© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

martes, 19 de julio de 2011

EL «EDITOR MECÁNICO»



Por: Pilar Alberdi

Dos escritoras excepcionales como fueron Virginia Woolf y Edith Wharton nos dejaron su visión de lo que para ellas era: «El lector común» y «El vicio de la lectura». Ambas compartieron época y su visión del ambiente literario, resulta una ventana abierta al pasado.

La mirada crítica de los ensayos de Virginia, se dirige a la búsqueda del «lector común», y quita importancia al crítico especializado de su época, que apunta maneras de erudito, y defiende una mirada de hombre blanco, de clase social alta y europeo.

El texto de Edith Wharton, aunque señala hacia «el lector mecánico» apunta directamente a la producción de «cultura basura». Al «lector mecánico» lo acusa de ser un lector que lee lo que está de moda, que se deja influir por el número de ediciones que ha tenido una obra o por las opiniones de otras personas. Como el «lector mecánico» no tiene un criterio propio, si se siente a disgusto con la lectura, es incapaz de abandonar un libro hasta que no llegue al punto final. Afirma, la autora, que en la cabeza de los «lectores mecánicos» los libros no hablan entre sí, no dialogan. Esos lectores no leen por ampliar conocimiento, sino para estar al día de lo que se publica, y por esa desafortunada razón fomentan la producción de obras de los «escritores mecánicos» que, lógicamente, apremiados como están por satisfacer a un determinado tipo de lectores, no pueden aportar grandes obras, porque estas llevan tiempo, originalidad y vivencias propias.

Dos temas toca con acierto Edith Wharton en su pequeño ensayo, El vicio de la lectura, uno es el del «impulso bibliocida» a cuyo fin sirve «la desaprobación como arma crítica», especialmente cuando ese «lector mecánico» no alcanza a comprender la obra porque no tiene en su haber lecturas adecuadas o conocimientos suficientes para interpretarla y completarla.

No olvidemos que la época de la que hablamos era, eminentemente auditiva. El cine sonoro comenzaba su desarrollo. Y en cualquier reunión social saber cuál era la última producción teatral o de qué tema trataba el último libro de moda indicaba un cierto tipo de conocimiento superior al cotilleo de turno.

Este tipo de lector, se lamentaba Edith Wharton, siente avidez por conocer el tema y el estilo del argumento. Aunque «Argumento» quizá, no sea el término adecuado. Me explico: Forster, el autor de la novela Una habitación con vistas, decía que una historia es: «el rey ha muerto y después murió la reina. Y un argumento sería: el rey ha muerto y después murió la reina de pena». Esa simple distinción que incluye la «causa», es lo que separa la historia del argumento. Y, acaso antes y también ahora, quien se conforma con una sinopsis no quiere tomarse la tarea de leer el libro, porque no le importa verdaderamente de qué trata el mismo.

Convencida estoy de que si ambas escritoras viviesen, no podrían menos que sorprenderse con el panorama de la literatura actual. El «lector común» que buscaba Virginia Woolf se ha convertido en un lector minoritario que gusta verdaderamente de la literatura, la disfruta, recomienda buenos libros sean de la editorial que sean, y no se deja llevar por el marketing, aunque alguna vez cae en la trampa de las sinopsis. El «lector mecánico» de Edith Wharton es el que se deja arrastrar por los resultados de concursos de imposible honestidad. Y, por supuesto, no se equivocó la señora Wharton al nombrar ese «Palacio de los Lugares Comunes» al que van a parar los escritores que, finalmente, eligen el camino fácil y se dejan arrastrar... Allí, en ese codiciado lugar donde no reina la critica, se encuentran con «un banquete de alabanzas indiscriminadas», precisamente, de parte de escritores que antes despreciaban. Como decía Víctor Hugo, lo malo de la fama es que se confunde con el mérito. Se sorprendería también E. Wharton, y no positivamente, al comprender que lo que ella anticipó ha empeorado: poca gente lee,y menos son las personas con una amplia base cultural.

Estoy segura de que si Edith Wharton viviese, no habría dudado en señalar otro personaje, que quizá en su tiempo pasaba inadvertido: el «editor mecánico». Creo que sin éste, no habrían existido ni antes ni ahora, los otros dos especímenes. Y ¿quién es este «editor mecánico»? El que se rige por el mercado. Es decir, por lo que creen más fácil de vender los comerciales de la empresa. A fin de cuentas, ellos tienen la última palabra, y en los tiempos que vivimos prima más la valoración comercial de una obra y su autor, que lo literario. Pero también está el otro «editor mecánico», el que publica obras que los autores pagan. De tal modo que si el primero justifica su tarea en ser competitivo y comercial, el segundo, sin importarle la calidad, lo hace en base a no querer ser, precisamente, una de esas editoriales mercantilistas...

Brindo, pues, por estas mujeres; las pienso desde este verano malagueño, y ruego a quien sea, nos lluevan nuevos y mejores tiempos.

4 comentarios:

  1. Excelente post, ademas me gustan estas dos escritoras. Virginia Woolf siempre tan lúcida.
    Un abrazo
    Elena

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  2. No se puede más que compartir lo que dices y lo que ellas dicen. Quizás habría que añadir el "escritor mecánico" que ha existido en todo tiempo, y que tiene un "editor mecánico" y un "lector mecánico". Por desgracia, estos autores abundan y la calidad, aquella que exige del lector un "esfuerzo" creativo, cómplice, resulta cada día más confinada a pequeños círculos, donde aún se puede resistir a la mediocridad ambiente. Debemos luchar para no convertirlos en ghettos, sino en estallidos fértiles.
    Saludos
    Leonardo

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  3. Amiga, qué razón tienes. Cuántas escritoras maravillosas, inteligentes y, entre ellas, Virginia.
    Saludos.

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  4. Gracias, Leonardo, por compartir y debatir aquí, por dejar tu comentario. Tienes mucha razón, hacer literatura personal, no demasiado influenciada por la moda, es resistir, ser escritor de vanguardia...
    Un abrazo.

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