© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)


jueves, 16 de septiembre de 2010

NIÑOS DE LA POSGUERRA



Por Pilar Alberdi

El gobierno de la polis o ciudad, este es el significado de la palabra griega politiké en un tiempo en que las ciudades estado como Atenas, Esparta... intentaban dirigir su destino. Igual que los nuestros, esos Estados no eran perfectos, habían nacido de una época oscura y aunque bastante autocráticos tenían asambleas donde podían participar los ciudadanos, excluyéndose a los esclavos, a los desterrados, a las mujeres, a los que fueron condenados al «ostracismo» por su capacidad de movilizar a los ciudadanos... o por la posibilidad de que pudieran hacerlo. Pero estas asambleas, como se ve no eran perfectas, eran selectivas y, además apasionadas, y no necesariamente justas. Valga como ejemplo la condena a muerte de Sócrates.
Y ¿por qué hablo de Grecia cuando quiero hablar de la política española? Me explicaré. Hace pocos días estuve repartiendo propaganda del partido cuyas ideas comparto. Como es lógico, para hacerlo se solicita una autorización al Ayuntamiento. Es decir, el ejercicio de un derecho se atiene a una norma sobre cómo debe ser ejercido.
En pleno mes de agosto, junto al Mediterráneo con este solecito maravilloso, el olor a pescaíto frito o esos desayunos de chocolate con churros que aromatizan la calle, en plena crisis, y con los turistas de por medio con sus sillas de playa y sus sombrillas dirigiéndose a la orilla del mar, salir a la calle, nada menos que a hacer política con la fama que actualmente tienen los políticos debido a los numerosos casos de corrupción y a la crisis económica, es un ejercicio de humildad en toda regla, y aunque no lo parezca fuimos bien recibidos aunque no faltó alguna cara seria. Y si bien, a veces, la gente no se atrevía a decir que su partido era otro, diferente al nuestro, al final lo decía, y al poco rato, nos encontrábamos hablando de lo mismo: de una esperanza de progreso, del aumento del empleo, y el deseo de un futuro mejor para nuestros hijos y nietos. Porque lo que no debe molestarnos es que otro tenga una idea distinta siempre que se ajuste al marco democrático. De hecho esperamos que quien salga presidente o alcalde también lo sea de todos los ciudadanos, ya sea de mi partido o de otro.
Lo que molesta, como digo no es esa diferencia, sino la gente que afirma categórica: «Yo de política no quiero saber nada», y lo dice orgullosa y convencida, cuando por poco que levante la cabeza, es decir, por poco que esa persona la vuelva a su alrededor, sólo verá normas, ordenanzas, deberes y derechos.
Pero cuando una ya cree haberse topado con lo peor de la cuestión, ese desprecio hacia lo político, se encuentra de repente con algo que pensaba había desaparecido hace tiempo... La larga sombra de la Guerra Civil española. Y les explicaré el modo en que aparece por las calles de nuestras ciudades. Lo hace en compañía de personas de más de sesenta años marcadas por sucesos trágicos del pasado. Se acercan y te muestran interés por lo que opinas, y en el fondo de su corazón quieren hacerse simpatizantes o afiliarse, de tu partido en este caso pero podría ser de otro, y cuando más ilusionados están, cuando parecen a punto de decidirse, llega la voz de sus padres o de sus tíos o abuelos; llega la voz del pasado, recordándoles el mandato: «Nunca en una lista». Mientras tú te preguntas qué habrá pasado en las vidas de sus familias. Y ves pasar ante sus ojos asustados palabras como «paseillo», «cárcel», «fusilados», «fosa común» o «exilio».
Por eso, ahora, cuando salgo a la polis, creo que ya no soy la misma. Cuando me cruzo con personas de esas edades las observo de un modo diferente. «Nunca en una lista; no hay que afiliarse...» me parece escuchar. Y voy preguntándome cuáles de esas personas llevan niños asustados en sus cuerpos. Niños de la posguerra. Y me gustaría, lo digo sinceramente, consolarlos, pero no sé cómo. No sé cómo se curan esas ideas. Cómo se detiene el avance de mandatos que atenazan a generaciones. Y por eso me convenzo cada día de que tengo que seguir haciendo lo que hago, mantener una opinión, sostener una voluntad, y creer en la política, es decir en aquellos derechos y obligaciones que hacen posible el sistema en que vivimos. No desde la convicción de que todo está hecho, sino de lo mucho que aún nos queda por hacer.

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