© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

viernes, 13 de mayo de 2011

Mírenlo




Por: Pilar Alberdi

Para mi hermana Salo.

En ese parque viví las horas de mi infancia. Lo cruzaba para ir y volver del colegio. En los otoños debí verlo como lo veo ahora. Yo, con la misma inquietud por ir a jugar o por llegar a casa. Y él, tan sereno, siempre. Indiferente acaso, hasta cuando me caía y me raspaba las rodillas.
Recuerdo que había un ciprés, de enormes brazos, al que nos subíamos a sentarnos cada tarde, y que en las primaveras florecían los cerezos.
No sé si existirán todavía, pero había junto a una pista de patín dos palmeras, y enfrente una pequeña marmolería a donde íbamos a buscar restos de mármol para jugar a las payanas.
De las estatuas, siempre me llamó la atención una, dedicada a la madre. Era tosca y con porte de matrona; y algunos días, a su vera, alguien dejaba flores, mientras los enamorados probaban a decir «te quiero»y escribían sus nombres en rústicos bancos de madera.
Casi puedo sentir la brisa...Los columpios vacíos quizá se están moviendo al viento. Viejos ya, no recuerdan ni siquiera nuestros nombres.
―¿Tanto tiempo ha pasado?
―Mucho.
Ella abrió la puerta. Es mi hermana, la que mira por el objetivo de la cámara. Cuando se oiga un clic, se acabará el recuerdo.
Pero ahora, las dos vemos la misma imagen: una calle mojada y húmeda; y en los charcos del bordillo de la acera, el cielo gris de otoño, y entre las blandas nubes de algodón, las hojas ocres.
Ella está a punto de cerrar la puerta... Yo pondré el punto final.

Foto: Salomé Alberdi.

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