión o compran revistas donde los ricos de vieja alcurnia enseñan sus palacetes y mansiones, incluso sus museos; los nuevos ricos sus yates, amantes, e hijos; los famosos, sus escándalos; y las realezas, sus retoños. Pero no es Adam Smith, el único que habló de sentimientos, también lo hizo Stuart Mill, uno de los padres de la «Teoría utilitarista». Decía este, que el «Principio de la felicidad para el mayor número» constituía el criterio de la moralidad. Y aunque algunos negaban este derecho, para Bentham, Mill y otros, no se trataba tanto de garantizar la felicidad como de «prevenir la infelicidad», teniendo en cuenta que, aunque «la mayoría de las acciones están pensadas no para beneficio del mundo sino de los individuos, es a partir de estos que se constituye el bien del mundo». Lo que pasa es que, si se protege más el egoísmo de unos que el de otros, queda poco para repartir.
Ahora, preguntémonos: ¿qué es para Stuart Mill lo que sostiene la conciencia? Pues sí, también, exactamente eso: los sentimientos. La elección de nuestros actos se basa en esa sensación preferente de comodidad que podemos tener si hacemos las cosas como percibimos que deberíamos hacerlas, y no al contrario. Por eso, dice: «No cabe duda de que esta sensación [la de la conciencia] no tiene fuerza vinculante en aquellos que no poseen los sentimientos a los que se apela». ¿No es acaso eso lo que pensamos de quienes infringen daños psíquicos, físicos y morales a los demás? ¿No decimos de ellos que, si nos parecen inhumanos, es porque intuimos les falta conciencia?
Visto lo visto, lo que nos dejan claro estos pensadores, y, muy especialmente Adam Smith, es que «imaginación» y «sentimiento» van de la mano, y que no es otra cosa, dicho de una manera sencilla, que eso que la cultura popular ha enseñado siempre en un refrán como la capacidad «de ponerse en los zapatos de otro». Y a eso, yo no dudaría en llamarle: sabiduría.


Artículo publicado en El Cuaderno Diciembre 2018.


2 comentarios:

  1. Gracias, Pilar. Un texto maravilloso, con los significados y motivos que tanto nos gusta de tu saber. Los sentimientos y la conciencia barajando planes de sabiduría. Y ¿cómo se desarrolla el sentir a otros dentro de uno? Es curioso, hablando hace unos días en una reunión familiar con algunos adolescentes, tocamos el tema del "daño al otro" y de cómo surge esa necesidad gratuita, y que ahora parece una epidemia por el echo de tantas agresiones violentas a personas y a animales. Y el caso es que uno de los chicos habló de esa falta de sentimiento de la que hablas. Sencillamente, comentó: "no existe dentro, no nace". Con lo cual solo es una forma de divertimento simple, que ni siquiera imagina el dolor que causa. ¿Insensibilidad?, pregunté. Y todos estuvieron de acuerdo en eso: hay algunas personas que ya nacen insensibles al dolor ajeno porque también son un poco ajenos al dolor propio. Casi nos les importa nada.
    Nos quedamos un poco "dolidos" con esta respuesta, pero fue una respuesta sincera que nos llevó a la siguiente duda: ¿La conciencia nace, se hace o es un mito? Porque hay mucha gente no es que tenga mala conciencia o peor; es que no siente necesidad de tenerla y vive así su mundo feliz.
    Pero como siempre nos enseñaron, la falta de conciencia no es excusa para eludir la responsabilidad sobre ella. Y ahí entra otra parte y consecuencia con la justicia a aplicar. Medir el daño causado a otros, cuando el que daña no se pone en el lugar del dañado. Cuando los "hechos" han de medirse, y qué justicia mide el sentimiento... Porque hay un tipo de gente en sociedad que no sabe lo que quiere y actúa sin saber...
    Nos dejó escrito Sartre que, "No sabemos lo que queremos y aún así somos responsables de lo que somos, eso es un hecho".
    Te agradezco este artículo, Pilar.
    Feliz año.

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  2. Querida, Clarisa:
    Me has puesto a pensar. Me has acercado a los tuyos, a ese momento de fraternidad familiar, a esas preguntas y respuestas. Mil gracias.
    Apunto aquí algunas de las cuestiones que planteas: “el daño al otro, ¿necesidad gratuita?”(…) ¿Insensibilidad?, "¿cómo se desarrolla el sentir a ‘otros’ dentro de uno?", "¿La conciencia nace, se hace o es un mito?”, “¿Qué justicia mide el sentimiento?” (que produjo la falta, entiendo que es a esto a lo que te refieres).
    Estoy segura que estos temas servirán a más lectores y cada cual podrá, si así lo cree conveniente, hallar sus propias respuestas. Por supuesto, si las dejan por aquí, nos enriquecemos todos.
    Yo intentaré dejar las mías, no centrándome en cada una, sino de una manera más general, por tanto, esta es mi opinión: uno no nace insensible, le hacen y varias pueden ser las causas, entre ellas desatención material y psicológica. El niño es uno con la madre y en esa relación, al comienzo, hay una parte fundamental, que se amplía con el trato y las personas del entorno más cercano. Si se le da amor, ¿qué otra cosa tendrás para dar un niño? Porque aunque luego entre en el juego de la sociedad que es más competitivo, sabrá hallar su equilibrio. El problema es que a nadie se le pide un carné para ser madre o padre.¿Qué clase de carné debería ser ese? Además, es sabido que en esa fase (maternidad y paternidad) a las personas se les activan los modelos recibidos en su niñez, incluso los posibles traumas que acarrean, y esto afectará directamente a sus hijos. Es bueno recordar que cada uno no va solo al matrimonio o a la convivencia en pareja, va con su propia familia, es decir, con el modelo que recibió.
    La conciencia, creo, la hacemos cada día, bien es verdad que estamos determinados genéticamente, así como por otros condicionantes básicos como la familia en la que hemos nacido, las condiciones económicas, culturales y sociales en que nos movemos, pero es en el día a día, creo yo, donde mejoramos y ampliamos esa conciencia. Veo fundamental querer saber más, preguntarse, cuestionar -sobre todo- esa “opinión pública” que va donde la llevan, y que resulta tan peligrosa para la convivencia.
    En nuestras sociedades hay mucho niño abandonado a su consola y vídeo juegos, incluso a una pornografía enormemente misógina a la que pueden acceder desde sus teléfonos móviles. Ahí, solo se puede aprender violencia. Y creo, estamos viendo el resultado, aquí en España, con esas “manadas”. No hace tanto, esto no ocurría, no es que no se contase; no sucedía.
    Lo que uno espera de una persona mínimamente educada es que pueda controlar sus sentimientos, que reconozca donde acaban sus derechos. Considero y acaso puedo estar equivocándome, que en los feminicidios, al menos en aquellos que ocurren en parejas mínimamente estables, es decir, con años de convivencia, dentro de lo que todos percibimos como algo muy pasional, que lo es, sin duda, también subyacen otros muchos temas, y no en poca medida los económicos, en una sociedad que ha sufrido una grave crisis económica, en donde el dinero no alcanza. Por tanto, si es difícil llegar a fin de mes, tanto más lo será llegar a un entendimiento para un divorcio en el que ambos miembros de la pareja estén de acuerdo.
    Un abrazo, Clarisa, y espero que otros se animen a dejar por aquí sus comentarios.

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