© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

martes, 11 de febrero de 2014

LA FAMILIA HUMANA



Por: Pilar Alberdi


«El ser humano como persona es un es un complejo de relaciones sociales». Radcliffe Brown

Cuando una tiene conciencia de ser parte de una gran familia como es la humana, nada puede quedar lejos de nuestra mirada. Si hay una guerra en otro país, ya no nos bastará con ver cómo muestran las noticias algunos periódicos, querremos saber de qué modo se puede ayudar a la población pero también y muy especialmente intentaremos conocer quién promueve allí esa guerra, quién vende las armas, cuáles son los intereses que se mueven en esa situación y en tantas más. Eso, la preocupación, es lo que nos hace solidarios con los demás, lo que nos convence de que nosotros también somos parte de la más lejana de las historias, de la más terrible vivencia, de la más pequeña alegría. Y lo mismo sucede en nuestro entorno.
Desde la Antropología y el trabajo de campo con grupos tribales que han permanecido dentro de los márgenes de su propia cultura, numerosas voces han intentado explicar cómo vivían nuestros antepasados y la razón por la que se haya pasado de aquella opulencia a estas hambrunas. También es verdad que esta forma de mirar al otro, alejándose de una idea lineal de progreso, es bastante reciente. En su intento de comprensión se ha querido comparar a la sociedad con algo vivo, con un «organismo» que aumenta de tamaño y por la misma razón sus funciones. Así lo hizo Spencer mucho antes de que Wallace y especialmente Darwin expusieran sus aportes evolucionistas; el último con su teoría de la Evolución de las especies. Pero pronto a la teoría evolucionista de la cultura se le sumaría la funcionalista y luego la estructuralista. Nuevos pensamientos sosteniendo los niveles de análisis que favorecían, a su vez, la relatividad de las apreciaciones, la diversidad del punto de vista, la negación cientificista de aquello que en esencia solo era una «interpretación», una praxis hermenéutica de unos hechos concretos.
El siglo XX será el testigo de cómo la vieja idea de los «salvajes» se derrumba, y con ella todo el contenido que la definía. También se reconoce la falsa idea de «progreso» y se lo relaciona con un nuevo «mito».
La ecología, la superproducción, el aumento de la población, las hambrunas, la riqueza del mundo concentrada en unas pocas manos nos avisan de que hay que corregir el camino. Si pensamos, además, que en 6000 años habrá una nueva glaciación, esto sin contar cientos de miles de factores intermedios como que fuésemos la causa de nuestra propia destrucción, nos invita a preguntarnos hacia dónde nos dirigimos pero también a mirarnos como algo especial, que está ahí, que puede desaparecer, ese conglomerado de gente que para bien y para mal tiene sentimientos en común.
Así, a medida que la antropología comenzaba a dejar atrás la idea de que los primeros pobladores (cazadores y recolectores) pasaban necesidades, por el contrario, hoy se sabe, estudiando a pequeños grupos como los bosquímanos, los habitantes tribales del Amazonas o los aborigenes australianos, que siempre tienen lo suficiente, que no conocen como nosotros el sentido de propiedad y que si alguien quiere ser valorado por los demás tendrá que ser muy generoso. También se comprende que si no necesitaban mayores industrias —instrumentos— es porque sus necesidades diarias no lo exigían.
Frente a la idea de «salvajismo» y de lo «primitivo», vemos cómo surge el «relativismo» y comprensión de las diferentes culturas, y una palabra que aparece palpitante: generosidad.
Entonces, ¿en qué momento aparece el sentido de propiedad? Con la vida sedentaria, la agricultura y la domesticación de animales, con la concentración de los individuos en poblados que darán origen a ciudades, a reinados, a Estados. Con ese aumento de la riqueza bien puede parecer una tentación ir a luchar contra los vecinos y llevarse sus riquezas y hacer esclavos, ya nadie tiene su seguridad garantizada, esas grandes poblaciones están ubicadas cerca de ríos pero la población no podría vivir de lo que crece libremente, en suma, con la desaparición de aquel entramado primario de relaciones parentales, que eran parte insustituible de los pequeños grupos y que se basaba para sus relaciones en la entrega de regalos y en compartir la caza o la recolección también cambió el tipo de vida. Quedaba atrás «una sociedad opulenta», así la llama Sahlins Marshall en su obra Economía en la edad de piedra, frente a lo que iba a ser el auge de las ciudades y luego de los Estados. Y, ¿por qué se adjudicó a esas pequeñas sociedades una serie de falsos conceptos? Simplemente, porque se las miraba con desdén y menosprecio desde una óptica europeista y androcéntrica, propia del hombre blanco, especialmente de aquel que surgió tras la Revolución Industrial.
Vemos, pues, cómo en sus relaciones diarias los pueblos compartían la comida, utilizaban los regalos (dones) más que como un intercambio como un mantenedor de las relaciones. Estar en deuda suponía estar agradecido, por eso, generalmente se intentaba dar más que lo recibido. Maianowski y Mauss —entre otros— escribieron sobre estos temas. También Lévi-Strauss, quien expone: «Hay un vínculo, una continuidad entre las relaciones hostiles y la provisión de prestaciones recíprocas. Los intercambios son guerras resultas por medios pacíficos». Por tanto, allí donde podría haber rencor se asienta el compromiso, la gratitud y la deuda como sistema de resolución de conflictos. Intentemos trasladar esto a nuestros días. Es sorprendente lo que podemos ver: antes no se acudía de visita a una casa sin un pequeño obsequio y en los regalos que hacemos, sin duda, hay una parte encubierta de aquella simbología de nuestros ancestros. ¿Qué nos regalaron? ¿Qué regalamos?
Cuando uno se acerca de este modo a los pueblos del pasado y a los que hoy quedan entre nosotros, lejos de las grandes poblaciones, de la energía eléctrica, en fin, de todo aquello que consideramos el progreso, todo adquiere un nuevo sentido. Yo recuerdo a Darwin diciendo tras dejar en el sur de América a uno de los indígenas que se habían llevado a Inglaterra en un viaje anterior, que le vio repartir una manta dando un trozo a cada uno de los que se lo pedían. Para Darwin aquello era, y así lo testimoniaba en su libro, una prueba de que nunca progresarían. Hoy, tras numerosos estudios de grupos aborígenes de la Tierra del Fuego y de otros lugares, sabemos mejor por qué se lo repartían. Por un lado, es lo menos que se puede esperar de quien tiene más, es lo que le hace importante ante el grupo, lo que se espera de esa persona, y por otro, porque valoraban los objetos pequeños, aquellos que fuesen fáciles de trasladar. Marshall cita a Grey cuando dice: «la fortuna del salvaje australiano cabe en la bolsa de piel que lleva su mujer», algo que también señalaban los expedicionarios que tuvieron ocasión de conocerles en el pasado, aquellas personas valoraban sobre todas las cosas, las pequeñas, las que se podían portar encima. Si lo pensamos bien, no eran tan fáciles de engañar con unos abalorios, sucedía, simplemente, que estos los podían llevar encima, y un simple cuchillo podía servir (ya hemos hablado antes de la generosidad) para prestarlo. Ese tipo de objetos, pequeños y útiles, eran altamente valorados. Y también sabemos hoy, mucho mejor que ayer, que esas personas no vivían con prisa ni con preocupación por su futuro, porque la subsistencia la tenían garantizada, siempre disponían de comida y sabían hacia dónde moverse según la época, en caso de que hicieran falta ese tipo de traslados. Además, se permitían, el lujo lo llamaríamos en nuestras modernas sociedades, de dormir a cualquier hora. De hecho, es muy común que los estudiosos de estos grupos comenten que duermen siestas y también entre horas, y como consiguen fácilmente lo que necesitan pueden descansar varios días de la semana sin que ello les suponga ningún inconveniente para su manutención.
Ahora bien, quizá resulte interesante preguntarnos en este momento, ¿cuándo cambia una cultura? Y la respuesta es sencilla, cuándo se encuentra con otra y asume otras ideas o formas de vida. Pero estos cambios suelen ser menos formales de lo que parecen. Hoy en día nadie podría negar esta aculturación de un tipo de vida norteamerican que se proyecta sobre continentes enteros, sin embargo, las comunidades afectadas mantienen sus propias tradiciones, sus religiones, etc. Es solo por poner un pequeño ejemplo que podemos asumir fácilmente desde nuestra vida diaria y no ya desde sociedades primitivas. De este modo vemos cómo las ideas se difunden. ¿Y de lo que fue en el pasado, qué queda? Muchísimas cosas, desde la forma de determinar los emparentamientos por matrimonio, la división de las tareas por sexo, los tabues, los ritos de iniciación, hasta diversas costumbres, que con una inercia propia de siglos, perviven en nuestras sociedades.Por ejemplo, ciertas fiestas como la del solsticio de verano. En un capítulo de su libro Cultura Primitiva afirma Edward Burentt Tylor, que por pequeña que sea nuestra mirada a lo que nos rodea, pronto encontraremos ecos de otras culturas: «Aquí está la madreselva de Asiria, la flor de lis de Anjou, una cornisa con un final griego en el techo...». Las culturas: multiplicadas, asimiladas, fusionadas, ampliadas, y siempre presentes. Lo que pasa es que no nos damos cuenta, vivimos rodeados de ecos de otras culturas pero ya ni siquiera las distinguimos o no pensamos en ellas de ese modo.
Alfred Louis Kroeber en su obra El concepto de cultura en la ciencia refiere que es la cultura la que condiciona al hombre y este, a su vez, a la cultura. De repente, surgen en diferentes períodos personas de una gran lucidez; ideas sobre un mismo tema que pugnan por aparecer al mismo tiempo; así ha ocurrido, por ejemplo, con muchos inventos. Es como si llegados a un punto de la historia, todas esas fuerzas que venían presentándose en la sociedad apareciesen de repente. Así,los filósofos griegos, los artistas del renacimiento, las personas que hicieron posible la Ilustración, las revoluciones (la francesa, la americana...), la era atómica, los viajes al espacio, el conocimiento de la genética, sólo por citar algunos ejemplos más actuales.
La observación nos hace más sabios a través de la sabiduría de otros. Benjamín Lee Whorf explica en su trabajo La relación del pensamiento y el comportamiento habituales con el lenguaje cómo para los indios hopi no existe el tiempo en la forma en que nosotros lo percibimos, es decir como movimiento, como algo que transcurre de manera lineal y de forma progresiva con un pasado, un presente y un futuro. Para ellos, el tiempo no es algo que está fuera de sí, sino, en su ser como persona. Ellos serán más ellos dentro de un rato y todavía más mañana. Pero no hay un futuro que pase fuera de su persona, no hay un tiempo que no se deba perder ni tan siquiera ganar, no hay eso que vemos casi como un objeto, el tiempo, contra el que se lucha con el fin de obtener algún beneficio.Evidentemente, toda una concepción del mundo que en nada se parece a la nuestra, y que como indica este autor les lleva a una mayor concentración y también a un «prepararse» para lo que la vida les depare.
De este modo, de aquella idea evolucionista de la cultura de los pueblos se fue pasando a una relativista, en la que cada una tiene una idiosincracia propia y sigue su propio camino. En medio, han ido surgiendo dentro del campo de la Antropología numerosos conceptos, todos útiles, para intentar esa comprensión. Algunos son aportes traídos de la lingüística, otros de la psicología, otros como resultado de los trabajos de campo realizados en distintos continentes, demostrando una vez más cómo las ciencias, en este caso las Humanidades se unen para explicar diferentes procesos y crear modelos interpretativos que expliquen las diferentes culturas y las configuraciones sociales.
En resumen: somos la gran familia humana.




Notas

He recurrido al diccionario en línea (Internet) de la Real Academia de la Lengua para conocer el significado con que se describe la palabra «humano». Dice de «humano» en sus diferentes acepciones: Perteneciente o relativo al hombre, Comprensivo, sensible de los infortunios ajenos, Ser humano, conjunto de todos los hombres.
Vemos así que no aparece el genérico «persona» y de qué modo el antiguo patriarcalismo que permitía en un principio considerar a las mujeres como objetos que se podían entregar (sin su consentimiento) a otros, pervive hasta nuestros tiempos, no solo en el mismo tipo de actos o contratos que en algunos pueblos se continúan haciendo, como son los de los matrimonios concertados por los padres, sino en nuestro lenguaje cotidiano. Ese «hombre» utilizado en sentido genérico, bien podría ser sustituido por «persona».

La elección de la foto.(Fotolia). La he puesto porque considero que no es la caridad sino la justicia social la que debería representarnos como humanidad.


Aprovecho para dejar aquí dos declaraciones importantes:

Declaración de los derechos de la mujer y de las ciudadanas. Redactada en 1789 por Olympe de Gouges.

Declaración de los derechos humanos

Lecturas

MARSHALL, SAHLINS. Economía en la edad de piedra. Akal. Madrid, 1977.
BOHANNAN, PAUL Y GLAZER, MARK. Antropología: lecturas. McGraw-Hill. Madrid, 1977.

12 comentarios:

  1. Parece un contrasentido decir persona humana, pero es que hoy día existen muchas personas que no son humanas ¿...?
    ¿cómo es eso posible? tu trabajo lo deja muy claro y lo encabezas con una gran foto muy bien elegida. Efectivamente es la justicia social, que debería envolver a la humanidad.
    Un abrazo Pilar

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    1. Siempre agradecida de leer tus comentarios, Javier.
      Un abrazo.

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  2. Gracias por este post, Pilar. Un placer leerte.

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  3. Parabéns pela reflexão. Abraços, Graça Graúna (Brasil)

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  4. El humano ha ahogado a veces su propia voz,y en otras la de los demás,bueno sería reflexionar y actuar acorde al bien común y así formar un "molde" en el cual encaje una sociedad mundial que construya motivados por cualidades como el amor...
    Se aprende mucho de todo lo que escribe y comparte,Pilar!!! ¡Saludos!

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  5. Escritora Pilar Alberdi, excelente artículo, siento profundo respeto por los indios hopi,
    conocí parte de su pasado a través del dr. Gabriel Cousens durante su conferencia en
    Argentina. Saludos.

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    1. Gracias, Sofía. ¡Qué bueno que hayas podido escuchar esa conferencia!
      Un fuerte abrazo.

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  6. Un articulo impresionante, me ha gustado mucho. Es un tema muy bueno para reflexionar. Saludos

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    1. Coincido contigo, después de algunas lecturas sólo nos queda reflexionar y muy especialmente en estos temas de antropología.
      Saludos.

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