© Pilar Alberdi. Escritora. Licenciada en Psicología (UOC). Cursando Grado en Filosofía (UNED)

domingo, 15 de junio de 2014

ÉTICA DEL DISENSO


Por: Pilar Alberdi

«No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia» (Hegel).

De un tiempo a esta parte acumulo numerosos títulos de los artículos que tengo pensado escribir. Son ya una larga serie y cosa curiosa casi siempre tienen que ver con la realidad política en España. Es como si la realidad nos estuviera dando mordiscos a cada rato, como si nos muriésemos a golpecitos, sí, de ese modo terrible como mandaba matar Calígula a sus condenados, «a golpecitos», para que tuvieran conciencia de que los estaban matando. Y así hemos sentido cómo se intentaban vulnerar nuestros derechos, cómo se destruía el tejido industrial y comercial, como era desahuciada la gente y cómo aumentaba el número de parados, se procedía a reformas laborales ineficaces, se restringía el crédito, se congelaban las jubilaciones y pensiones y se intentaba privatizarlo todo, e incluso se cambiaba un artículo de la Constitución para priorizar el pago de la Deuda frente al bienestar de los ciudadanos.
Como el poder político y económico no quiere ver en el espejo público lo que ocasiona, además de los 500.000 desahucios de los últimos años, los entre 30.000 y 40.000 personas que viven y duermen en la calle, ha decidido multar a quien revuelva en un contenedor de basura buscando restos de comida; elaboró un exámen para músicos callejeros, y coloca impedimentos en mobiliario (bancos, fuentes, parques, etc.) de tal modo que las personas no puedan acostarse y ni sentarse, en un intento de alejar la pobreza del centro de las ciudades.
Esta sensación de que estamos todos dentro de un gran caldero en el que a diario nos revuelven con un cazo, se vuelve cada día más insoportable y crea mayor vulnerabilidad. Casi da pánico y a veces risa porque es mejor reír que llorar abrir un periódico o mirar las noticias por Internet. No les preocupa, ni tan siquiera, que tan claro se vea la impunidad con la que actúan. Tan protegidos están con aforamientos, inviolabilidades y juicios que se demoran años y años, antes de que los procesos puedan presentarse en una vista publica o prescriban definitivamente.
Por eso ha llegado el tiempo en que la ética se ha hecho presente en actos cada vez más mayoritarios, plurales y de disenso. En los que tampoco ha faltado el resultado de las pasadas elecciones europeas que han servido para mostrar el desencanto de la población frente a unas políticas que les sumergen en el desaliento.
El Estado de Bienestar que tantas cosas buenas ha tenido, ha permitido que dejáramos la política en manos de personas que hoy, ya lo sabemos «no nos representan». Si lo hicieran, les habríamos visto luchando junto a los que perdían sus hogares, permaneciendo junto a ellos cuando rompían y tiraban abajo las puertas de sus casas; quizá hasta les hubiéramos visto durmiendo debajo de un puente, o como okupas en una casa o en un edificio al que tuvieron que acceder como furtivos. Tampoco les hemos visto en las manifestaciones ni junto a los «preferentistas» gritando frente a los bancos. Por no tener, nuestros políticos, no han tenido la sensibilidad de ocuparse de quienes más les necesitaban. Les ha faltado, empatía, sentimiento, honestidad y, por supuesto, solidaridad. Y, perdonen que generalice, pero dados los hechos, dada la indefensión a la que se ha visto sujeta la ciudadanía, ha lugar. Por supuesto, tampoco les hemos visto junto a los jóvenes en paro, ni despidiendo a los que se marchan al extranjero en busca de un trabajo, ni con los que no recibieron sus becas a tiempo y tuvieron que abandonar sus estudios universitarios; por no verlos, y siendo gigantesco el drama al que nos hemos enfrentado estos últimos años, no les hemos visto en los funerales de quienes decidieron acabar con sus vidas, suicidándose, unas 3.500 personas al año, muchas arrojándose a la calle desde los pisos que iban a perder, algunos en el preciso momento en que llegaban los policías y el represesntante judicial; tampoco les hemos visto con las mujeres y niños que han muerto ha causa de la «violencia de género», más grave aún a causa de la situación económica que viven muchas familias diariamente. Y sabemos, por ejemplo, que la violencia sobre niños y adolescentes ha aumentado en los hogares españoles.
¿Y ahora qué sucede? Que hemos despertado. El poder, llamémosle económico y político, que siempre ha estado ahí, que ha dirigido cada uno y todos los actos de esta sociedad, por tanto directa o indirectamente de nuestras vidas, solo puede verse cuando tras una crisis tan grave como la que hemos vivido alcanzamos a reconocerlo. Y, aunque no nos ha gustado lo que hemos visto, ahora sí, estamos prevenidos. Fue como volver al siglo XVIII, al XIX o a principios del XX. Se ha roto el sueño de que la democracia era votar cada cuatro años, de que había políticos que nos representaban. No en vano resuenan todavía con vigor aquellas palabras de Friedrich Nietzsche, que podemos leer en uno de sus libros: (El Estado) «Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira/ que se desliza de su boca: “Yo el Estado soy el pueblo”».
La vida de los seres humanos ha estado siempre ante ese poder, el de los que se hacen dueños por la fuerza de la tierra, los que dirigen los ejércitos, los que mienten, los que imponen sus terribles normas, los que hacen leyes injustas, los que ejecutan a héroes valerosos, los que niegan la dignidad de una vida humana. En la antigüedad se servían de esclavos; en el medioevo de siervos; a partir de la Revolución Industrial de proletarios, es decir de campesinos reconvertidos en obreros útiles para la industria. Quizá conviene aquí recordar de dónde proviene esa palabra «proletario». Proletarios eran aquellas mujeres y hombres que llegaban del campo a la ciudad de Roma acarreando a su numerosa prole (hijos), y como no había tareas para desempeñar porque había miles de esclavos, a estos ciudadanos se les daba «pan y circo» y en ese festín de muerte en el Coliseo, donde había salas en las que se ofrecía comida, también accedían a ver a diario mil tormentos donde se les enseñaba que había otros más infelices que ellos y que de rebelarse podrían correr la misma suerte que aquellos esclavos o cristianos. ¿Y todo para qué? Para el Imperio, por supuesto, para el César de turno, para que aumentaran las riquezas y las propiedades de estos, y también su gloria. En el siglo XVIII, con la revolución industrial, se vivió idéntica situación, con ese campesinado que también llegaba a las ciudades, y la pobreza y el alto número de hijos eran su condena. Esclavos, siervos, trabajadores...
Lejos queda y, sin embargo no lo parece, el tiempo en que Rousseau escribió: «Vosotros, pueblos modernos, no tenéis esclavos. Vosotros sois los esclavos» y también «Un rey, lejos de proporcionar la subsistencia a su pueblo, saca de ellos la suya».
Se nos ha repetido que vivimos en la mejor de las sociedades posibles. Nos han enseñado ha realizarnos a través del trabajo, a que sea nuestra profesión aquello por lo que nos significamos, nos igualemos, nos comparamos. Para el mercado valemos lo que vale nuestra formación, que ha acabado siendo como una nueva religión de cursos y estudios o trabajos que hay que superar para ganarse una porción de cielo en la tierra. Y esto mismo enseñamos a nuestros hijos, ¿para qué? Para lo mismo, pero resulta que ahora no hay trabajo y el que hay es precario, y más que en ciudadanos nos vamos convirtiendo en números, cifras, objetos invisibles de la administración, a los que se les echa en cara querer jubilarse a los 65 años o que vivan muchos años.
Se preguntaba Marx en su ensayo El cambio de función del materialismo histórico, lo cita Georg Lukács en su libro Historia y conciencia: «¿Un trabajador en una fábrica de algodón produce solamente algodón? No, produce capital. Produce los valores que sirven de medio para ordenar su trabajo, para crear por medio de este, nuevos valores». Es decir, produce capital que sirve a los medios con los que el poder acabará creando medios de comunicación que sirvan a sus fines, como estamos viendo, ya sean estatales o privados o a la connivencia de ambos. Si es necesario loar reinados, se loarán. Si es necesario tapar trasfondos de golpes de Estado, también.
«Toda hegemonía es necesariamente una relación pedagógica y se verifica no solo en el interior de una nación, entre las diversas fuerzas que la componen, sino en todo el campo internacional y mundial». Esto lo escribió Gramsci y sigue en vigor. Teniendo en cuenta que los problemas económicos son políticos, esta pedagogía la vemos a diario.
Tiempo, pues, de volver a la política, de leer a los mejores autores, especialmente a aquellos que han vivido tiempos similares, en donde la diferencia entre los que poseían la riqueza y los que padecían la miseria era inmensa; tiempo de comprender que por el camino que nos lleva este liberalismo económico que solo beneficia a unos pocos (85 ricos tienen el equivalente a lo que poseen más de tres mil millones de personas) no podremos salvar a este planeta ni a nuestros descendientes. Y a mí, igual que a muchos, sí me importa ese futuro en el que ya no estaré, es cierto, pero del que seré co-responsable.



Derechos foto: ©Fotolia

8 comentarios:

  1. Pilar, parabéns por mais um artigo que denuncia as desigualdades sociais. Abraços, Graça Graúna

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    1. Agradecida por tu lectura. Saludos y un abrazo.

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  2. Gracias, Pilar por tan excelente artículo. Lo comparto con gusto, porque merece ser leído. El mundo y sus verdades. Realidades que de pura impotencia, no sabemos qué hacer. Menos mal que nos queda la palabra... Gracias por tu aporte sosegado y crítico, y por compartir tu acertada reflexión.
    Un abrazo.

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    1. Tienes mucha razón, esta sensación de impotencia que perfila los días y nos abate. Palabras necias que nos toca oír, hechos terribles que nos obligan a ver por la televisión como si les sucedieran a muñecos de paja no a personas. ¡Tanto dolor! Pero hay que vencer, desde la actitud, en cada pequeño acto.

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  3. Acabo de escribir un comentario y creo que no se publicó.
    Estremecedor querida Pilar lo que acabo de leer, una triste y oscura realidad. Que bien describes lo que está pasando, y que bien escribes.
    No soy optimista, tal vez mi situación hace que no lo sea. Está todo tan precintado y bien atado que es imposible que entre un rayo de luz. Veo difícil que la mayoría de personas despierten del letargo y la anestesia, el sistema no deja mucho lugar para eso. Ya ves la importancia que cobra el mundial de fútbol, con todos los problemas que hay.
    A pesar de todo, mantengo una pequeña esperanza, aunque cada vez se me hace más difícil, en fin, hasta que no pueda más. Habrá muchas personas que se sientan como yo, indefensas y abatidas.
    Pues eso, intento mantener una esperanza...
    Un gran abrazo.

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    1. Sin duda, desmoraliza la escasez de valores que desprenden quienes por estar en puestos clave de la política, tienen poder.
      Decía Ernst Bloch: "¿Puede fallar la esperanza?" Por supuesto, decía él, pero qué sin esperanza.
      Un abrazo.

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