miércoles, 11 de marzo de 2020

LEO STRAUSS, EL FILÓSOFO DE LA «SEGUNDA CAVERNA»



Pilar Alberdi

Dice Leo Strauss en Sin ciudades no hay filósofos que la «filosofía» es el intento de sustituir la opinión por el conocimiento. La filosofía, que es básicamente «amor a la sabiduría», no debería conformarse con meras opiniones del momento.
Debemos a Platón la Metáfora de la Caverna. Quizá algunos de ustedes la conozcan. Aparece la mención en su libro La República. Haciéndonos eco de dicha explicación, sabemos que en la caverna hay unas personas situadas, es decir, colocadas en un orden y unas condiciones previamente determinadas por otros, sin libertad, y sin un acceso directo a la realidad, de la que solo perciben reflejos y sombras, aunque para ellos, esa sea la verdad.
Me atrevería a afirmar que la mayoría de las veces, nosotros, estamos en situaciones similares; percibimos lo que parece ser una verdad, pero siempre hay algo más allá, que no alcanzamos a captar: un entramado de hechos y circunstancias diferentes, velados, ocultos bajo lo que creemos percibir.
Para Platón, aquel que sale de esa situación y alcanza a conocer la verdad, tiene la obligación de regresar a la caverna para contarlo a los que allí quedaron prisioneros. «Filósofo es aquel que ha ascendido hasta la contemplación de la Idea de Bien». Qué sea este bien, ahora podemos ignorarlo, de qué valores está constituido exactamente, también; pero intuimos será una idea de la verdad o de la posible verdad más completa que la existente en el interior de la caverna, pues sabemos que los que están dentro, atrapados entre luces y sombras, percibiendo una realidad inválida, son menos que hombres, sin acceso a la dignidad que les corresponde como personas, y no solo atrapados sino engañados frente a una materialidad configurada irrealmente. Esa caverna a la que se refiere Platón, representa la polis, la Ciudad-Estado de su tiempo con su política y su vida social, y los intereses de poder.
En la época clásica, los valores apreciados por filósofos como Platón tenían como base las ideas de «bien, belleza y verdad», de los que dependían otros, esenciales para la comunidad, y todos ellos opuestos a los de «maldad, mentira y fealdad». Sabemos, además, incluso por experiencia propia y porque otros antes que nosotros lo han vivido, que la bondad, la verdad y lo bello precisan de lo «justo» para su valoración, tema este, el de la justicia, esencial en la vida, y también en La República de Platón.
Pero el problema, según Leo Strauss, es que la persona actual, ya no puede salir de la caverna de Platón al exterior, sin pasar antes por una Segunda Caverna. ¿Por qué? Porque el problema, advierte, es que desde la Ilustración, el pensamiento moderno consiste en la negación dogmática de la existencia misma de valores fijos, la meta siempre está delante, lo mejor se espera del futuro y está por llegar, por tanto, si no hay para la época actual, alguna idea superior o mejor, si todas las ideas son de hecho ideas relativas, entonces «antes de emerger de la caverna hacia la luz de la verdadera filosofía ―aquella que se mantiene en la búsqueda de la verdad― el hombre actual deberá remontar de la Segunda Caverna [la de la Modernidad] a la primera [la clásica de Platón]», es decir, de aquella en que hay un batiburrillo de verdades relativas, que ni siquiera pugnan entre ellas por demostrar cuál sea mejor, a la caverna metafórica de Platón, en la que al menos alguna clase de verdad relativa se presenta como verdadera, antes de salir fuera a ver qué hay más allá. A partir de aquí, según Platón, si el filósofo logra escapar de la caverna, si es alguien que realmente ama la sabiduría, y habría que añadir, si es alguien que también ama a sus congéneres, tendrá la obligación ética de regresar para contarlo, aunque corra el riesgo de no ser creído o de ser atrapado.
Si entendemos esa Segunda Caverna propuesta por Strauss, por ejemplo, como lo que representa esta época en la que nos encontramos, en que se dan por válidas numerosas verdades relativas (todos los días pugna por aparecer alguna nueva) que contradice a las demás, y en la que sigue vigente la palabra Progreso como una especie de talismán, entonces, será necesario ascender de esa Segunda Caverna a la Primera (de Platón). De lo contrario, no se podrá llegar más allá.
Pero ¿cómo haremos para conseguirlo? Eso es ya más difícil de saber. Día a día se dan por aceptadas demasiadas «verdades relativas», con las que unos por unos motivos y los demás por otros, podríamos o no estar de acuerdo en un momento dado. Nos encontraríamos sumidos en aquello que Batjin consideraba el mundo de la «ideología cotidiana» y Lacan los «itinerarios establecidos»: todo el mundo opinando lo mismo o lo que está de moda, o, simplemente, lo que defiende la mayoría; eso, antes que disentir, y exponerse a la dura experiencia de pensar de otro modo, y oponerse.
Resulta evidente que los que se encuentran conformes en esta Segunda Caverna, difícilmente podrán creer que más allá hay otro horizonte posible.
Lo cierto es que también hay bastantes filósofos felices en esa Segunda Caverna, en donde no hay una sola verdad sino muchas relativas. Las verdades relativas, en suma, hacen felices a mucha gente de las más variadas ideologías; lógicamente, también hay allí muchos políticos, de esos que cambian de opinión todos los días, haciéndonos dudar de para qué les votamos; y sí, también, hay personas de todo tipo.
Pensar, intentar ver con claridad, despejar las brumas de la irrealidad siempre fue difícil, y en esta época no iba a ser menos, quizá incluso es algo más difícil, porque ya no hay algo que se tenga por verdaderamente bueno o por verdaderamente malo, en lo que la mayoría pudiese estar de acuerdo, aunque luego las catástrofes, las guerras y otras calamidades nos recuerden cuáles son los valores fundamentales, y la importancia de defenderlos.
Frente a una ética antropológica como la que sí hubo en el pasado, en la que la persona se relacionaba consigo misma y con los más cercanos, y era responsable de su proceder ante estos, hoy no poseemos una ética universal que permita enfrentarnos a cuestiones de la máxima importancia, en las que por la decisión de una o más personas pueda quedar afectada la humanidad. Pensemos en temas de genética, solo por citar un ejemplo.Sobre este tema recomiendo el libro Teoría de la responsabilidad de Hans Jonas.
Escribió el poeta japonés Kiorai, discípulo de Bashó: «Parece inmóvil/ el hombre que en el campo/ está cavando». Esto dijo, y es la sensación que yo tengo cuando desde la lejanía veo personas trabajando en el campo, parece que estén quietas, pero no lo están. Vale esta imagen, esta pequeña alegoría como metáfora del filósofo que busca la verdad, que no desea quedar atrapado por modas ni circunstancias ni autoridades, y aunque fuera más fácil ceder preferirá seguir cavando, incluso solo, aunque de lejos parezca que no se mueve e incluso que no da fruto.
Del mismo modo que los campesinos de mi ejemplo, una, que ha ido aprendiendo su oficio con los años, también cava entre las ideas que va encontrando, cava, saca conclusiones, aparta unas opiniones como quien arroja a un lado las malas hierbas, siembra otras ideas, espera que broten, como si para conocer la verdad, la labor de partogénesis, tantas veces dolorosa, fuese necesario esperar, a un lado del camino. Y así, el campesino, símil de la mujer y el hombre de cualquier tiempo que piensa más allá de las ideas utilitarias o permitidas del momento, que busca e indaga incluso más allá de las palabras que están de moda o han sido impuestas por la costumbre o por la ley, excava y excava, y siembra, y a veces hasta recoge algún fruto, y carga sin dudarlo el peso de una humanidad doliente, mientras para los demás, en la lejanía, solo parece eso, una figura estática, lejana, empequeñecida, y fugaz.


Referencias:
Platón. La República. Offsetgrama. Buenos Aires, 1978. (519 c-520 a)
Strauss, Leo. Sin ciudades no hay filósofos. Tecnos. Madrid, 2014.
Jonas, Hans. El principio de realidad. Herder. Barcelona, 1995.
Varios autores.Haikus inmortales. Poeta Kiorai.Hiperión. Madrid, 1994. Pág. 51.

jueves, 30 de enero de 2020

LOS ANTIGUOS VALORES




Pilar Alberdi


Agrandad la ciencia y disminuiréis al Hombre, estas palabras bien podrían ser el resumen de los últimos siglos. Agrandad a algún hombre y disminuiréis a la mayoría.
Es bueno leer a Hilarie Belloc, Gilbert K. Chesterton, C. S. Lewis. No es que una comparta todas sus ideas, pero cuán claros tenían los tiempos que les tocó vivir. Los tres alcanzaron a conocer el ascenso de los totalitarismos, y en los casos de Belloc y Lewis, también la Segunda Guerra Mundial. Los tres fueron católicos en un mundo de protestantes.
Hilarie Belloc defendió lo siguiente: a un declive espiritual de la humanidad, le sigue la tragedia; opinión compartida por sus compañeros. En su opinión: el último gran descenso comenzó con la Reforma, que retiró al hombre de la plena utilización de su libre albedrío, apartándolo de las consecuencias de sus actos. El racismo, la xenofobia, la delación, las persecuciones, los campos de exterminio, los bombardeos sobre civiles, la guerra, son parte de ese declive. La anterior gran caída, según el mismo autor, fue la del Imperio Romano, llegando la salvación ética con el cristianismo. Quizá, por eso, mantenía la esperanza de que el catolicismo, como respuesta a la caída humana del siglo XX, volviese a ocupar el espacio que había mantenido por siglos; algo que hoy sabemos imposible. Mil años de Historia, nos dice, tuvieron como base al cristianismo, y permitieron el paso de la esclavitud a la servidumbre, y después al campesinado; un proceso lento pero imparable: si el otro es mi hermano en la cristiandad es inmoral tenerle como esclavo. Tiempos de los viejos estamentos o «posiciones sociales» obtenidas por vía de nacimiento; a esto, le remplazó el Contrato, por el cual un hombre, una mujer, un niño se veían en la necesidad de vender su esfuerzo a un empleador, cuando no existían todavía ni las mínimas condiciones que establecieran las normas de ese proceso. Como Belloc explica en su Historia de la Reforma, las tierras de la Iglesia que se había quedado el rey, pasaron poco después a las principales familias de la nobleza británica. La acumulación del capital producto de ese rendimiento, facilitó la revolución industrial en Inglaterra y Escocia. Las propiedades de la Iglesia en el continente habían quedado más repartidas, aunque en principio habían pasado a la nobleza. El campesino, sin propiedad ni posibilidad de usar las tierras comunales, partía desheredado de las villas a las ciudades a cambio de la promesa mísera de un jornal, llegándose a obligar a trabajar a quienes no quisieran hacerlo. El veredicto de Belloc es: se había partido de un mundo de esclavitud, y se la había superado para acabar nuevamente de camino a ella; frente a la usura, la competencia y la soberbia del Capitalista más fuerte contra el tendero más pequeño, poco podía hacer la persona carente de suficientes recursos como para hacerle frente, aunque decidiese acudir a la justicia, el propietario más importante podría aguantar el tiempo del proceso judicial, mientras que para entonces, el pequeño tendero habría cerrado su tienda. No, los pequeños comerciantes y artesanos tampoco estaban a salvo. Recordemos la importancia que alcanzó el control de los trust y monopolios hasta mediados del siglo XX, especialmente, algo que se ha perdido, en gran medida.
Si miramos al presente somos conscientes de lo que ha traído la globalización: cierran las pequeñas tiendas; llegan los centros comerciales; la industria se deslocaliza y coloca sus nuevas fábricas en lejanos territorios donde abunda «mano de obra» más barata; muchos trabajadores debido a las consecuencias de las crisis pasan a ser autónomos; se hace necesario establecer sueldos mínimos; todo lo que tenga que ver con la seguridad social (jubilaciones, sanidad), incluso educación gratuita, está en peligro de ser privatizado; los agricultores no pueden mantener sus explotaciones debido a los altos costes de las materias primas y por los bajos precios que les imponen los distribuidores; se deshacen poco a poco los tejidos industriales de los Estados occidentales, mientras se favorece la llegada de productos fabricados o producidos en el extranjero a precios más bajos, debido a las condiciones imperantes en aquellos sitios. Unas pocas empresas a través de sus páginas web comercializan infinidad de productos en todo el mundo. En el día a día, muchos de los productos alimenticios que consumimos en occidente recorren una media de entre 3000 y 6000 kilómetros antes de llegar a nosotros.
Si Belloc es un autor con garra, es también, enormemente placentero leer a Gilbert K. Chesterton. Denuncia esa «cadena de la causalidad», absolutamente determinista a la que se acoge el protestantismo. Es, en su criterio «la peor cadena que pueden padecer los hombres». «El determinismo puede, así, conducir a la crueldad, del mismo modo que ha conducido a la cobardía». (Ortodoxia, pág. 39)
El querer encontrar una simple explicación materialista para todo, el reducir lo complejo a lo simple, conduce poco a poco de la racionalidad a la irracionalidad. Es mejor que aceptemos nuestros límites, incluidos los de la comprensión. Y por ello, también critica a los escépticos, quienes siempre dudan de las creencias de los demás, pero nunca de las suyas propias. Sin ninguna verdad no se puede vivir, hay que tener prioridades. Dice: «el misticismo es el secreto de la cordura». Lo que es para él ese misticismo, también lo explica. No es el fanatismo, el dogma, el fundamentalismo, la imposición o algo carente de sentido comunitario; es una elección, es el derecho a sentir, a imaginar, a fantasear, a creer, a no detenerse ante la frontera de lo que habitualmente llamamos realidad, que no es más que lo que cada uno o la época interpreta como tal, y que finalmente opera como siempre como un límite. «El hombre común ―expone Chesterton, y esto es importante― siempre es cuerdo porque siempre ha sido un tanto místico: ha admitido las vaguedades crepusculares, y siempre ha tenido un pie en la tierra y el otro en el reino de las hadas. Siempre se ha consentido la libertad suficiente para dudar de sus dioses; pero (a diferencia de nuestros modernos agnósticos) siempre se ha dejado libertad para creer en ellos. El hombre común siempre se preguntó más por la verdad que por la congruencia, y al encontrarse con dos verdades aparentemente contradictorias, las acepta a ambas y a su contradicción con ellas» o como añadirá poco después «todo puede entenderlo el hombre, pero solo mediante aquello que no puede entender». Pondré un ejemplo sencillo, las encuestas dicen que el 80 % de la población española es católica, una podría tener sus dudas, pero, teniendo en cuenta lo expresado por el escritor, con toda seguridad sea cierto. Hay un resto poderoso de creencia que está ahí, que aparece cuando hay que hacer frente a los problemas de la vida, cuando hay que dar cuidados, o simplemente en las festividades religiosas. Y aparece fuerte y poderoso, cuando se pierde a alguien, y entonces uno necesita a la vez, amarras y salvavidas. Entonces, parece que sabemos mejor quiénes somos.
Chesterton se declara feliz de estar en la vida, de haberla recibido, de ser parte de ella; conoce bien, y en su recuerdo conserva dulces momentos de la niñez, por ejemplo, aquellos cuentos infantiles que le contaban su madre y su institutriz. Frente a la ciencia peor, aquella capaz de aceptar la eugenesia, en resumen, la que sigue dictados políticos delirantes, hasta la bruja mala de un cuento era más sabia. «El hombre de ciencia dice: «’Córtese el tallo, y la manzana caerá’; y lo dice tan tranquilamente, como si una idea arrastrase por fuerza a la otra. Y la bruja del cuento, dice: ‘Sóplese el cuerno y el castillo del ogro se derrumbará’, pero no lo dice como si se tratara de un efecto que sigue necesariamente a una causa». Sin duda, que ella ha dado ya el consejo a muchos campeones y ha visto caer muchos castillos; pero no por esto la abandona su razón, ni su asombro ante la novedad del mismo hecho repetido; ni por eso se va dejando confundir paulatinamente hasta que conciba una relación mental necesaria entre el eco del cuerno y el desplomarse de la torre».
«En el asombro ―dirá― siempre hay un elemento de plegaria», «la prueba de la dicha es la gratitud». Y sabiendo esto, no le faltó valentía para denunciar lo que veía: «Nuestros mercaderes han adoptado el estilo de los príncipes mercaderes. Empiezan abiertamente a dominar la civilización del Estado» (La utopía capitalista y otros ensayos), pág. 23. Pero este libro, al que hoy podemos leer con este título, se publicó por primera vez en Gran Bretaña, tomen nota, con el siguiente: La utopía de los usureros. Porque eso era lo que preocupaba a estos intelectuales, el dominio de la usura y la competencia desleal con el consiguiente resultado de inhumanidad. Sobre los grandes empresarios, dirá: «Se empieza a contratar a hombres literarios para alabar personalmente a un hombre de negocios, como antes se solía alabar al rey». Evidentemente, sus palabras llegan como una premonición sobre nuestro presente. No hará falta citar aquí las adulaciones que habitualmente aparecen en algunos medios, tanto a empresarios como a banqueros o, simplemente, a millonarios. Y no, ni Belloc ni Chesterton eran comunistas, eran simplemente, cristianos. Es más, Belloc creía que el colectivismo llevado a la práctica, es decir al comunismo, era la elección fácil para la solución del capitalismo, y solo conseguiría producir una nueva clase social de gobernantes. Creía en la distribución de la propiedad, en todos los sentidos, y muy especialmente en el productivo, pero también asumía la dificultad de hacerlo posible.
Dentro de este conjunto de escritores católicos, C. S. Lewis, pese a considerarse él mismo como un «apologeta cristiano», propone llamar Tao al conjunto de creencias básicas orientales y occidentales que nos ha legado la tradición, con el objeto de no privilegiar a una u otra, sino a todas aquellas en las que percibimos la importancia de la conciencia individual, la lucha entre el bien y el mal, la responsabilidad ante la familia, la comunidad, las generaciones futuras, y uno mismo. También ante algo mayor que todo esto, del que somos parte: llámese universo, vida, eternidad o como se le quiera denominar, y que la humanidad recogió con su afán de explicaciones del cósmos o sobre sus expectativas de justicia y vida eterna, o sus relatos sobre el posible juicio final de cada uno; sirvan de ejemplos: el «pesado del alma» en la tradición egipcia, o el acompañamiento de la conciencia como única defensora del encausado ante la ley divina, en el zoroastrismo. Una creencia de enorme influencia (vigente en Persia, hoy Irán) para el judaísmo y luego para el cristianismo. De este modo, en el libro La abolición del Hombre, de Lewis, el autor hace un esfuerzo final recogiendo en el epílogo, frases de la filosofía china, egipcia, judía, musulmana, cristiana, de nativos americanos, etc. No están todas las culturas, no están todas las creencias, pero como muestra son suficientes. Yo, por ejemplo, he echado en falta, proverbios africanos.
En su sensato ensayo, explica cómo las nuevas ideologías toman en cuenta y a conveniencia solo partes de las creencias antiguas, afirmando unas en detrimento de otras, de tal manera que las ramas del árbol, por separado, se oponen al tronco básico.
Le preocuparon esas ideologías, igual que a los anteriores escritores que he citado, especialmente por la aplicación de la eugenesia. Las consecuencias bien pueden sintetizarse en estas palabras suyas: «Lo que llamamos poder del hombre sobre la Naturaleza resulta ser un poder ejercido por algunos hombres sobre otros con la Naturaleza como instrumento». Esto es importante: para que un hombre o un grupo de hombres, sabemos que en general son camarillas o grupos organizados local, nacional o internacionalmente, puedan ejercer este poder se han situado antes fuera del conjunto del resto de los hombres, a los que a partir de ese momento consideran meros artefactos, es decir, como una especie de aparato o máquina que puede hacer ciertas cosas, y a los que se puede programar o dominar en algún sentido. Si ayer la eugenesia, no sabemos a dónde pueden conducirnos temas actuales como el de la selección y modificación genética, y otros, de igual relevancia para la vida humana. ¿No perciben actualmente que a algunos de los hombres que defienden estos procesos, muchos son científicos, y a gran parte de los que mueven los intereses económicos que les respaldan, les sobran los hombres, estos hombres comunes que somos los demás? ¿Estos hombres que ya parecen valer menos que máquinas? ¿No intuyen cómo quieren, les encantaría modificar a unos, según ellos para mejorarlos, mientras que el resto se quedaría como está para sustituirlos en el futuro por robots o ciborgs? De «plutocracia», hablaban estos intelectuales en su tiempo, palabra que hoy no se usa, y que deberíamos traer ya a primer término, y ponerla en movimiento.
Creía Lewis, en ese momento, que los Estados «omnicompetentes» como nuevos dioses, más la «técnica científica» producirían lo que ya estaban viendo, una «raza de Condicionadores» que con su proceder (a través de la publicidad, la propaganda política, su autoritarismo), no solo estarían afectando lo realizado por las anteriores generaciones, las ideas y tradiciones legadas por estas, sino y muy especialmente estarían condicionando a las futuras. Negando la vieja conciencia, ellos sabrían cómo producir a conveniencia otras nuevas. A Lewis le preocuparon mucho esos Condicionadores: a nosotros también deberían preocuparnos los actuales.
«¿Qué quieren la mayoría de los Hombres? ―se pregunta Lewis. (Este genérico masculino, por supuesto, incluye a todas las personas). Lo que quieren básicamente son «las mismas cosas: comida y bebida, relaciones sexuales, diversión, arte, ciencia y la vida más larga posible para los individuos y la especie». Es verdad que puede que no a todos les guste lo mismo, indica, pero hay algo peor, ya que eso hasta podría solucionarse, y es que, quizá, a los Condicionadores (de los demás hombres) no les parezca bien que otros accedan a estos bienes básicos o a otros que podamos intuir e incluir en la lista, o, simplemente, que no estén pensando en las generaciones futuras. Se pregunta Lewis, ¿Por qué podrían o deberían importarles las generaciones del futuro? ¿Acaso les preocupan las actuales? Eso «es propio de gente con una cierta formación ética», y no es precisamente la de los Condicionadores y sus cómplices y socios, quienes si alguna vez estuvieron cerca de los valores tradicionales, ya han saltado al vacío.
Los tres pensadores alcanzaron a percibir en los elementos que llevaron a la Segunda Guerra Mundial, que la civilización podía estar enfrentándose a su final.
Belloc pensaba que los hombres tienen tendencia al juzgar la Historia del pasado, pensando que aquellos hombres sabían hacia dónde se dirigían, pero no, afirma convencido, porque si muchos lo hubieran sabido, él estaba seguro, que habrían dado marcha atrás o, al menos, deseaba creerlo.
Hoy, el ágora, es para algunos políticos y economistas la hora del telediario, vierten ahí sus palabras, pero todavía no han aprendido a poner leyes lo suficientemente justas, para que defiendan al hombre común del hombre importante, al pequeño comerciante del grande, al local del foráneo, al futuro propietario o al inquilino de una vivienda de la voraz usura financiera que eleva los precios a diario. Todavía no han comprendido o si lo han comprendido les falta valentía, que los Estados están siendo devorados por los flujos financieros con libertad de movimiento internacional; que los obreros, campesinos, jubilados están siendo maltratados. Las ciudades, esas grandes ratoneras en las guerras, se «gentrifican», la «turistificación» se intensifica, mientras los pueblos y ciudades periféricos se vacían, y aparece cada cierto tiempo un virus que puede provocar una pandemia, y se deshacen compromisos sobre temas fundamentales como los nucleares o ecológicos.
Si bien hemos dado una mirada a los siglos precedentes y muy especialmente hasta esa mitad del siglo XX, y si nos interesa dar un repaso a lo que va dando de sí el actual, entonces podemos leer obras como Alienación y aceleración del sociólogo Hartmut Rosa, o No society. ―El fin de las clases medias occidentales― del geógrafo Christophe Guilluy, conocido por sus teorías sobre la «Francia periférica», que tanto nos recuerda a lo que está ocurriendo con la «España vacía». La lucha de los habitantes más dañados, de «los perdedores de la globalización», han dado como resultado ―y esto no hay que olvidarlo― el Brexit, la elección de Trump, y el ascenso de los partidos fascistas que se presentan al electorado como nacionalistas, defensores de lo que es propio.
Esto es el mundo de hoy: un mundo reducido a un cuadrado de luz (la televisión, las pantallas de los teléfonos móviles, los ordenadores), que nos anticipa la noticia de la muerte de un jugador de baloncesto en accidente de helicóptero en la otra punta del mundo, que le da valor a él porque es el famoso frente al resto de víctimas que le acompañaban, pero que no nos explica lo que realmente hace su país en otros países donde abunda el petróleo, y un mundo así está carente de la verdad.
Para terminar, hago una aclaración. Probablemente, debí titular este artículo: Las antiguas virtudes; que exigen de quien a ellas aspire, reflexión y fortaleza de ánimo. En la quinta y sexta acepción de la palabra «virtud» del diccionario de la RAE, se dice: «Integridad de ánimo y bondad de vida», «Disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como el bien, la verdad, la justicia, la belleza».
El concepto «valor» toma el relevo de «virtud», a partir del «desencantamiento del mundo» (Weber), proceso de secularización mayoritaria. Al sentido de ese «valor», que parte de un principio económico, también van unidos los de «aprecio» y «menosprecio». La normalización del término, utilizado en un sentido ético, hace posible que hablemos de «valores humanos».
Cerrando la cuestión y ante la pérdida de humanidad de este Progreso, del que ya no sabemos a dónde se encamina, y del que se benefician, y al que dirigen unos pocos, parece más que nunca necesario apelar a la conciencia y los antiguos valores.


Referencias:
Chesterton, Gilbert K. La utopía capitalista y otros ensayos
Chesterton, Gilbert K. Ortodoxia
Belloc, Hilarie. La crisis de nuestra civilización
Belloc, Hilarie Historia de la Reforma
Lewis, C. S. La abolición del hombre
Guilluy, Christophe. No society. ―El fin de las clases medias occidentales―
Rosa, Harmut. Aceleración y alienación
Weber, Max. La ciencia como vocación

Nota sobre la fotografía:
me ha sido muy difícil encontrar una fotografía que se adaptase al sentido de este artículo, finalmente he tomado esta de la red, si a su autora o autor le molesta que esté aquí, me lo dice, y la retiro. Lo mismo vale para otros artículos publicados en este blog. Gracias.

jueves, 9 de enero de 2020

¿A QUIÉN IMPORTAN YA LAS GRANDES PREGUNTAS?


Pilar Alberdi

¿A quién importan ya las grandes preguntas? ¿Importaron alguna vez? Sin duda. Muchos de aquellos que consideramos hoy como clásicos, se hacían este tipo de preguntas. Se dirá que estaban en la tradición, que ese pensamiento formaba parte del canon clásico, que la ciencia del momento no podía responder a preguntas relevantes, y que por alguna parte del camino de la Historia que nos trajo hasta aquí, esas cuestiones se perdieron. Por ejemplo, ¿hasta qué punto somos libres en nuestras decisiones? Esa fue el tipo de pregunta esencial para Sócrates, Agustín de Hipona, Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.
En De República se pregunta Cicerón: «Y ¿cómo hubiera podido ser cónsul, de no seguir desde la infancia esta carrera que desde el rango de équide en que nací me llevó al honor supremo? No puedes acudir cuando quieras en socorro de la República, estrechada en peligros si no te has colocado en la condición que te permite hacerlo».
Y percibía en esto una serie ordenada de causas, que al final formaron su destino; pero no creía en un destino preestablecido.
Opinión similar observamos en Séneca: «Una causa depende de otra. Una serie interminable lleva implícitos los acontecimientos privados y públicos. Por eso hay que soportarlo todo con valentía, porque las cosas no caen del cielo, como creemos, sino que vienen». Y sí, al final, el destino es el resultado final de ese devenir de acontecimientos, cuando se lo considera desde esa perspectiva.
En el mismo sentido, Cicerón afirmaba que algunas cosas son verdaderas desde la eternidad, puesto que sucedieron. Dice: «Escipión tomó Numancia», y estaba claro que así fue ,y no se podía negar; y Séneca parece darle la razón cuando opina «Hace tiempo que está decidido eso de lo que te alegras, y por lo que lloras», pero está decidido en la medida en que tú estás en una determinada posición y hay una sucesión de hechos y una serie de decisiones que en gran medida son parte del azar, así como de nuestro carácter y nuestras decisiones. Sócrates, intuyó claramente que llegaría el día en que sería juzgado públicamente, y de algún modo pasó parte de su vida preparando esa apología, porque en su carácter y proceder estaba y lo sabía casi con seguridad ese destino, por hechos a los que se había enfrentado y decisiones que había tomado libremente y que no aseguraban su vida. Por tanto, como refiere Platón, llegado ese día, no faltaron tres denunciantes y un jurado de 501 ciudadanos, de los cuales 280 lo condenaron a muerte. Si eso estaba en su destino, también se puede decir que un día lo estaba que yo leyese su apología, y desde la Acrópolis de Atenas buscase con la vista el lugar que ocupaba el foro.
El propio Cicerón afirma que creyeron en el destino: Demócrito, Heráclito, Empedocles, Aristóteles, y Crisipo en parte.
En su momento, Cicerón fue uno de los pocos romanos que conocía el griego, y tradujo algunas obras griegas. Incluso mantuvo como colaborador en su casa a un filósofo griego. Y todo eso, quedó inscrito en su destino, del mismo modo que la terrible muerte que le dieron; y cuya cabeza y mano derecha, sus asesinos, dejaron expuestas en lugar destacado de la tribuna de oradores, para regocijo de Antonio y de Fulvia, que le arrancó la lengua.
No puede haber destino decía antes que estos, San Agustín, porque sino, ¿qué significaría el libre albedrío? Nada. ¿Qué sentido tendría? Ninguno. Porque si no fuéramos responsables de nuestras decisiones, al menos de aquellas en las que podemos decidir, pues si no fuera así, no tendría ningún sentido regañar o castigar a nadie, ni imponer sanciones o leyes.
Y, frente a esa idea «compatibilista», en la que, si bien habrá cosas que nos vienen dadas y no podemos decidir, pero si podremos, deberemos hacerlo en otras, pasan los siglos y llegamos lentamente al protestantismo, y ahí vuelve irreductible aquella idea de un destino absolutamente determinista, defendido especialmente por Calvino. O has nacido bueno o has nacido malo, eso era todo; en eso consistía vivir. Triste suerte si has nacido del lado de los malos. El novelista Hermann Hesse, describe cómo en su bautismo, su severo padre dijo de él: «Este niño será bueno o malo, ya lo sabremos». Pero frente a esta clase de protestantismo, la Iglesia católica se mantuvo en los fundamentos del libre albedrío, somos capaces de decidir dentro de las circunstancias cómo debemos actuar, por tanto, somos responsables. Es verdad que los hechos, las circunstancias nos empujan, pero aún hay espacio para tomar decisiones. Los clásicos latinos afirmaban que, en la peor de las desgracias, la de ser esclavo, por ejemplo, aun les quedaba a los afectados, la libertad de quitarse la vida.
Pero ¿somos capaces de reflexionar lo suficiente como para que las grandes preguntas nos interesen? Evidentemente, de esto ya responde cada uno. Si para Kant existían los imperativos categóricos, por tanto, unas responsabilidades ineludibles que uno asume frente a su propia conciencia, Victor Hugo parece confirmarlo, explicando cómo una vez que se comprende el deber, es decir, aquello con lo que uno debe cumplir sí o sí, su vida puede pasar a ser un infierno, que también se acabará aceptando, a cambio de mantener la propia dignidad, apoyada en la responsabilidad. Para Tolstoi, un hombre que escribía a su mujer pidiendo que explicase a los hijos que tenían en común que nada caía del cielo y que los alimentos o las ropas que vestían, así como los cuidados que recibían eran fruto del trabajo de los demás; trabajo a los que esos niños y jóvenes no estaban sometidos gracias a su origen noble. Porque estaba, es verdad, esa nobleza superficial, que para Tolstoi era parte de su destino, pero también estaba la otra, la que llegó después, la del corazón, la que hacía posible que Tolstoi se sorprendiera de ser el propietario de siervos o de bosques. Un Tolstoi que solo reconocía como verdadera literatura aquella que mostrase la verdad de la condición humana con sus brillos, pero también con todas sus mezquindades. De ahí su respeto por Victor Hugo, el autor de Los miserables y Nuestra Señora de París.
Y, claro, por supuesto, que podemos decir que todo está en el destino, al final, lo está. Pero el valor está en intentar ser el que uno debe ser, encontrar ese camino, en gran parte totalmente ignorado, que se va haciendo día a día, porque de lo contrario solo queda el arrepentimiento de lo que no se hizo, no se vivió, o de lo que uno no se responsabilizó, y no cambió. Y las personas que acompañan a los moribundos lo saben, porque han escuchado sus últimas conversaciones. En ese sentido, Elisabeth Kübler-Ross, es siempre una autora recomendable en temas como los de la enfermedad, la muerte, y la conciencia.
Pero esa tradición fuertemente determinista, también está en Hegel. Y no cabe dudas de que la filosofía de Hegel influyó en su día, y avaló el colonialismo con su desprecio por otras culturas, porque en su sistema solo sobreviven las culturas fuertes, y las más débiles solo existen para gloria de las anteriores.
¿Somos libres? ¿Por qué nos creemos libres? Sin duda toda nuestra vida ha estado marcada por una serie de causas, que nos llevaron hacia adelante en una línea determinada, pero ¿en qué medida decidimos? ¿En qué medida dijimos «no» o «sí» cuando debíamos? ¿En que nos excusamos? ¿Por qué lo hicimos? Isaiach Berlín decía que, para tener opción de libertad, el agente debería poder actuar de forma contraria. Y Espinoza, que los hombres se creen libres porque «son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza».
Hannah Arendt, una filósofa reconocida por su aporte al conocimiento de los totalitarismos, repitió una y otra vez en sus obras, que los hombres no reflexionan suficiente, y no lo hacen, porque en el día a día, es más fácil sobrevivir con prejuicios y siguiendo la moda de eso que se ha dado en llamar «la opinión pública».
Qué lejanas parecen hoy las palabras de Pico della Mirándola en su conocida Oración de la dignidad del hombre. Escribió: «Fue entonces cuando el Máximo artífice, sabiendo que no podía darle a esta criatura algo que fuese suyo propio, decidió que sería algo común tomado de todas las cosas singulares y propias de las demás. Tomo entonces al Hombre, obra suya imaginada como de naturaleza indeterminada, lo puso en medio del mundo, y le dijo: “No te he dado sede ni figura propia, ni menos aún algún peculiar don específico, ¡oh, Adán!, con el fin de que seas tú quien de manera libre escojas, bien por voluntad propia o bien por tu juicio, lo que tendrás y poseerás respecto de tu sede y de lo que haces. La naturaleza de las otras criaturas ya ha sido definida según las prescripciones de las nobles leyes que las constriñen. Para ti, en cambio, no habrá coerción irremediable, pues será tu propio arbitrio, que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás».
Y aquí estamos, y esto somos. Pero qué somos cada uno lo podrá contestar.
Esa oración eleva al ser. Construir una vida desde ese pedestal idealista debe marcar la diferencia. En un momento como el actual, en que la infantilización de una sociedad opulenta cree que todo le cae del cielo porque sí, precisamente de un cielo sin dioses, ya no se trata de alfabetizar, sino de humanizar.


Imagen: Renè Magritte "The month of the grapre Harvest", 1959.
Este artículo apareció publicado en El cuaderno, diciembre 2019.

sábado, 14 de diciembre de 2019

LA DEMOCRACIA EN PELIGRO


Pilar Alberdi

Entendemos por régimen democrático un sistema con una cierta estabilidad social y económica, en el que los representantes políticos de los diferentes partidos pueden ser elegidos, tras un período determinado previamente por ley. Pero, cuando las democracias se desestabilizan es necesario descubrir cómo se produce la crisis, quiénes y cómo la fomentan o se benefician de ello.
En el presente artículo intentaré dar cuenta de la lectura de dos obras que nos pueden ayudar a la mejor comprensión del tema. Se trata de los libros La quiebra de las democracias del sociólogo español Juan José Linz (1926-2013) y Cómo mueren las democracias de Steven Levitsky y Daniel Ziblat. Comenzaré por este último, publicado en 2018 que debe mucho al de Juan Linz publicado en 1987, y a quien rinden reconocimiento.
Los autores de Cómo mueren las democracias alertan sobre las maneras en que una democracia puede fracasar ya sea por un golpe de generales, pero también a causa de líderes electos que ingresan en instituciones democráticas a las que rápidamente pasan a desmantelar, como fueron los casos de Mussolini y Hitler. Sin embargo, la forma más común de que una democracia caiga es por una erosión continuada sobre la misma, llevada a cabo por las decisiones de los propios partidos políticos, que mirando más hacia sus propios intereses que a los del sistema democrático, es decir, al interés general, no atinan a comprender, por extraño que parezca, la gravedad de lo que está ocurriendo y las consecuencias que tendrá para su propio partido, además de para su país. En este tipo de situaciones hay que incluir de fondo una posible crisis socioeconómica o la acción de partidos nacionalistas emergentes, con carácter secesionista, cuya intención puede ser la de separarse e independizarse o unirse a otro Estado. Dadas estas condiciones es fácil que aparezcan figuras autoritarias que enfrentándose a las políticas establecidas que dificultan o impiden la formación de un gobierno, deseen alzarse con el poder, y hasta lo consigan.
Para estos autores, lo fundamental para que la democracia se mantenga en pie no es, en cualquiera de los casos posibles, lo que hagan estas figuras advenedizas, sino la actuación del resto de los partidos, quienes deberían «impedirles llegar al poder, con acciones como las siguientes: manteniéndoles alejados de los puestos principales, negándose a aprobarlos o a alienarse con ellos, y, en caso necesario, haciendo causa común con la oposición en apoyo a candidatos democráticos», aunque esto les supusiese un enfrentamiento con su propio electorado e incluso una pérdida de votantes.
Este libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblat está dedicado en parte al caso de los Estados Unidos, tras la elección de Trump; indaga también en las posibles consecuencias de su reelección que podría ser favorecida por el supremacismo blanco como respuesta a una variada etnicidad con la llegada de migrantes, además de otros problemas de tipo económico. Trump representaría para ese supremacismo en auge, la solución que les defenderá de estos cambios, en especial, por no ser el típico político profesional, mostrarse autoritario, dispuesto a expulsar migrantes ilegales o hacer construir miles de kilómetros de muros para impedir su entrada, y deseoso de fundar un nuevo orden mundial.
Lo peor de esta nueva variedad de personajes autoritarios, además de su xenofobia, antifeminismo, y negacionismo del cambio climático, es que tienden a culpar de los males del sistema democrático o del mal funcionamiento de este, a la inmigración, otras religiones y etnias que no sean la suya. Y cuando se les critica desde los medios de comunicación, niegan la presencia de los periodistas, imponiéndoles el veto o el acceso a sus actos.
Este tipo de políticos intentan distorsionar la realidad para hacerla a su medida. Citan los autores algunos ejemplos: para Berlusconi los jueces que emitían sentencias contrarias a sus intereses eran «comunistas»; para Viktor Orban, los periodistas que le criticaban se comportaban como «terroristas». Oímos a diario los exabruptos que dice Salvini. Poniendo un ejemplo actual, los autores consideran que Donald Trump ganó las elecciones por el desafecto de la gente con la política. Votaron en parte a un empresario, y en gran medida a un habitual de las tertulias televisivas, es decir, a un no-político, rico sí, pero no más culto que ellos. Para estos autores, aún a riesgo de que el electorado se enfadase con el partido Republicano, este debería haber frenado el ascenso de Trump, es más, deberían haber manifestado como hicieron algunos de sus otros candidatos, entre ellos algunos senadores, congresistas y gobernadores, su desaprobación a Trump, y a continuación deberían haber pedido el apoyo de los votantes para su adversario, en este caso, adversaria (Hillary Clinton), de manera similar a como ocurrió en Francia hace poco tiempo, cuando para evitar el ascenso de la extrema derecha encabezada por Mary Le Pen, Francoise Fillon solicitó a sus votantes que apoyasen en las urnas (segunda vuelta) a Emanuelle Macron.
El libro también toma en cuenta a los gobiernos latinoamericanos, y las formas de acceso de algunos políticos a las instituciones democráticas partiendo inicialmente de golpes militares, y, posteriormente, a través de las instituciones (Perón en Argentina, Chávez en Venezuela), o analiza las dictaduras de los años setenta del pasado siglo en América Latina.
Hoy, sería fundamental sumar a esos análisis, las actitudes del presidente de Brasil, y los casos de los autoproclamados «presidentes» Juan Guaidó (Venezuela) y Jeanine Añez (Bolivia). Además, hemos podido constatar la importancia étnica que para la política democrática están teniendo los pueblos originarios de América, por ejemplo, en Ecuador y Bolivia; y también su influencia en Brasil, México, Chile, por citar unos ejemplos.
Como hemos comentado al comienzo del artículo, este libro Cómo mueren las democracias se muestra deudor de los análisis de Juan Linz en La quiebra de las democracias, que a su vez recoge a pie de página su diálogo con otros autores, entre los que podemos hallar a Weber, Giuseppi di Palma, Rainer Lepsius, Pareto, Sartori, L. J. Henderson, De Felice, entre otros.
A Linz hay que agradecerle, como español con residencia en los Estados Unidos, que tomase en cuenta para sus investigaciones el caso de España. Cuando la democracia cayó, al iniciarse la Guerra Civil, algo que como bien indica, no fue un proceso de días, sino de años de constante desgaste institucional en un sistema democrático con numerosos partidos, diversas coaliciones, y el auge de nacionalismos periféricos en pugna con el Estado. Por ello, hace hincapié, en la necesidad por parte de los políticos, que son los que parecen enterarse siempre en último término, debido a sus propios intereses partidistas, de la manera cómo se produce ese desgaste de años, ese grave desequilibrio progresivo que ahonda las divisiones, y puede amenazar reforzando enfrentamientos, disputas entre partidos y gobiernos cada vez más débiles, forzando coaliciones, para finalmente, una vez caída la democracia, dar paso, por lo general, a un gobierno autoritario y de derechas. Esa caída supondrá, además, en el futuro, y en el caso de que la democracia pueda ser recuperada, la necesidad de poner en marcha procesos, no siempre fáciles, destinados a la creación de una nueva «democracia sucesora», como ocurrió, en Italia y España.
Linz indica cómo esos «momentos dramáticos», cuyos nombres conocemos por los libros de historia, y que simbolizan el «cambio de poder» como «la marcha de Roma de Mussolini», «la Machtergreifung de Hitler», «la guerra española», «Praga, febrero de 1948», o «el golpe contra Allende», solo son el final de una larga crisis.
El autor pone la mira en los partidos leales al sistema democrático como garantía de reequilibramiento y continuación, frente a los desleales o semileales, especialmente en aquellos casos en que se da un «pluralismo polarizado», «con cinco o más partidos relevantes», donde se puedan dar coaliciones y oposiciones bilaterales, y estén presentes, además, nacionalismos regionales con exigencias secesionistas. «En última instancia ―nos dice― el derrumbamiento es el resultado de procesos iniciados por la incapacidad del gobierno de resolver problemas para los cuales las oposiciones desleales se ofrecen como solución». Si ante la falta de soluciones la crisis se agudiza, ocurren dos procesos, por un lado, el electorado tiende a los extremos, y por otro, se produce una «transferencia de la autoridad a elementos no democráticos», baste como recordatorio, el caso de Von Papen que facilitó que Hitler llegase a ser canciller de Alemania, con las funestas consecuencias que conocemos. Es decir, frente a un advenedizo que viene con fuerza y que parece recoger el favor popular, los partidos viejos o algunos de estos favorecen su llegada al poder con el fin de recoger simpatías y posibles votantes. A este tipo de uniones se las denomina «alianzas fatídicas», porque el advenedizo pasará a ocupar el lugar de los anteriores.
En cualquier caso, una crisis prolongada, supone coaliciones, y esto a su vez, crisis dentro de esas coaliciones, ya que al margen de la participación en una coalición, cada partido puede seguir la línea de sus propios intereses al margen de la política general, lo que llevaría a una pérdida de poder y credibilidad del gobierno, por lo que se formarían otras alianzas, que seguirían por el mismo camino de convocar nuevas elecciones, surgiendo a medida que pasa el tiempo una mayor fragmentación, y el veto permanente de unos contra otros. Hay, además, otros poderes (económicos, religiosos, militares, etc.), a los que la sociología define como «poderes neutrales», no porque no tengan sus propios intereses, sino porque no ocupan el gobierno, que también pueden ir tomando posiciones en vistas a lo que pueda suceder. Y hay otros poderes, de los que el libro no habla, que actúan a nivel global, como los grandes fondos de inversión que afectan a la estabilidad de las democracias y que, a su vez, quizá, representan algo así como lo que en el pasado fueron las injerencias extranjeras.
El hecho de que se repitan elecciones continuamente erosiona claramente el sistema democrático, y demuestra que algo está fallando. Unos datos que aporta Linz sobre España: del 21 de marzo de 1918 al 13 de septiembre de 1923, hubo 12 gobiernos, con 7 primeros ministros, siendo la duración media de cada gobierno de 166 días. (Por si sirve de referencia, en Alemania, del 9 de noviembre de 1918 al 27 de marzo de 1930, hubo 18 gobiernos y 9 primer ministros, con una duración media de gobierno de 210 días). Después de la depresión general que sufrió Europa, el número de gobiernos en España del 14 de abril de 1931 al 18 de julio de 1936 fue de 19 gobiernos, con ocho primeros ministros, y una duración media de estos gobiernos de 101 días. (En Alemania, del 30 de marzo de 1930 al 30 de enero de 1933, fueron 4 gobiernos y 3 primeros ministros con una duración media de 258 días).
Teniendo en cuenta que «La mayoría de la gente obedece por costumbre y en base a un cálculo racional de las ventajas» que puede obtener con su obediencia, Linz opina que no es la gente la que puede impedir la llegada del fascismo a las instituciones sino los partidos políticos, y que es deber de estos consolidar la democracia. Advirtiéndonos, además, del peligro que supone «La vana esperanza de hacer más democráticas a las sociedades por vías no democráticas», porque esta vana esperanza «ha contribuido demasiado frecuentemente a crisis de regímenes democráticos y en última instancia ha preparado el camino a gobiernos autocráticos». Un favor más que nos hace Linz en este libro es recordarnos que el atractivo del fascismo de entreguerras se basó en la necesidad de afirmar la solidaridad nacional frente a un sistema que permitía las divisiones y los conflictos de interés dentro de la propia sociedad, así como la amenaza del internacionalismo de ciertas propuestas políticas. Sin embargo, eso no acabó evitando, el propio internacionalismo del fascismo. Por último, y es un dato muy interesante, que puede pasar muchas veces inadvertido, había una juventud dispuesta a defender ideologías idealistas, puesto que de una u otra manera todas defendían algo que no estaba presente.
En nuestro tiempo estamos viendo ponerse en movimiento a la juventud por el cambio climático; por otra parte, algunos partidos proponen se pueda votar a partir de los 16 años; habrá que estar atentos a lo que pueda deparar el futuro, sin olvidar jamás, que el hombre renueva sus mitos, no sin ponerse en peligro.


Linz, Juan José. La quiebra de las democracias. Alianza Universidad, Madrid, 1987.
Levitsky, Steven y Ziblat, Daniel. Cómo mueren las democracias. Ariel, Buenos Aires, 2018.

martes, 12 de noviembre de 2019

FRENTE A LA OCCIDENTALIZACIÓN DE ORIENTE





La Asociación Andaluza de Filosofía ha publicado en el número 18 de su revista El Búho, mi artículo Frente a la occidentalización de Oriente, donde además de hacer un recorrido sobre la relación Oriente-Occidente, y los prejuicios que han definido a la primera desde la posición colonialista de la segunda, desatendiendo tantas veces el enorme aporte científico y tecnológico recibido, sugiero, por tanto, la importancia de trasladar a nivel educacional y de manera práctica en nuestros colegios las sabidurías orientales, por ejemplo, a través de proyectos educacionales que aporten ese conocimiento (con clases de ikebanas, haikus, shitasu, taichi, yoga, etc.)poniendo como ejemplo, la enseñanza que recibí en su día, junto a otros niños de primaria por parte de una maestra de origen koreano.Su delicada influencia me ha mantenido siempre cerca de las sabidurías orientales.
Pueden leer el artículo en la misma web, clicando en la portada, o bajarse el PDF.

lunes, 4 de noviembre de 2019

¿CUÁNDO PERDIMOS LA EDUCACIÓN?



Pilar Alberdi


¿Cuándo perdimos la educación? No es pregunta baladí. El siglo XX quería a la gente educada. La educación prometía un futuro de conocimiento, ocupar un lugar en la sociedad, ser alguien. Enorme contradicción que ese terrible siglo ofreciera el horror desmesurado y asesino de los Estados Totalitarios con sus persecuciones, su desprecio y rechazo al Otro.
Las cosas han cambiado, me dirán. ¿Sí? Juzguen ustedes. Cuando yo era niña éramos en clase una treintena de niños en una escuela pública. En la que iba mi pareja, una escuela privada, eran sesenta niños por clase. No volaba una mosca. No había castigos físicos. Lo más penoso que podía sucederle a un alumno era la vergüenza de ser expulsado de la clase al pasillo; si la falta era más grave, se le enviaba a dirección, y muy raras veces se llegaba a suspenderle de clase varios días o en caso extremo se llegaba a la expulsión.
Cuando alguien entraba en clase nos poníamos en pie y saludábamos. Luego, se nos ordenaba sentarnos. Todo muy militar, me dirán; quizá. Por supuesto, todos acudíamos con uniforme: una bata blanca en la escuela pública, un uniforme en tonos grises y azules en los privados.
De camino al colegio aprendíamos cosas tan simples como que un papel de caramelo no se arrojaba al suelo, se guardaba en el bolsillo para echarlo al bote de la basura cuando llegásemos a casa. Ese papel podía estar horas en el bolsillo, sin que se nos ocurriese tirarlo en cualquier otra parte.
Un adulto era alguien superior, nosotros no discutíamos el por qué, sería por edad o por conocimiento. A las personas mayores y a las embarazadas, una niña o un niño, cualquier adolescente o joven, le cedía con orgullo y alegría el asiento en el autobús. ¿Percibimos hoy lo mismo? No hace muchos años, iba con mi hija embarazada de pocos meses en un vagón del metro. Entró una mujer, ella también embarazada, y casi a término. Solo mi hija se levantó para dejarle el asiento.
Hoy vemos familias atrapadas frente a las pantallas de sus teléfonos móviles. Se les dan esos aparatos a los niños pequeños para distraerlos, desconectarlos de algún modo de la realidad, para que no molesten. La realidad virtual a la que acceden, un mundo de colores y juegos, en general de movimientos muy rápidos, no les harán mejores personas, simplemente, los condicionarán para continuar utilizando esa tecnología, que les alejará del ensimismamiento y el análisis necesario para encauzar la propia vida. Los teléfonos móviles, hoy, como un espejo donde Narciso se mira en el fondo del pozo y cae. El mito nunca muere.
Se conduce, incluso, con todo el peligro que esto supone, mirando un móvil. El peatón actual, aunque se encuentre al borde de cruzar un paso de cebra, con semáforo o sin él, se cuidará muy bien de poner un pie sobre el asfalto si no percibe con suficiente tiempo que realmente ese coche que avanza lentamente, no lo hace porque su conductor esté distraído mirando o enviando algún mensaje en su móvil, sino porque se detendrá como corresponde a la educación vial recibida, y demostrada en el examen pertinente.
No sé, de verdad lo digo, cuándo perdimos la educación. Cuándo, en qué momento los productores de un programa de radio o televisión comenzaron a decidir que una tertuliana o tertuliano irrespetuoso y mal educado generaba más audiencia, por lo tanto, más ingresos por publicidad contratada, y cuándo, en qué momento, la gente se volvió de manera parecida, a fin de cuentas somos pura «imitatio», y descubrieron que quien más grita, quien más ofende, quien más barbaridades y palabras soeces dice, «gana pantalla» y se convierte en el famoso de turno, o si ya lo era, se vuelve a hablar de su «actuación», iba a decir de su persona, pero no, es de su actuación, de cómo se supone que debe aparecer para ser reconocido de tal o cual manera. Debe ser algo que también descubrieron los políticos, al menos algunos, o quizá sus asesores, y ahora, además de poner de moda la palabra «politólogo», se dedican a insultarse unos a otros.
Sin respeto, no hay sociedad. Ya en su tiempo, Platón y Aristóteles, solo por citar dos ejemplos, hablaron de la importancia de la educación en los niños y los jóvenes, del respeto que debían a los mayores y a la sociedad en que vivían. Platón afirmaba que las personas más preparadas, con mayor conocimiento y experiencia, las que tuvieran por lo menos cincuenta años —una edad muy avanzada para la época— serían, sin duda, los mejores maestros. ¿Y no valdría esto también para la política? Por supuesto que sí. ¿Y no aspiraríamos, además, a que tenga una amplia cultura, además de saber cómo y dónde se registra el nombre de un nuevo partido?
En fin… ¿Cómo se defiende uno de la mala educación, especialmente cuando uno es educado y reconoce esta virtud y digo «virtud» por no decir «valor», término de raíz económica que como bien explicó Max Weber surgió con el capitalismo y las inversiones en «valores» bursátiles? Difícil consejo lleva esto.
Parece que ya no somos iguales en educación sino en tatuajes y la mayoría reconoce esto como un avance de la igualdad y las nuevas tecnologías, precisamente, cuando la igualdad queda ensombrecida por la negación de la lucha agónica entre los que más y los que menos tienen, mientras la comunicación se empobrece, las palabras se reducen a su mínima expresión, y los emoticones, por ejemplo, esas caritas amarillas y redondas con sus sonrisitas, sus enojos, sus lágrimas, como jeroglíficos del pasado inundan las comunicaciones. Me pregunto si de verdad lo que hemos perdido es la educación o ¿no será la vergüenza?
Yo creo que lo que se ha perdido es la vergüenza. Una sociedad infantilizada, ególatra, desmesurada, irrespetuosa, en eso estamos; y no augura nada bueno.


Publicado en El cuaderno, noviembre 2019.

viernes, 18 de octubre de 2019

GENTE PEQUEÑA DE LA HISTORIA



Pilar Alberdi

Dijo Pascal: «Una ciudad, un campo, de lejos, son una ciudad, un campo; pero, a medida que nos acercamos son casas, calles, tejas, hombres». Qué razón tenía este hombre, este filósofo al fin, bajo el peso de su severa teología, y al que tanto preocupó esa Nada, de la que provenimos, y ese Infinito que nos espera.
Pero ¿qué es una ciudad sino un afecto? La ciudad no engaña. Ella es en su puro devenir, la misma, tanto en la melancolía de la distancia como en la alegría espontánea del reencuentro. Sin embargo, cuando el ideal se ha fijado en el tiempo, tantas veces ocurre que nos cuesta reconocerla. ¿Qué tenía entonces que ya no tiene? ¿Cuál era su secreto encanto? La cuestión está en saber acercarse. ¿Cómo? En sigilo, como si ella no lo supiera, lo cual es cierto, ¿cómo podría ella saber que nos marchamos hace tiempo o que hemos regresado?; no lo sabe; ni siquiera sabe que continuamos reconociendo los nombres de las calles o que ya no intentamos repetirlos de memoria, porque nos ha vencido el tiempo o la distancia, que acaso adopten la misma forma. «Es la edad…» diremos, y ella tampoco oirá que envejecemos. Entonces, la ciudad, altiva y desdeñosa como siempre ha sido, rica en sus ajuares y distante en el trato, indiferente a nuestra presencia, impertérrita, cemento puro donde el sol estalla refulgente cada día, es la que mira al mar o la que mira al campo. ¿Y nosotros? Aire que mueve la brisa frente a sus balconadas, nos sentimos vivos en las motas de sol que caen entre el follaje de los falsos plátanos.
La ciudad, no es una sola, no, ella es mágica, se reinventa cada día, y si se trata de ser, es por lo menos dos, ambas con sus propios intereses. La de los turistas, que llevan granos de arena entre los dedos de sus pies, desde la playa al hotel, pero también la de las gaviotas, aire que se mece en el aire, que regresan de los campos por las tardes, después de haber seguido alborotadas, sobrevolando bajo, los surcos abiertos por los tractores, donde la oscura tierra, siempre fértil, ofrece lujosos manjares de insectos y lombrices.
De acuerdo, la ciudad es eso, pero es más que eso. A ella hay que acudir con un sigilo renovado, cautelosamente, como los gatos, o en puntillas como los niños cuando quieren darnos un susto. Hay que ponerse alas nuevas para visitarla; nada de drones, ¡no!; hay que hacer de la imaginación una cometa y volarla alto, muy alto. Hay que tratarla, si cabe, a la ciudad, como una antigua compañera de juegos infantiles, que lo fue, sin duda. Invitarla a jugar al escondite, otra vez, como antaño lo hicimos. Insistirle. Contar, vehementemente: «1, 2, 3…» para que se confíe, para que de nuevo corra a esconderse, para que espiándola por el rabillo del ojo, descubramos cuál es su secreto refugio, mientras continuamos contando «4, 5, 6…» hasta llegar al «10», y sepamos o creamos saber, de verdad, dónde irá a esconderse la próxima vez, entre el batiburrillo de nuestros recuerdos. ¿Acaso en un día de playa? ¿Tal vez en el primer beso que dimos de adolescentes?
Sí, la ciudad, esa ciudad, la que ni conserva ni devuelve lo acontecido en ella. No por egoísta, sino por esquiva; no por soliviantarnos, sino por sorprendernos; no por quedarse quieta ante nuestros pasos sino por protegernos. ¿De qué? De los recuerdos. ¿Y de qué más? También del tiempo.
A veces, la ciudad muestra su lado más humano. Allí están o no están ya, algunas de las personas que más quisimos.
A lo mejor, tal vez solo «a lo mejor», al recuerdo que para cada uno representa una ciudad hay que acercarse despacito para que no se aleje como lo haría un fantasma de otro fantasma. Inútil preguntarse: ¿dónde está la ciudad de nuestra niñez? No la encontraremos ya.
La ciudad, ¡qué cosa la ciudad, y tan sola!
Pero mejor, lo dijo Jules Laforgue, el joven escritor uruguayo, uno de los inspiradores del verso libre en Europa, allá por el siglo XIX. Eran «gente pequeña de la Historia, aprendiendo a leer, arreglándose las uñas, prendiendo cada noche la mala lámpara, enamorados, golosos, vanidosos, locos de elogios, de apretones de manos y de besos, viviendo con chismes de capillas, diciendo: “¿Cómo estará el tiempo mañana? Ya viene el próximo invierno… Este año no tuvimos ciruelas».
Son frases de todos y de nadie. Frases a las que nos obligan las circunstancias, la llegada de las estaciones, las diversas ocupaciones.
Sin duda, en la repetición está el encanto; y nosotros, en resumidas cuentas, seguimos siendo como aquellos, esa gente pequeña de la Historia.


Nota: Jules Laforgue (1860-1887), escritor; nació en Uruguay, vivió en Francia, fue el introductor junto a Baudelaire del verso libre en ese país.

Publicado en El Cuaderno, octubre 2019.

lunes, 26 de agosto de 2019

EL CHIVO EXPIATORIO Y EL CÍRCULO DE LA MUERTE


Un recorrido por la Historia y su relación con el arte.Nadie está libre de ser señalado ni de caer en estos círculos.
Enlace al libro en la Editorial Ápeiron

Palabras de la contraportada del libro: "En este trabajo se muestran las distintas formas de presentarse del «mecanismo del chivo expiatorio y el círculo de la muerte»: desprecio al Otro, elección de las víctimas, las relaciones de poder insertas en lo social, y su reflejo en la estética teatral, analizando obras de Eurípides, Lope de Vega, Federico García Lorca, Albert Camus, Friedrich Dürrenmatt. Para ello se toma en cuenta la Teoría del doble vínculo de René Girard, cuyos antecedentes clásicos sobre la «mediación» reconocemos en Platón, Aristóteles, Agustín…, continuando por los estudios críticos de antropólogos y etólogos como Eliade, Malinowski, Nigel Davies, Desmond Morris, y humanistas como Bandura, Fromm, Freud, Adorno, Horkheimer, Arendt, Kristeva, Honneth, Berlin, Todorov, Levi, Bauman, Grossman, se llega a las preguntas esenciales: ¿qué es el mal?, ¿qué es el bien? ¿En qué medida la falta de reflexión y la relación autoridad-obediencia los condicionan?"

viernes, 2 de agosto de 2019

UN MUNDO DE OBEDIENTES


Pilar Alberdi


En su obra Los orígenes del totalitarismo, pero no solo en esta obra, Hannah Arendt reflexionó sobre quiénes fueron los que apoyaron el nacional socialismo. Su voz nos da cierta garantía porque estaba allí como testigo; no fueron aquellos que se habían identificado antes con otros partidos, no eran los que ya pertenecían a un determinado partido; eran gentes de «nuevo partido», de ese que encabezaba Hitler. También señala Arendt que fue el partido al que se sumaron inmediatamente «los mediocres». Y resaltaba, a propósito de esto, cómo gustan los mediocres de aquello que llama su atención, de una cierta teatralidad, una exuberante puesta en escena, la admiración ciega por el poder, el escándalo, el sucio juego de las palabras emponzoñadas que bailan los necios al compás que marca el autoritarismo de turno. Evidentemente, Hitler conocía estas debilidades de la gente, por eso realizaba sus grandes puestas en escena de noche, cuando después de un día agotador, era más fácil influir en ella. Y, en cuanto al conjunto de la población que acabó sosteniendo el régimen, ese conjunto se fue sometiendo poco a poco, sin reflexionar, porque la gente piensa lo justo para vivir su día a día, es decir, utiliza un pensamiento meramente instrumental, no-reflexivo, jugando en esta secuencia un papel especial «los obedientes»; los mismos, como nos dice Arendt, que luego pasaron de aquel régimen criminal a una democracia, sin hacerse mayores problemas. Y a estos «obedientes», en el fondo «mediocres» e «irreflexivos», Hannah Arendt, que los señala en muchas de sus páginas, les tenía pavor, igual que se lo tuvieron otros muchos intelectuales europeos.
Me pregunto sobre estas cuestiones al hilo de lo que está sucediendo en Europa, y como no podía ser de otra manera, en España; a esta ola de neofascismo, a la facilidad con que se señala al otro, al inmigrante, por ejemplo, sin darle voz; a lo fácil que es para algunos volcar su propia debilidad transformada en desprecio al Otro. Han de saber todos estos despreciadores, que lo único que muestra su bravuconería es su propia debilidad no asumida. Quizá, deberían preguntarse quién les hizo tanto daño en su niñez, cómo se resignaron después sin rebelarse, y por qué desean volcar su agresividad, es decir, su frustración en otros. Observamos cómo gente que fue inmigrante en Europa ahora rechaza a otros inmigrantes. Cómo gente que ha sido despreciada por el poder económico y político, se suma a partidos de extrema derecha, de claro carácter autoritario.
El escritor búlgaro Tzvetan Todorov en Memoria del mal, tentación del bien ―Indagación sobre el siglo XX― indicó las diez circunstancias que se conjugan para que aparezcan los totalitarismos, entre ellas, el convencimiento de estar viviendo un tiempo apocalíptico, un momento que los intereses de turno presentan como de todo o nada, de muerte o renacimiento, de avance o retroceso. El blanco y negro con el que se presentan los hechos de una manera machacona, simplista, obsesionada, y muchas veces abyecta, porque detrás de estas directrices hay intereses diversos (económicos, políticos…) que pugnan por alcanzar sus fines, y acaban presentando algún tipo de solución, de tal manera que esta parezca a simple vista, la única solución posible, la solución para todo. Es como bien señala Todorov una promesa de «solución utópica» que una vez puesta en marcha, ha supuesto la más feroz inhumanidad contra otros seres, y muy especialmente entre grupos.
Veamos ahora qué nos dicen ese trencito de palabras: «irreflexivos»-«mediocres»- «obedientes». En el primer caso, el del irreflexivo, se trata de un vivir sin hacerse problemas, me refiero a verdaderos problemas con lo que acontece, es un mero funcionar con el piloto autómatico donde importan poco las previsiones de futuro, se vive en presente, y no hay un interés por querer saber más; en el segundo caso, el mediocre, se mantiene a salvo de cualquier discordancia dejándose llevar por la opinión pública generada a través de los los mass media; y en el tercer caso, el obediente sabe que no sufrirá castigo, mientras que quien se rebele, sí.
Sería interesante pensar que la gente actúa así, porque no tiene conciencia o suficientes conocimientos, pero no, al contrario, actúa así por conveniencia, no tiene interés en buscar información que le aclare los hechos, y es esta conveniencia, este primitivo deseo de supervivencia, la que le hará aceptar como válida cualquier solución a un problema que se presenta como definitivo.


Publicado en El Cuaderno 29-07-2019

jueves, 18 de julio de 2019



LOS ESCRITORES Y SUS MADRES

Pilar Alberdi

¿Madres un día al año? Madres, siempre, incluso cuando no están. Rescatadas del olvido, por haber sido perfectas o imperfectas; por haber sido acompañadas o abandonadas; por haber tenido un lugar de honor en los corazones de los hijos, o por no haberlo tenido nunca, por dejar allí un vacío, un agujero negro insondable.
La literatura siempre ha sido un espejo donde volcar esta experiencia primordial de los afectos. Aparecen ellas como madres de los autores y autoras o como madres de los personajes. Pensemos en Bernarda, la madre de la obra de Federico García Lorca o en la madre de Bodas de Sangre. Hay una especial madre de todo el mundo en La casa de matriona de Alexandr Solzhenitsyn; y también en algunas obras de Truman Capote aparece esa prima mayor, ni tan siquiera madre pero que hace de madre, tan agradable a los niños de la familia, una adulta tan inocente como ellos; y a cuyo cargo dejaron sus padres al futuro escritor. Están esas madres analíticas, una especie de madres esponja que absorben el mundo de su alrededor, como La señora Dalloway de Virginia Woolf, a la que percibimos tan cosmopolita y a la vez tan frustrada, frente a la imagen en espejo que le devuelve su propia hija, la cual admira más a su institutriz, una mujer que trabaja y se muestra independiente, y le señala el camino que ha de seguir la mujer moderna.
Estas madres literarias pueden ser como en la vida misma, frías e indolentes, como la madre de Margarite Duras en El amante, probablemente castigadas y mal queridas ellas también en su niñez, por eso incapaces luego de dirigir con justicia la vida de su propia familia: («Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias». Y otra madre, no menos fuerte que la anterior, aparece en Mi madre y la música de Marina Tsvietéva: «Cuando en vez del tan deseado, previamente decidido, casi ordenado hijo varón Alexander, nací solamente yo, mi madre, tras haberse tragado orgullosa un suspiro, dijo: “Por lo menos será músico”».
Cualquiera que analice la vida de los escritores, su biografía elemental, pronto comprenderá que la mayoría de ellos han perdido pronto a ambos padres o a uno de ellos por muerte o separación. Sobran ejemplos, pero comentaré uno que se cita poco, el de Shopenhauer, frente a otros que se citan más como el de Nietzsche.
Y también están esos hijos doloridos que hablan de su propio comportamiento frente a sus madres, el dolor de los hijos por actitudes del pasado que ya no pueden reparar. No he encontrado esta especie de “mea culpa” en escritoras, aunque seguramente hay obras en que esto ocurra. En este sentido, creo que la batalla de las mujeres con sus padres, en especial con sus madres, ha sido más equitativa, y pongo por ejemplo, lo que cuenta en Una muerte muy dulce, Simone Beauvoir sobre la relación con su madre. Pero sí he encontrado últimamente, a través de varias lecturas de filosofía, el testimonio desconsolado de varios hombres que no han dudado, quizá deberíamos decir que han necesitado expresar su pena, su sentimiento de culpa públicamente, como si en esa confesión, recibiesen el perdón, para aquello que ellos consideran su carga, es decir, su dolor. Pienso en Hermann Broch y en Vasili Grossman, por ejemplo, ambos con madres a las que no pudieron salvar de las garras del nazismo, o en las recriminaciones que se hizo, Albert Cohen en su obra El libro de mi madre; un libro de una emoción contenida y sincera. Dice Cohen: «En mi soledad me canto la dulce, dulcísima nana que me cantaba mi madre» […] «En una ocasión fui malo con ella, y no se lo merecía. Crueldad de la absurda escena que organicé en Marsella» […] «No le escribía lo suficiente. No tenía bastante amor para imaginarla abriendo el buzón en Marsella varias veces al día y no encontrando nunca nada», y frente a aquel suceso y otros similares que relata, él, ya convertido en un anciano cuando escribe ese libro, y tan desvalido en ese momento como quizá su propia madre estuviese en el pasado, se pedirá a sí mismo sonreír frente al espejo, disimular su tristeza, mostrarse más fuerte ante la indiferencia y la lejanía de su propia hija, sabiendo que sobre su propia imagen de hombre vulnerable permanecía siempre «la espada suspendida» del recuerdo de su madre muerta, y, sobre todo de aquella madre incomprendida, desatendida..
Con la llegada del nazismo, Hermann Broch se marchó al exilio. Su madre permaneció en Berlín. Se encargaría de velar por ella una examante del filósofo. Pero la guerra fue cruel. La madre acabó sus días en un campo de concentración, y él no se lo perdonó nunca. Vivió en Estados Unidos, precariamente, pasando muchas dificultades económicas, con poca salud, pero contando siempre con la ayuda de otros intelectuales como por ejemplo Hannah Arendt, Thomas Mann, Max Horkheimer, Theodor Adorno, así como de instituciones culturales. Al final de sus días, anciano y enfermo, demoró cuanto pudo el regreso a Alemania, y cuando por fin se disponía a hacer el viaje, falleció.
Escribió entre otras obras, los poemas que componen Voces, allí denuncia las ideologías de un nuevo paganismo, los dioses modernos producto de la técnica y el progreso, junto con el abandono de los antiguos dioses, reconvertidos en líderes o partidos políticos.
Fue también el autor de La muerte de Virgilio, donde la historia que se cuenta, los últimos momentos de la vida de Virgilio, tiene un paralelismo con la vida del autor. Obra que, sin duda fue un antecedente importante para el desarrollo de las Memorias de Adriano de Margaritte Yourcenar. Porque como decía esta, hay que llegar a cierta edad para acabar ciertos trabajos literarios que aunque hubieran sido pensados en la juventud y desarrollado en la medianía de la vida, precisaban para su desarrollo de una vivencia de senectud, con todas las cuestiones que esta plantea.
Otro caso especial es el de Erwin Schrödinger (1887-1961) , físico y filósofo, Premio Nobel de Física en 1933. En su obra Mi concepción del mundo, en la parte dedicada a su vida, se recrimina la actitud que mantuvo de joven con sus padres, y de manera especial con su madre. Frente a una pesadilla recurrente, explica: «Considero esta pesadilla como el resultado de mi mala conciencia a causa de lo mal que me porté con mis padres en los años 1919/21».
Otro caso, es el de Vasili Grossman (1905-1964), científico, periodista, oficial del ejército soviético, luego escritor que dejó su testimonio en Vida y destino, un libro publicado por primera vez en Suiza en 1980.
Después de su fallecimiento se encontró entre sus papeles un sobre con dos cartas escritas a su madre asesinada por los nazis en Berdíchev (Ucrania). Existía el antecedente de que hubiera podido llevarla con él a Moscú, pero al parecer Grossman y su segunda mujer, no estuvieron de acuerdo para hacerlo. Probablemente, la idea de que si hubiese marchado con ellos, su madre se habría salvado, le persiguió hasta el último día de su vida.
De las dos cartas que escribió a su madre muerta, acompañando a una de ellas había dos fotos, en una de estas aparecía de niño junto a su madre; en la otra se veía una fosa abierta donde estaban tumbados, unos sobre otros, los cuerpos desnudos de las mujeres masacradas por las SS. Entre aquellas mujeres, quizás, o en otras sepulturas similares podía estar el cuerpo de su madre, algo que Vasili Grossman no se permitió olvidar nunca. (Pueden leerse ambas cartas en el artículo de Hans van den Berg citado en las notas al final de este artículo).
Evidentemente, en este altar de los padres, pero también de los hijos, sufren las personas.
Que haya un día de la madre parece tan absurdo como que lo haya del padre o de los hijos.
Los días, todos, son de la vida, es igual en qué capilla y frente a cuál de los numerosos altares queramos rendirle testimonio. Es la vida la que nos tiene. «No nacemos solo para nosotros» como escribió Cicerón, y los testimonios de estos hombres nos dan cuenta de ello. No solo vivimos con y para los demás, sino para nuestra conciencia; para esa persona que esperábamos ser y a la que, como en estos casos, se le rinden explicaciones hasta el último momento, e incluso, no se duda en hacerlas públicas.



Notas:
Cohen, Albert. El libro de mi madre. Anagrama. Barcelona, 1992.
Woolf, Virginia. La señora Dalloway. Alianza. Madrid, 2003.
García Lorca, Federico. La casa de Bernarda Alba. Herederos de García Lorca. Art Enterprise. España, 2004.
García Lorca, Federico. Bodas de sangre. Espasa Calpe. Madrid, 1978.
Duras, Margueritte: El amante. Tusquets. Barcelona, 1986.
Beauvoir, Simone: Una muerte muy dulce. Ed. Sudamericana. Buenos Aires, 2002.
Schrödinger, Erwin. «Vida» en Mi concepción del mundo. Tusquets. Barcelona, 1998.
«Vasili Grossman (1905-1964) y su novela Todo fluye». Autor: Hans van den Berg. Revista Ciencia y Cultura. Nº 25. La Paz. Bolivia, nov. 2010.
http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2077-33232010000200003



Artículo publicado en El Cuaderno )
, 17/07/2019,