LOS NIÑOS QUE CAZABAN POKÉMONES


 

Pilar Alberdi

Foto por Mika Baumeister

 

«Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuanto maíz produjo Iowa el año pasado. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la información de que se mueven sin moverse».

Ray Bradbury

 

Una mirada al presente

Voy a entrar de lleno en la cuestión: el tema que me preocupa es el poco interés que los niños manifiestan por la lectura. Se han convertido en espectadores antes de tomar real conocimiento de la vida; en «voyeurs» complacientes, incluso soberbios, también indiferentes. Esto no lo han decidido ellos. Probablemente es la generación a la que de niños se les leyó más historias al irse a dormir. Oír historias antes de dormir es algo que todos los niños quieren; ello supone estar un poco más de tiempo con los progenitores o los cuidadores. Contarles cuentos es también el modelo de conducta de padres que se propone en muchas series y películas de televisión. Entonces, ¿qué ha pasado?

La mayoría de los niños muestran una férrea fidelidad a los programas de televisión que les gustan, a los canales especializados en vídeos, los dibujos animados, los programas de entretenimiento o música, las series, las películas de cine especialmente realizadas para ellos, pero deberíamos saber antes qué supone decir «especialmente realizadas para ellos». Lo diré: básicamente se les ofrecen formas de comportamiento, lo que se espera de ellos; en suma, que actúen como tal o cual personaje; que perciban el mundo desde tal o cual perspectiva. Hoy, mirar la televisión es lo «normal». En mi infancia, pocas familias tenían televisión, pero hasta las niñas queríamos ser como los muchachos de Bonanza. Es así. Y tan graciosos y tontuelos (entonces no lo percibíamos de este modo) como el Super agente 86. Pero algo ha cambiado: hoy la televisión es la figura principal en la casa, un símil del paterfamilias.

Ofrecer a un niño la lectura de un libro y que nos conteste que ya lo ha visto en la televisión o en el cine, o que podrá verlo más adelante, es, simplemente decepcionante, porque da por hecho que lo que le ofrecerán en una película es mejor que el resultado que él pueda obtener con su lectura, o peor, ni siquiera ha podido pensar esto. A su edad no posee todavía un sentido crítico. Simplemente: no comprende. Quizá ni sepa, que no hay dos lectores que lean el mismo libro. Entonces, ¿dónde ha quedado la magia de las palabras? Las han sustituido por imágenes [1] adictivas que pasan a una velocidad vertiginosa, y por lo general impiden pensar, y solo te obligan a concentrarte en ellas, sin desviar la mirada ni pestañear. Ese niño, nos dice «no» a la lectura, es decir, lo contrario que nos diría si le ofreciésemos la posibilidad de jugar a un videojuego. Pero ¿es igual leer, percibir en palabras un mundo mágico en su capacidad de revelación del propio mundo interior que ver la televisión? Verdaderamente, y esto es lo que permite la lectura, es uno quien se revela a sí mismo en lo escrito, y a través de ese desvelamiento va comprendiendo qué sentimientos le produjo una situación, a qué le recordó, qué analogía surgió en el entramado discreto de las palabras, qué emociones, qué pausa necesitó hacer motivado por una reflexión a la que no esperaba llegar. Por eso, el mismo libro leído años después, nos resulta nuevo otra vez, no porque cambie el libro, sino porque hemos cambiado nosotros. Y esto difiere de las sensaciones que se pueden tener viendo, por ejemplo, una película. A un buen lector no le convence cualquier película.

No hay otra forma mejor de comprender la psicología de las personas que a través de la literatura con su grado de desarrollo interior de los personajes, su complejidad, sus verdades y mentiras, su hipocresía y deslealtad, su odio y amor, sus matices; en fin, con la gran versatilidad que como seres humanos somos, con nuestros intereses, nuestra mediocridad, nuestras fortalezas y miserias, nuestro escepticismo o indiferencia, o por el contrario nuestro pragmatismo y fanatismo. Si se da el caso de que salgamos satisfechos de ver una buena película, al menos eso que consideramos «una buena película», es que uno ya ha pasado por ese camino previo de lecturas, que nos han resultado influyentes, e intuye más allá de lo superficial cómo son las personas. Además, tendrá la capacidad de detectar parecidos con otros guiones cinematográficos que se han puesto de moda, y con guiños que no se corresponden con los usos ni las formas de la época que retratan.

 

¿Cómo solucionar esto?

Muchos padres se quejan de esta situación, pero no saben cómo darle solución. Si por los niños fuera, quieren ver la televisión a todas horas. ¿Con castigos si los niños no respetan límites de horarios de juego? ¿Con premios si lo hacen? Por un lado, no quieren que sus hijos se pasen el día interactuando con otros niños a través de videojuegos, muchos de ellos violentos; por otro, tampoco quieren que parezcan «diferentes» o «raritos», frente a otros niños.

Me pregunto: ¿qué podrían querer cambiar estos niños si están conformes con lo que tienen? ¿Qué razón tendrían para cambiar algo cuando tienen todas las comodidades y especialmente la satisfacción de ver televisión, películas, acceder a sus redes sociales, y jugar muchas horas del día? ¿Qué espíritu crítico se fomenta en ellos a través de los mensajes de las pantallas? ¿Pueden los padres luchar contra esas influencias? ¿Qué cuestiones de la vida se les comentan a los niños? ¿A qué se les confronta? ¿Qué valores básicos defienden sus padres en una sociedad secularizada?

¿Podríamos afirmar que no todo lo que se les ha leído es de calidad? Sí, podríamos. Se ha pasado de la lectura de los clásicos, que lo son porque han superado el paso del tiempo y han gozado de la aprobación de generaciones, a los autores contemporáneos, entre los que no dudo, los hay muy buenos. Sin embargo, a las escritoras y escritores se les solicitan obras sencillas. Como ya no se lleva lo de hacer frases subordinadas; yo misma he sentido muchas veces que me sobraban palabras, que conocía demasiadas, gracias también a que nací en un país a donde llegaron muchos inmigrantes europeos en el siglo XX, con sus madejas de palabras que los unían a lo que habían dejado atrás. Y esas palabras pasaban a formar parte de la cultura del nuevo país en el que se integraban.

En una sociedad que produce adultos infantilizados, que teme enfrentarse a la enfermedad, la vejez y la muerte, los niños del pasado tenían muchas ventajas. Voy a enumerar unas pocas: vivían en pueblos, donde había dos calles importantes, la calle de la Iglesia y la calle del Cementerio, Por favor, si lo prefieren pueden cambiar la palabra Iglesia por Sinagoga o Mezquita, el resultado será el mismo. Y a los familiares fallecidos se los velaba en casa.

Estos niños, seguramente, se veían casi a diario con sus parientes mientras bajaban a la calle a jugar con sus amigos. La llegada de las estaciones era una fiesta; también los festejos populares. Y había una continuidad clara entre lo que ya pasó y lo que volvería a pasar. Por esa razón, el Tiempo, en buena medida, aparecía como lo que es, cíclico, por el impulso vital de la naturaleza, siempre renovada, aunque la escritura y sobre todo la Historia nos lo muestran lineal. Todo niño de pueblo podía estar seguro de que para septiembre u octubre podría salir al monte a buscar setas; en febrero se marcharían las cigüeñas; en abril volverían las golondrinas; el pan con chocolate podía ser la merienda más rica del mundo; para el verano los árboles, nuevamente, se llenarían de cerezas y manzanas, y no había frutas exóticas como los kiwis, ni mosquitos molestos como los recién llegados «Tigre», por obra y gracia de la «globalización».

 

¿Qué se leía en el pasado?

Tras la creación de los Estados y la educación obligatoria, aquello que prometía ser una educación relevante ha ido progresivamente a la baja. Los niños deben ir al ritmo que marca la escuela. Con esta fomentada igualación, los niños que muestren mayor capacidad intelectual tendrán dificultad para ser reconocidos.

De todos modos y para exponer mejor lo que quiero expresar, tomaré en cuenta lo que dijeron de sus lecturas de infancia, algunos escritores del pasado. Comencemos. Hablaré sobre el filósofo y matemático, Leibniz. Deja su testimonio en una biografía escrita a los 25 años bajo el seudónimo de Wilhelm Palidus. El autor solía utilizar a menudo ese seudónimo. El título provisional fue Borrador de una introducción (1671-1672). En el texto refiere que a los ocho años solía recluirse días enteros en la biblioteca familiar. En sus propias palabras: «tan pronto tomaba los libros que tenía a mano no los volvía a dejar, y entonces, abriéndolos y cerrándolos al azar extraía algo de ellos o bien pasaba a otros». No lo entendía todo, evidentemente, y así lo expresa, pero tomaba aquí y allá un concepto, una frase que podía comprender, y gracias a ello, después establecía, si la hallaba, una relación entre las mismas. Ya sabemos que el conocimiento se nutre de este tipo de asociaciones. Y él lo manifiesta, mostrándose alegre y satisfecho de haber encontrado por su cuenta aquel tipo de sabiduría que de tanta utilidad le iba a ser en el futuro. Con este método leyó partes de Cicerón, Plinio, Séneca Tito Livio, Jenofonte, y a los primeros padres de la Iglesia, estableciendo un primer contacto con la teología y la filosofía, interesándole de un modo especial, la Historia de Heródoto. En su adolescencia leyó a Francis Bacon, Cardano, Campanella y fragmentos de Kepler, Galileo y Descartes. Y en este mismo período fue cuando se inició en el conocimiento de Platón y Aristóteles.

Estoy segura de que en esos historiadores latinos habrá encontrado un mundo de aventuras humanas y guerreras donde su imaginación y sentimiento se habrá recreado vivamente; y en los griegos, profundidad filosófica. En nuestra época, tendemos a creer que los clásicos son difíciles de leer, y nos quedamos con lo que dicen sus comentaristas. Este, es un error grave.

Pongo otro ejemplo, lo cuenta Víctor Hugo, en su poema Lise. Allí describe cómo a sus doce años estaba enamorado de una jovencita de dieciséis. Su nombre, era el que da título al poema. Hugo explica que él le hacía preguntas «de manera incesante por el solo placer/ de decirle “¿Por qué?”» con la única intención de extender el tiempo que pasaban juntos y llamar aún más su atención. Los versos manifiestan ese anhelo: «Yo quería lucir mi saber infantil, / la pelota, mis juegos, mis ágiles trompos; me sentía orgulloso de aprender mi latín; le enseñaba mi Fedro, mi Virgilio, la vida/ era un reto, imposible que algo me hiciera daño. Puesto que era mi padre general…». Lo hemos oído bien, junto a los juegos que practicaba (pelota, trompo…), estaban su Platón y su Virgilio, por supuesto, en latín. Y como bien explica en el poema su padre fue general, y aunque en el poema no se explica, estuvo destinado en España, donde el joven Victor Hugo, ya adolescente, publicó una revista literaria en la que la mayoría de los colaboradores, alrededor de unos once, eran alter egos suyos.

Otro ejemplo: Ephraim Lessing ya a los cinco años lee la Biblia y el catecismo. Adolescente, entra a la Universidad. Jonathan Swift: aprendió a leer a los tres años, le gustaba hacerlo en voz alta, en especial fragmentos de Plutarco.

Del siglo XX puedo citar algunas de las lecturas de Nabokov. En respuesta a una revista estadounidense, comenta cómo entre los diez y los quince años, los cuales pasó en San Petersburgo, leyó más novelas inglesas, rusas y francesas que en cualquier otra época de su vida. «Disfruté especialmente con las obras de Wells, Poe, Browning, Keats, Flaubert, Verlaine, Rimbaud, Chejov, Tolstoi, y Alexander Blok». También recuerda con especial afecto las lecturas en voz alta que escuchaban en la casa familiar, y que les leía una institutriz francesa. Y en la revista Speak Memory cuenta que leyó Guerra y Paz de Tolstoi a los once años. Esa Guerra y Paz a la que Tolstoi llamó en su madurez: «bagatela» y se prometió no volver a escribir algo así. Por su parte, el propio Nabokov, leía a sus hijos en inglés, antes incluso de enseñarles ruso, páginas de Dickens.

Se podría citar más ejemplos. De músicos, entre otros. Alguien podría pensar que estas personas tenían estas inclinaciones por su posición social. Mientras que otros niños, la mayoría trabajaban o pasaban un período en la escuela para salir de allí con un aprendizaje básico que les permitiese conseguir un empleo. Estoy de acuerdo. Pero todos sabían cuál era el camino para el conocimiento: los libros, y en gran medida también ser autodidacta. Pero hoy, aun teniendo la posibilidad de comprar los libros, de acudir a bibliotecas o de poder bajarlos de Internet, ese afán de conocimiento no se aprecia.

 

¿Qué leían las niñas?

Tomaré en cuenta algunos testimonios. Por ejemplo, Teresa de Jesús. De niña, leía, libros de caballería, además de biografías de santos y mártires.

En el caso de Jane Austen, su padre era tutor y recibía en su casa a jóvenes para su formación, por lo que podemos suponer, el padre también transmitía este tipo de conocimiento a los hijos. Acostumbraban a reunirse en familia para leer. Por esa época no había para las mujeres un tipo de educación determinada oficialmente, y se sabe que al menos unos pocos meses, pasó por un internado.

Algo similar ocurrió con Mary Shelley, la autora de Frankenstein. Su padre, pastor calvinista y luego filósofo reformista, autor de Justicia Política, ayudó a su formación; y su madre, fue la escritora y filósofa, Mary Wollstonecraft, quien defendía los derechos de las mujeres.

Y ahora, veamos las lecturas realizadas en la infancia por varias escritoras del siglo XX. Emilia Pardo Bazán dejó testimonio de lo que leía en la biblioteca familiar cuando contaba entre ocho y nueve años: la Ilíada de Homero, el Quijote, y la Biblia.

La filósofa Simone de Beauvoir, detalló algunas de sus lecturas infantiles en Memorias de una joven formal: «La Historia Sagrada me parecía más divertida que los cuentos de Perrault, puesto que los prodigios que relataba habían ocurrido de verdad». Muchas de esas historias se las leía una empleada doméstica de nombre Louise, quien dormía en la misma habitación que la niña. En la adolescencia, entre otros autores, leyó a Balzac.

Virginia Woolf en su niñez y adolescencia leía a los clásicos. Su padre, escritor, era el editor del Oxford Dictionary of Natural Biography.

Marie Curie, hija de un profesor de física y una directora de una escuela para niñas, leyó en su adolescencia novelas románticas.

Marguerite Duras, con una dura infancia en la Indochina francesa, confiesa que lo mismo que le faltó un verdadero hogar, le faltaron libros. Por el contrario, la escritora francesa Colette refiere cómo era su vida en Ensueño de Año Nuevo (Los zarcillos de la vid): «Una niña muy amada, entre unos padres que no eran ricos y que vivía en el campo entre árboles y libros, y que no conoció ni deseó juguetes; he aquí lo que veo al inclinarme esta noche sobre mi pasado».

Pensemos que cualquier niño del siglo XX que haya leído el Nuevo Testamento, y la mayoría en Occidente lo hacía, había tenido un acceso directo a una historia trágica, y el resto de sus días no habrá olvidado a los personajes principales, ni las cuestiones morales que allí estaban en juego.

Tampoco habrá olvidado otros cuentos clásicos, si los tenía, o si pudo oírlos en alguna ocasión, como los de los Hermanos Grimm, Andersen, Lewis Carroll. Pero no siempre se poseían, ni había bibliotecas con la abundancia que las hay ahora.

Por supuesto, cabe hacerse la pregunta, de qué habría sido de las figuras literarias que he citado a modo de ejemplos, si en vez de acceder a los libros, con el consiguiente esfuerzo de lectura, hubieran tenido a su alcance la fácil distracción de la televisión, Internet, teléfonos móviles, videojuegos, con el consiguiente peligro de adicción, y sus consecuencias a medio y largo plazo: sedentarismo, obesidad, agresividad, pasividad, ansiedad, depresión, problemas alimenticios, una vida disfrutada vicariamente a través de los personajes.

En una época, 1953, en que todavía no se conocían algunos de los artilugios electrónicos con los que ahora convivimos, pero ya existía la televisión, numerosos intelectuales fueron conscientes del peligro que representaba como amenaza para la cultura del libro, por consiguiente, para una actitud crítica y reflexiva. Así, Ray Bradbury en su libro Farenheit 451, una distopía en la que los bomberos ya no apagan incendios, sino que queman libros, habla de: «las orejas cubiertas con abejas electrónicas que con su susurro, ayudaban a pasar el tiempo», y de las paredes de las casas cubiertas de pantallas con las que los habitantes podían interactuar. Se cita un programa: La familia, en la que los participantes podían representar a un tío, una madre, etcétera. A las personas que se apuntaban para actuar, les daban un pequeño guion de pocas palabras que debían aprenderse de memoria, y decir ante las pantallas de su casa. ¿Algo así como el Gran Hermano? No necesariamente. Más bien algo parecido a una videoconferencia.

Theodor Adorno ya había alertado contra «el imperativo categórico de la industria cultural, ya que no tiene nada que ver con la libertad; a diferencia del imperativo categórico de Kant» [2]. La industria cultural solo pide: «acomódate, aunque no sepas a qué; acomódate a lo que existe y a lo que todos piensan como reflejo del poder y la omnipresencia de lo que existe. Mediante la ideología de la industria cultural, la adaptación sustituye a la conciencia».

¿Qué pasa aquí?

Como si lo estuviéramos escuchando en este preciso momento, y se refiriese a nuestro presente, decía Ray Bradbury, en la novela antes citada: «Los años de Universidad se acortan, la disciplina se rebaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y la pronunciación gradualmente son descuidados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo, después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto a apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?»

¿No les sorprende que estemos en una sociedad de «ninis», es decir, de jóvenes que no estudian ni trabajan?

Permítanme ampliar la cuestión porque sin trabajo, desindustrializados, con empresas cerradas por falta de actividad, con una renta mínima que no alcanzará para nada, igual que no alcanzan las jubilaciones; con una educación desde casa debido a las escuelas, institutos y universidades cerradas tras la aparición de la COVID-19,  con la implantación del teletrabajo, con nuevos confinamientos, las personas quedarán encerradas, aisladas, solo en contacto con espacios virtuales, cuya realidad exigirá una posición crítica o un total sometimiento a los mensajes que se reciban por las pantallas. Incluso se habla ya de una futura «educación universal».

Recuerdo que en primer año de la secundaría leímos a Borges, a Horacio Quiroga, a las poetisas y los poetas latinoamericanas del siglo XX, entre otros. Nuestros hijos, en la secundaria, todavía alcanzaron a estudiar algún año de filosofía, latín y griego. Hoy, la filosofía, ha desaparecido de las aulas españolas. Parece que la filosofía no sirve para nada, pero la filosofía es la única que nos recuerda una y otra vez, que lo importante es la pregunta no la respuesta. Que a las certezas de algunos iluminados; toda esa clase de ideas que pueden acabar en espantosas soluciones, hay que tenerles miedo.

Dice el Génesis que en el principio era el Verbo. Y ya está ocurriendo lo que vaticinó George Steiner, que vamos hacia una era histórica donde la palabra escrita no ocupará el primer puesto. Restituyamos la palabra. La palabra devaluada, es vida devaluada. Facilitemos la reflexión, busquemos información, hablemos de todo con nuestros allegados, quizá de este modo la tecnología no devore a las próximas generaciones. Y no permitamos que la opinión por las circunstancias dadas nos separe de nuestros intereses, ideales y afectos.

Hubo un tiempo en que los niños acompañaban a sus padres a cazar bisontes. Capturar uno de estos animales para la supervivencia del grupo, representaría en la adolescencia un paso importante para convertirse en adulto.

Nosotros tuvimos una infancia más fácil, nos conformábamos para ir creciendo con presas más pequeñas: un pececillo, una lagartija, una mariposa, y lo más fácil de todo, alguna mosca.

Resumiendo: los niños de hoy no salen a cazar moscas, nosotros lo hacíamos; ellos salen a cazar pokémones [3]. Si a un niño de hoy que juega a cazar pokémones le preguntas si saldría a cazar moscas te dice que no, y te mira asombrado, «Vaya tontería, ¿no? ¡Cazar moscas!» Porque lo de cazar moscas lo ve como una idiotez; mientras que cazar lo que no existe más que virtualmente, está bien. Pero si a nosotros nos hubiesen preguntado si saldríamos a cazar pokémones, ¡Imagínense la cara de sorpresa!, primero habríamos tenido que preguntar qué eran esos pokémones. Y esta es la única ventaja que yo veo a los niños de ahora: al menos ellos, no tienen que preguntar qué son moscas. Pero lo peor, lo peor es que a nosotros también nos habría gustado eso de cazar pokémones.

Por último, solo me queda una pregunta: ¿hacia dónde nos dirigimos?

Notas

[1] Sobre la importancia de las imágenes y su recepción, me parece importante dejar aquí estas palabras de Althusser: «La ideología es, sin duda, un sistema de representaciones; pero estas representaciones, en su mayoría, son imágenes y a veces conceptos; pero sobre todo se imponen como estructuras a la inmensa mayoría de los hombres, sin pasar por la conciencia». (La Revolución teórica de Marx. Siglo XXI, México, 1967, cap. 7.).

[2] Adorno, T. W. Crítica de la cultura y sociedad I: Prismas. Akal, Madrid, 2008, p. 300.

[3]Marín, Eduardo. El verdadero origen de la palabra Pokémon no es el que piensas. Recuperado de: https://es.gizmodo.com/el-verdadero-origen-de-la-palabra-pokemon-no-es-el-qu-1783372294.

 

Artículo publicado en la Revista Dialektika, septiembre 14-09-2020


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