© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Graduada en Filosofía (UNED).

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miércoles, 11 de marzo de 2020

LEO STRAUSS, EL FILÓSOFO DE LA «SEGUNDA CAVERNA»



Pilar Alberdi

Dice Leo Strauss en Sin ciudades no hay filósofos que la «filosofía» es el intento de sustituir la opinión por el conocimiento. La filosofía, que es básicamente «amor a la sabiduría», no debería conformarse con meras opiniones del momento.
Debemos a Platón la Metáfora de la Caverna. Quizá algunos de ustedes la conozcan. Aparece la mención en su libro La República. Haciéndonos eco de dicha explicación, sabemos que en la caverna hay unas personas situadas, es decir, colocadas en un orden y unas condiciones previamente determinadas por otros, sin libertad, y sin un acceso directo a la realidad, de la que solo perciben reflejos y sombras, aunque para ellos, esa sea la verdad.
Me atrevería a afirmar que la mayoría de las veces, nosotros, estamos en situaciones similares; percibimos lo que parece ser una verdad, pero siempre hay algo más allá, que no alcanzamos a captar: un entramado de hechos y circunstancias diferentes, velados, ocultos bajo lo que creemos percibir.
Para Platón, aquel que sale de esa situación y alcanza a conocer la verdad, tiene la obligación de regresar a la caverna para contarlo a los que allí quedaron prisioneros. «Filósofo es aquel que ha ascendido hasta la contemplación de la Idea de Bien». Qué sea este bien, ahora podemos ignorarlo, de qué valores está constituido exactamente, también; pero intuimos será una idea de la verdad o de la posible verdad más completa que la existente en el interior de la caverna, pues sabemos que los que están dentro, atrapados entre luces y sombras, percibiendo una realidad inválida, son menos que hombres, sin acceso a la dignidad que les corresponde como personas, y no solo atrapados sino engañados frente a una materialidad configurada irrealmente. Esa caverna a la que se refiere Platón, representa la polis, la Ciudad-Estado de su tiempo con su política y su vida social, y los intereses de poder.
En la época clásica, los valores apreciados por filósofos como Platón tenían como base las ideas de «bien, belleza y verdad», de los que dependían otros, esenciales para la comunidad, y todos ellos opuestos a los de «maldad, mentira y fealdad». Sabemos, además, incluso por experiencia propia y porque otros antes que nosotros lo han vivido, que la bondad, la verdad y lo bello precisan de lo «justo» para su valoración, tema este, el de la justicia, esencial en la vida, y también en La República de Platón.
Pero el problema, según Leo Strauss, es que la persona actual, ya no puede salir de la caverna de Platón al exterior, sin pasar antes por una Segunda Caverna. ¿Por qué? Porque el problema, advierte, es que desde la Ilustración, el pensamiento moderno consiste en la negación dogmática de la existencia misma de valores fijos, la meta siempre está delante, lo mejor se espera del futuro y está por llegar, por tanto, si no hay para la época actual, alguna idea superior o mejor, si todas las ideas son de hecho ideas relativas, entonces «antes de emerger de la caverna hacia la luz de la verdadera filosofía ―aquella que se mantiene en la búsqueda de la verdad― el hombre actual deberá remontar de la Segunda Caverna [la de la Modernidad] a la primera [la clásica de Platón]», es decir, de aquella en que hay un batiburrillo de verdades relativas, que ni siquiera pugnan entre ellas por demostrar cuál sea mejor, a la caverna metafórica de Platón, en la que al menos alguna clase de verdad relativa se presenta como verdadera, antes de salir fuera a ver qué hay más allá. A partir de aquí, según Platón, si el filósofo logra escapar de la caverna, si es alguien que realmente ama la sabiduría, y habría que añadir, si es alguien que también ama a sus congéneres, tendrá la obligación ética de regresar para contarlo, aunque corra el riesgo de no ser creído o de ser atrapado.
Si entendemos esa Segunda Caverna propuesta por Strauss, por ejemplo, como lo que representa esta época en la que nos encontramos, en que se dan por válidas numerosas verdades relativas (todos los días pugna por aparecer alguna nueva) que contradice a las demás, y en la que sigue vigente la palabra Progreso como una especie de talismán, entonces, será necesario ascender de esa Segunda Caverna a la Primera (de Platón). De lo contrario, no se podrá llegar más allá.
Pero ¿cómo haremos para conseguirlo? Eso es ya más difícil de saber. Día a día se dan por aceptadas demasiadas «verdades relativas», con las que unos por unos motivos y los demás por otros, podríamos o no estar de acuerdo en un momento dado. Nos encontraríamos sumidos en aquello que Batjin consideraba el mundo de la «ideología cotidiana» y Lacan los «itinerarios establecidos»: todo el mundo opinando lo mismo o lo que está de moda, o, simplemente, lo que defiende la mayoría; eso, antes que disentir, y exponerse a la dura experiencia de pensar de otro modo, y oponerse.
Resulta evidente que los que se encuentran conformes en esta Segunda Caverna, difícilmente podrán creer que más allá hay otro horizonte posible.
Lo cierto es que también hay bastantes filósofos felices en esa Segunda Caverna, en donde no hay una sola verdad sino muchas relativas. Las verdades relativas, en suma, hacen felices a mucha gente de las más variadas ideologías; lógicamente, también hay allí muchos políticos, de esos que cambian de opinión todos los días, haciéndonos dudar de para qué les votamos; y sí, también, hay personas de todo tipo.
Pensar, intentar ver con claridad, despejar las brumas de la irrealidad siempre fue difícil, y en esta época no iba a ser menos, quizá incluso es algo más difícil, porque ya no hay algo que se tenga por verdaderamente bueno o por verdaderamente malo, en lo que la mayoría pudiese estar de acuerdo, aunque luego las catástrofes, las guerras y otras calamidades nos recuerden cuáles son los valores fundamentales, y la importancia de defenderlos.
Frente a una ética antropológica como la que sí hubo en el pasado, en la que la persona se relacionaba consigo misma y con los más cercanos, y era responsable de su proceder ante estos, hoy no poseemos una ética universal que permita enfrentarnos a cuestiones de la máxima importancia, en las que por la decisión de una o más personas pueda quedar afectada la humanidad. Pensemos en temas de genética, solo por citar un ejemplo.Sobre este tema recomiendo el libro Teoría de la responsabilidad de Hans Jonas.
Escribió el poeta japonés Kiorai, discípulo de Bashó: «Parece inmóvil/ el hombre que en el campo/ está cavando». Esto dijo, y es la sensación que yo tengo cuando desde la lejanía veo personas trabajando en el campo, parece que estén quietas, pero no lo están. Vale esta imagen, esta pequeña alegoría como metáfora del filósofo que busca la verdad, que no desea quedar atrapado por modas ni circunstancias ni autoridades, y aunque fuera más fácil ceder preferirá seguir cavando, incluso solo, aunque de lejos parezca que no se mueve e incluso que no da fruto.
Del mismo modo que los campesinos de mi ejemplo, una, que ha ido aprendiendo su oficio con los años, también cava entre las ideas que va encontrando, cava, saca conclusiones, aparta unas opiniones como quien arroja a un lado las malas hierbas, siembra otras ideas, espera que broten, como si para conocer la verdad, la labor de partogénesis, tantas veces dolorosa, fuese necesario esperar, a un lado del camino. Y así, el campesino, símil de la mujer y el hombre de cualquier tiempo que piensa más allá de las ideas utilitarias o permitidas del momento, que busca e indaga incluso más allá de las palabras que están de moda o han sido impuestas por la costumbre o por la ley, excava y excava, y siembra, y a veces hasta recoge algún fruto, y carga sin dudarlo el peso de una humanidad doliente, mientras para los demás, en la lejanía, solo parece eso, una figura estática, lejana, empequeñecida, y fugaz.


Referencias:
Platón. La República. Offsetgrama. Buenos Aires, 1978. (519 c-520 a)
Strauss, Leo. Sin ciudades no hay filósofos. Tecnos. Madrid, 2014.
Jonas, Hans. El principio de realidad. Herder. Barcelona, 1995.
Varios autores.Haikus inmortales. Poeta Kiorai.Hiperión. Madrid, 1994. Pág. 51.

2 comentarios:

  1. Muy buen artículo Pilar. Me ha gustado la metáfora del hombre que cava. Al fin y al cabo, tenemos que seguir cavando todos para salir de la caverna, cosa que parece muy contradictoria. Un saludo.

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  2. Muy agradecida por tu opinión.Sí, sigamos cavando; intentemos al menos hallar algo de luz que ilumine nuestra tarea.
    Un cordial saludo.

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